Un café con Jesús. Flash sobre el Evangelio del III domingo de Adviento – B –

El evangelio de este domingo habla de Juan, «un hombre enviado por Dios». En el evangelio del domingo pasado, Marcos retrató el aspecto de Juan, y hoy el evangelista ha descrito la respuesta de Juan a los sacerdotes y levitas enviados por los fariseos para aclarar su ortodoxia (Jn 1, 6-8. 19-28). ¿Quién fue aquel hombre a los ojos de Jesús?

– Estás pensando en Juan el Bautista -me ha dicho después de plantearle mi pregunta-. Juan era hijo de Isabel, parienta de mi madre, y de su esposo Zacarías. Juan había sido intensamente deseado por sus padres, pero Isabel era estéril y vino a este mundo como un regalo del Padre siendo los dos unos ancianos. Cuando nació Juan, Zacarías pidió una tablilla y escribió: “Juan es su nombre”, pues la familia quería ponerle otro nombre, y Zacarías, que se había quedado mudo, volvió a hablar. Los parientes y vecinos, sobrecogidos al darse cuenta de que la mano del Señor estaba con él, se dijeron: «¿Qué será de este niño?»

– O sea, que Juan el Bautista y tú erais parientes -he concluido mientras le ponía delante su taza de café y recogía la mía-.

– Sí -me ha dicho sonriendo-, pero apenas coincidimos mientras fuimos niños. Su madre le contó a la mía que su criatura había dado saltos de gozo en su seno, cuando la visitó para ayudarla en el trance del parto. Entonces, mi madre ya me llevaba en su seno. Pero luego, el Padre nos llevó por caminos diferentes. Nosotros volvimos a Nazaret, un pueblo pequeño de Galilea, cuando regresamos de Egipto donde nos habíamos refugiado huyendo de Herodes, mientras que Isabel, Zacarías y Juan continuaron viviendo en la montaña de Judea. Entonces no era tan fácil viajar como ahora y de las comunicaciones mejor no hablamos…

– Así que cuando bajaste al río Jordán, donde Juan bautizaba, y empezaste a anunciar el Reino de Dios, Juan ya llevaba sobre sus espaldas la tarea de un predicador -he dicho con sorpresa-.

– Y tenía un grupo de seguidores adictos. Ellos lo sepultaron cuando Herodes, instigado por Herodías, lo decapitó en la cárcel por decir la verdad. Antes me presentó a algunos discípulos suyos; dos de ellos formaron parte de “los Doce”… Ya ves, el Padre nos llevó por caminos diferentes, pero quiso que yo tomara su testigo de predicador cuando él fue eliminado.

– Según el evangelista, los fariseos y doctores quisieron comprobar si la predicación de Juan se ajustaba a la Ley y si él era el Mesías esperado -he añadido volviendo a nuestros cafés y a lo que habíamos hablado al principio-.

– Y Juan respondió: «Yo no soy el Mesías, ni Elías, ni el profeta; sólo soy la voz que grita en el desierto: “Allanad el camino del Señor”, como dijo el Profeta Isaías». Te habrás dado cuenta de que Juan era un hombre humilde y sincero -me ha dicho después de un silencio-. Como dice el salmo, no pretendía las grandezas que superan vuestra capacidad; ni siquiera se consideraba digno de desatar la correa de mi sandalia, cosa que hacían los esclavos.

– Lo mismo que ahora -he dicho con sorna-. Cada día aparece un nuevo y arrogante “mesías” que pretende vender sus propios intereses como solución de nuestros problemas.

No es cosa de ahora; es un defecto congénito de vuestra raza, que los teólogos llaman “pecado original”. Yo he venido a liberaros de esa inclinación al mal, si vosotros me dejáis que os libere. Recuerda que habéis escuchado en la segunda lectura: «Sed constantes en orar. Guardaos de toda forma de maldad. El que os ha llamado es fiel y cumplirá sus promesas».

Entonces, he apurado mi café y he exclamado:

– ¡Cuánta tarea aún tenemos por delante!