Salmo 114

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1 Cuando Israel salió de Egipto,

los hijos de Jacob de un pueblo balbuciente,

2 Judá fue su santuario,

Israel fue su dominio.

3 El mar, al verlos, huyó,

el Jordán se echó atrás;

4 los montes saltaron como carneros;

las colinas, como corderos.

5 ¿Qué te pasa, mar, que huyes,

y a ti, Jordán, que te echas atrás?

6 ¿Y a vosotros, montes, que saltáis como carneros;

colinas, que saltáis como corderos?

7 En presencia del Señor se estremece la tierra,

en presencia del Dios de Jacob;

8 que transforma las peñas en estanques,

el pedernal en manantiales de agua.

INTRODUCCIÓN

Por razón de su estructura literaria y de su inspiración poética, este poema es una obra maestra. Con admirable concisión y expresividad, este himno recuerda la epopeya del Éxodo. El poeta no describe las etapas de la marcha, ni repara en distancias de tiempo o de lugar. Todo está presente a su vista. El poeta personifica los elementos de la Naturaleza. “El mar mira y se retira para dar paso a Israel, los montes del Sinaí tiemblan ante la teofanía como si fuesen corderos juguetones, el Jordán se echa atrás para dejar pasar a Israel, la tierra se estremece como una parturienta. El orante se hace preguntas sorprendido ante este escenario y Dios le responde con el gesto exódico del agua que brota de la roca, signo de amor hacia el pueblo que es sede de su presencia” (Comentario Bíblico Internacional). El poema es una verdadera liturgia en honor del Dios de Israel. La liturgia judía tomará este canto para la Cena Pascual. “El autor quiere cantar su fervor y entusiasmo religioso y, como no le vale ningún modelo acostumbrado, crea su forma personal” (Alonso-Carniti).

REFLEXIÓN-EXPLICACIÓN DEL MENSAJE ESENCIAL DEL SALMO

“El éxodo es el acontecimiento fundante de la fe israelita. Así lo confiesa Israel en su credo histórico (Dt. 26,7-8), y otorga tanta importancia a este hecho que, como el Semá (Dt. 6,8) los hijos de Israel han de llevarlo como señal en sus brazos, como recordatorio en su frente, “porque con mano fuerte nos sacó Yavé de Egipto” (Ex. 13,16) (Ángel Aparicio).

Un pueblo necesita abrirse a otros pueblos a través de la comunicación y el diálogo (v. 1).

Pueblo balbuciente se llama a un pueblo con lengua extraña. Aquí se alude a Egipto. El profeta Isaías, al hablar de la conversión de Egipto, dice: “Aquel día habrá en Egipto cinco ciudades que hablaran la lengua de Canaán” (Is 19,18).

“Pueblo balbuciente”. Se trata de una expresión despreciativa referida a la lengua de los egipcios. Los judíos estaban muy orgullosos de su lengua, pues Dios, su compañero en la alianza, habla ese idioma y no el de los opresores.

Una lengua incomprensible se considera una maldición. “El Señor hará que se levante contra ti… un pueblo cuya lengua no comprendes” (Dt 28,49).

La razón es muy sencilla. Las personas estamos hechas para abrirnos, para comunicarnos. Si se nos priva de esta facultad no podemos crecer ni realizarnos. Y debemos decir que la falta de comunicación se da también en aquellos que hablan la misma lengua. Se cierran a todo diálogo. Desde un punto de vista bíblico, la incomunicación es como un castigo. En cambio, el diálogo, el mutuo entendimiento, es una bendición de Dios.

Una cosa es el Templo de Dios y otra el Dios del Templo (v.2)

Mientras el pueblo está de camino, Yavé no posee un templo. Todo el pueblo es santuario de Dios porque el Señor habita en medio de ellos. Pensemos que en los primeros siglos de cristianismo, no había templos materiales. Los cristianos se reunían en las casas para celebrar la eucaristía y vivenciar el mandato del Señor: “Amaos unos a otros como yo os he amado” (Jn 13,34). En la vivencia de la fe en torno a Cristo Resucitado presente en la Eucaristía y en la experiencia del amor fraterno se levantaba el verdadero templo del Dios vivo (2 Cor 6,16).

