Tolerancia es una de las palabras más utilizadas en nuestra sociedad actual. Sobre todo en el terreno político y sociocultural, se apela constantemente a este “valor”, que ha llegado a confundirse con la verdad misma.

Ser tolerante significa respetar la dignidad humana de los demás, su capacidad de libre raciocinio y expresión de ideas. Hasta ahí todos de acuerdo.

Si esto es tan claro, ¿por qué entonces se nos tacha con frecuencia a los católicos de intolerantes y poco respetuosos con el pensar ajeno? ¿Es que acaso un católico que defiende su fe y las verdades de ley natural, con esa actitud falta al respeto de quienes no piensan igual? Claramente no. 

Los católicos creemos que existen verdades que no se pueden traicionar. Son verdades que hacen más digno al hombre, que tienden a su bien y su felicidad. Esas verdades son, entre otras: el reconocimiento de la dimensión espiritual y religiosa de la persona basado en la existencia de un Dios; el derecho a la vida de todo ser humano sean cuales sean sus circunstancias; el matrimonio como marco del compromiso amoroso y un largo etcétera…

Todas estas verdades contienen grandes bienes para el hombre y es por ello por lo que nos resistimos a cambiarlas por las “pseudo-verdades” de la sociedad contemporánea, basadas en el consenso o en lo que está de moda, pero que contradicen con frecuencia el bien moral y la verdad.

Se puede y se debe ser respetuoso con la opinión de todos, entendiendo ese respeto como un reconocimiento de la diferencia de pensamiento y de la libertad, el don más grande que hemos recibido.

A partir de ahí, no tenemos por qué tolerar lo malo, lo ilícito, lo que atenta a la dignidad humana. No lo toleramos y lo denunciamos, sin ser por ello intransigentes, sino en el ejercicio de nuestra legitima libertad de pensamiento y expresión.

Lo malo y lo ilícito no se convierte en bueno porque lo toleremos ni porque haya consenso sobre él.

“Encontraréis la verdad y la verdad os hará libres”. Esta frase, de todos conocida, coloca la tolerancia en su sitio.

Primero, buscar y encontrar la verdad y el bien y, a partir de ahí, vivir conforme a esa verdad. Frente a los que muestran “otras verdades” contrapuestas al bien, respeto hacia la persona pero intolerancia con el mal. 

La tolerancia no puede ser la “trituradora de la verdad”. Tampoco está reñida con el ejercicio de la autoridad y el cumplimiento de la ley.

Proponer y no imponer es un gran ejercicio de tolerancia al que nos está invitando constantemente el Papa Francisco.

Proponer la verdad con suavidad, claridad y respeto. No como quien tira la piedra (la verdad) para agredir, sino colocando la piedra en la mano del otro.

Practicar la tolerancia y exigir que la practiquen con nosotros. Es otro de los retos de los católicos hoy.

La intolerancia hacia lo católico se demuestra de muchas maneras, más o menos explícitas. Y se hace con frecuencia, desde una supuesta “superioridad moral” del no creyente que no tolera el hecho religioso.

El católico tolerante no es una persona sin carácter que da por bueno y acepta cualquier opinión contraria. Es, simplemente, el que sin renunciar a sus valores los expone sin herir y se esfuerza en vivir en una armonía razonable.