Mons. Pedro Aguado: «La crisis eclesial no es solo vocacional, es una crisis de comunidad»

David López
13 de febrero de 2026

Mons. Pedro Aguado Cuesta participó en la segunda sesión del ciclo “Conferencias Pensamiento Cristiano”, organizadas por “Acción Social Católica”, y coordinadas por José Alegre, con una intervención titulada «Problemas y preocupaciones de un obispo hoy», en la que ofreció una reflexión personal, estructurada y directa sobre los retos actuales de las diócesis de Huesca y Jaca.

Recién incorporado al ministerio episcopal —lleva menos de un año en el cargo—, el obispo compartió preocupaciones, alegrías y desafíos, con un tono realista pero esperanzado.

En el salón se respiraba expectación. No tanto por el tema —«Problemas y preocupaciones de un obispo hoy»— como por quien lo abordaba: Pedro Aguado Cuesta, escolapio, misionero global durante años y, desde junio del año pasado, pastor de dos diócesis pequeñas en tamaño, pero inmensas en historia: Huesca y Jaca.

No habló desde la teoría. Habló desde la experiencia todavía reciente de quien ha tenido que cambiar de vida casi de un día para otro. Recordó aquella mañana en la que, mientras rezaba Laudes, recibió la llamada del nuncio. «Fue una sorpresa astronómica», confesó con una sonrisa que mezclaba ironía y memoria. Su horizonte personal, explicó, no era el episcopado, sino volver al trabajo directo con jóvenes y comunidades. Sin embargo, en su discernimiento comprendió algo que marcaría su aceptación: «La vocación no es lo que uno quiere, sino lo que le piden».

Desde ese punto de partida se fue desplegando una intervención tan ordenada como profundamente personal. Aguado no quiso presentar un programa cerrado. De hecho, insistió en que llegó a las diócesis sin un plan preconcebido: «Me parecía un insulto aterrizar como un marciano y decir lo que hay que hacer». Primero escuchar. Después, comprender. Y solo entonces, decidir.

La conciencia histórica atraviesa su mirada. Huesca tiene obispos documentados desde el siglo VI; Jaca, desde el X. Además, cada una pertenece a una provincia eclesiástica distinta. No son intercambiables. No responden al mismo paisaje humano ni eclesial. «No tiene nada que ver la Hoya de Huesca con los pueblos del Pirineo», señaló. Gobernar ambas exige algo más que dividir la agenda en días alternos.

Pero más allá de la geografía, el obispo puso el foco en lo esencial. La primera preocupación de un pastor —dijo sin rodeos— es anunciar a Jesucristo y acompañar a la gente en su camino de fe. Todo lo demás es instrumental. Sin embargo, cuando bajó a lo concreto, la lista de desafíos fue extensa y nada complaciente.

Habló de la “sostenibilidad integral” de las diócesis. No se refería solo a números, sino a proyecto, equipos y agentes pastorales. Admitió con franqueza que esa sostenibilidad “no está garantizada”. Faltan sacerdotes, no hay diáconos permanentes y escasean laicos suficientemente formados para asumir responsabilidades amplias. Por eso defendió avanzar hacia unidades pastorales sostenidas por equipos diversos —sacerdotes, religiosos y laicos— capaces de generar comunidad real. “Cambiar estructuras solo tiene sentido si crea vida”, resumió.

Uno de los momentos más intensos llegó cuando afirmó que la crisis eclesial actual no es simplemente vocacional, sino “una crisis de comunidad”. En muchos pueblos se celebran numerosas misas con poca gente, mientras cuesta generar procesos de fe compartida. La reorganización, dijo, debe tener como horizonte comunidades vivas y significativas.

No eludió el tema de la sinodalidad. Lo describió como un proceso de conversión, un cambio de mentalidad que afecta al modo de ser pastor y al modo de ser Iglesia. No es un paréntesis ni un experimento pasajero, sino un estilo que debe impregnar parroquias, arciprestazgos y diócesis enteras.

Especial atención dedicó a los jóvenes. Tras confirmar a unos doscientos en Huesca en los últimos meses, anunció que serán convocados próximamente para ofrecerles un itinerario concreto. “Si no hacemos propuestas auténticamente evangelizadoras, otros las harán”, advirtió. No se trata de competir con nadie, sino de proponer con claridad el Evangelio, sin manipulaciones ni reduccionismos.

También subrayó la necesidad de pasar de una pastoral “para” los migrantes a una pastoral “con” ellos. Muchos, recordó, son cristianos que pueden enriquecer la vida de las comunidades si se les integra como agentes y no solo como destinatarios.

Hubo espacio para las alegrías. La fe sencilla del pueblo, la disponibilidad de muchos sacerdotes —aun sobrecargados—, el trabajo silencioso de Cáritas y otros grupos, la acogida personal que ha recibido. “No puedo decepcionar a la gente que espera algo de mí”, confesó en un tono casi íntimo.

Cuando alguien habló de “gestionar la fragilidad” de diócesis pequeñas, respondió con serenidad. Él no se siente administrador de decadencias, sino pastor de una realidad concreta confiada por la Iglesia. “Haré todo lo que pueda, nunca menos porque no se debe y nunca más porque no se puede”. Con 69 años, es consciente de que su etapa es limitada. “Yo soy el que está ahora; detrás vendrán otros”. La perspectiva histórica le da libertad y humildad.

La conferencia terminó antes de lo previsto. “Había dicho 45 minutos y han sido 39; me lo agradecerán”, bromeó. Pero lo que quedó no fue la brevedad, sino la impresión de un obispo que no maquilla las dificultades, que habla con claridad de límites y urgencias, y que, lejos de resignarse, quiere abrir procesos. Sin estridencias, sin eslóganes, pero con una convicción firme: la Iglesia no se sostiene por inercia, sino por comunidad viva y misión compartida.

Este artículo se ha leído 77 veces.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Compartir
WhatsApp
Email
Facebook
X (Twitter)
LinkedIn

Noticias relacionadas