“No es judío el que lo es en lo de fuera, ni circuncisión la que se hace en la carne, sino que es judío el que lo es en lo oculto; y circuncisión, la del corazón. Luego preguntad a vuestros corazones. Si los circuncidó la fe, si los purificó la confesión, entonces se hizo en vosotros Judá su santuario; y también en vosotros Israel su poderío, pues os dio el poder de haceros hijos de Dios” (san Agustín).

Notemos cómo el pueblo de Dios, mientras está en Egipto, es una masa de esclavos. Sólo cuando son liberados se convierten en verdadero pueblo, en santuario vivo.

No podemos ser pueblo de Dios, ni templo de Dios, mientras estamos en Egipto, la tierra de nuestras esclavitudes. Sólo en la tierra de la libertad podemos ser templo de Dios. Los verdaderos adoradores que quiere el Padre son aquellos que libre y espontáneamente buscan a su Creador.

“El pueblo judío no hubiera podido ser conducido a la tierra prometida si antes no hubiera salido de Egipto. Pero no hubiera salido de allí sin el socorro divino. Por eso nadie se aparta con el corazón de este mundo (de esclavitudes) si no es ayudado con el don de la misericordia divina” (san Agustín).

Todas las criaturas deben estar al servicio del Creador. (v. 3).

Ante la presencia o manifestación de Dios (v. 7) no hay elementos que se le resistan. El mar y el Jordán representan las fuerzas del caos hostil a Dios. Todos los enemigos caen derrotados ante sus pies. En el Nuevo Testamento hay una bonita imagen: Jesús caminando sobre las olas en el lago de Genesaret, llamado mar de Galilea. Jesús domina el caos. Ante él todas las fuerzas del mal tienen que ceder.

Es muy bonito ver saltar a los montes y colinas ante Dios. Pero

¿Y el hombre? (v. 4).

Tal vez el salmista tenga presente la manifestación de Dios a Moisés en el Sinaí. Allí se dice que “el monte trepidaba violentamente” Ex 19,18). Pero aquí el poeta ha transformado la imagen. Tiemblan los montes, pero no de miedo. Las montañas antiguas y bien asentadas, se salen de sus puestos, y comienzan a danzar.

El verbo griego “skirtan” alude a una alegría exuberante. Malaquías nos habla de la alegría de los novillos cuando salen del establo (Mal 3,20). Y san Lucas nos habla de la alegría de Juan Bautista en el vientre de su madre ante la presencia del Mesías (Lc l, 44).

El poeta tiene interés de poner en danza los elementos inanimados. Toda la creación se torna animada y animosa. Toda la creación canta, baila, se regocija, se une a la fiesta. “Cuando Dios toca la flauta, las montañas levantan el pie a su voz” (P. Claudel).

“Interpelados en su fuga o en su danza delirante, el mar, el río y los montes no pueden dejar de confesar su total dependencia con relación al único Señor de la historia y de la naturaleza” (Ravasi).

El hombre no puede quedar como un ser extraño en esta fiesta. La creación entera le invita a la alegría y a la danza. Es más, le invita a tomar la batuta y dirigir este concierto maravilloso.

En realidad sólo el hombre puede hacer preguntas a la Creación. ¿Y si el hombre enmudece? (v 5-6).

Ahora el salmista se introduce a sí mismo en la acción formulando preguntas. Hay que descubrir por qué huye el mar, por qué retrocede el Jordán, por qué saltan las montañas. La respuesta se dará en el versículo siete.

Lo propio del hombre es hacer preguntas. Los seres inanimados no preguntan; los animales no preguntan. Sólo el hombre es capaz de preguntar y preguntarse.

La pregunta la debe formular el hombre no sólo cuando se trata de algo extraordinario: ríos que huyen o montañas que danzan.

Todas las criaturas le hablan al hombre, le interrogan, “sin que hablen, sin que pronuncien, sin que resuene su voz” (Sal 19).

El hombre debe asomarse al cosmos y preguntar por tanta grandeza, por tanta belleza, por tanta inmensidad.

Lo más grave que está ocurriendo al hombre moderno, envuelto en la técnica y dominado por los ordenadores, es que ya no le hace preguntas al cosmos, a ese mundo maravilloso que le rodea. Nos preguntamos: ¿Por qué el hombre ya no hace preguntas?

Nos sobran palabras y nos falta diálogo. Nos sobran razones y nos falta capacidad de admiración. (v.7-8).

En este versículo se responde a las preguntas formuladas en los versículos anteriores: si ríos y montañas han provocado el estupor del salmista, es porque se han estremecido al descubrir la presencia de su amo, el Dios de Jacob.

El hombre de nuestros días necesita recuperar su capacidad de admiración, de asombro. El día, con sus luces y colores, la noche con su silencio, su misterio y su recogimiento deben despertar en nosotros la sorpresa.

La tierra es seca y árida. Mucho más la roca. Pero Dios es capaz de transformar la roca en fuente de vida. El último verso inaugura una era de abundancia y felicidad.

Estas últimas palabras del salmo tienen el carácter de una bendición. Nosotros no tenemos que leerlas como agua pasada. Las bendiciones de Dios son eternas y hay que hacerlas presentes en cada época.

Nosotros, hombres y mujeres del siglo XXI, somos esa tierra seca y árida. Hoy más que nunca necesitamos que Dios golpee nuestra roca y nos dé agua en abundancia. Este mundo nuestro se muere de sed, de sed de Dios. Y lo peor de todo es que el hombre de nuestro siglo no siente esa sed. Cada vez está más cerrado a la trascendencia.

Cada día se habla menos de Dios. Es un tema que no interesa. Hace años se hablaba de la muerte de Dios. Y como creyentes nos echábamos las manos a la cabeza. El fenómeno de nuestros días es más grave: está muriendo la pregunta sobre Dios.

Los salmistas, cuando nos hablan de Dios, no lo hacen desde la reflexión. Ellos no necesitan razones para creer. Ven a Dios en la Naturaleza, en la historia, en los acontecimientos de la vida. Viven y se mueven en una atmósfera de fe. Respiran a Dios por todas partes. No creen en Dios: a Dios le ven.

TRASPOSICIÓN CRISTIANA

José Bortolini: “Este salmo repercute de distintas maneras en la vida de Jesús. Decretó la desaparición del templo (Jn. 2,13s), afirmando que su cuerpo es la verdadera tienda de encuentro (Jn. 1,14) entre Dios y la humanidad. También puso de relieve que que cualquier persona puede convertirse en Santuario del Padre y del mismo Jesús (Jn. 14,23).”

Orígenes: “No pienses que aquellas hazañas son meros hechos pasados y que nada tienen que ver contigo, que los escuchas ahora: en ti se realiza un místico significado. En efecto, tú, que acabas de abandonar las tinieblas de la idolatría y deseas ser instruido en la ley divina, eres como si acabaras de salir de la esclavitud de Egipto”.

ACTUALIZACIÓN

Estamos en una época de lejanía de Dios. Es lo contrario que le ocurre al autor de este salmo que ve a Dios tan metido en la creación y en la historia que, sin su presencia, no se explica nada. Son, ciertamente, otros tiempos. Con todo, los cristianos, y todos los creyentes, hemos de saber distinguir bien “las teofanías” de las “apariciones”. El creyente necesita que Dios se le manifieste en su corazón, con la fuerza del Espíritu. No se trata de deslumbrar con hechos aparatosos. “El Padre está en lo secreto y actúa en lo escondido es nuestra mejor recompensa”. (Mt. 6,4).

El hombre y la mujer por estar hechos a imagen y semejanza de Dios, son un “verdadero santuario de Dios”.

Aquí entra en juego también la llamada “libertad religiosa”. Dios se manifiesta de muchos modos y propio del hombre es buscar la verdad respetando a los demás. Pero nadie puede impedir al hombre el derecho al silencio, a la contemplación, a la búsqueda del “misterio”, es decir, eso que está “más allá de él” y le trasciende.

“Es un crimen de irreligión arrebatar a los hombres la libertad de religión y prohibirles que elijan divinidad, es decir, no permitirme adorar a quien yo quiero adorar y forzarme a adorar a quien yo no quiero adorar”. (Tertuliano)

PREGUNTAS

1.- ¿Me abro a otras personas a través del diálogo, de la comunicación?

2. Vivo en una comunidad o grupo cristiano. ¿Caigo en la cuenta de que allí está la Iglesia de Jesús? ¿Se da en mi comunidad una experiencia de fe en Jesús y de amor con mis hermanos?

3. ¿Damos testimonio en el mundo de lo que vivimos dentro del grupo? ¿Contagiamos la fe y el amor fraternos?

ORACIÓN

“Un pueblo balbuciente”

Un pueblo balbuciente es un pueblo que no puede comunicarse, que no se puede entender. Señor, me duele que en la Iglesia, que tú fundaste y a la que yo pertenezco, haya gente que no se entienda. Tienen ideas distintas, viven estilos diferentes y, lo que es peor, han cortado toda posibilidad de diálogo. Las diferencias que deberían servir para complementarse y enriquecerse, sólo se aprovechan para separarse. Viven en la Iglesia pero ya no son la Iglesia que tú soñaste. Envía, Señor, tu Espíritu de unidad. Haz que, respetando sus diferencias, busquen lo que les une. No importa que tengan ideas distintas con tal de que se sientan unidos por la misma fe y el mismo amor.

“Judá fue su santuario”

Judá es el pueblo de Dios en marcha y tú en medio de ellos, caminando con ellos. Bonita imagen de la Iglesia. Una Iglesia viva, dinámica, evangelizadora.

Haz, Señor, que todos los cristianos tomemos conciencia de que somos el pueblo de Dios en marcha. Haz que no nos cansemos ni nos detengamos en el camino. Que todos seamos servidores de ese pueblo, cada uno desde el puesto que nos han asignado. Que aquel que quiera ser el primero, se ponga el último. Haz que todos vayamos ligeros de equipaje. Y que a todos nos tire lo pobre, lo sencillo, lo humilde.

“Transformará el pedernal en manantiales de agua”

Señor, podías haber mandado a Moisés sacar agua de la tierra. Era más lógico, más normal, más razonable. Y, sin embargo, le mandaste sacar agua del pedernal. Y el milagro se hizo. Y el agua fluyó en abundancia.

Haz que yo no busque razones para creer. Te busque a ti y me fíe plenamente de ti. Hoy, Señor, la fe se ha puesto difícil. Para muchos de nuestro tiempo el corazón de carne se ha convertido en corazón de piedra.

Haz, Señor, que yo no pierda la esperanza de que tú estás en este mundo y en esta época. Despierta en los hombres y mujeres de nuestro tiempo la sed; una sed ardiente de trascendencia; sed de infinito, sed de Ti.

ORACIÓN EN TIEMPO DE LA PANDEMIA

Señor Resucitado: Mora en cada uno de nuestros corazones, en cada enfermo del hospital, en todo el personal médico, en los sacerdotes, religiosos y religiosas dedicados a la pastoral de la salud,  en los gobernantes de las naciones y líderes cívicos, en la familia que está en casa, en nuestros abuelos, en la gente encarcelada, afligida, oprimida y maltratada, en personas que hoy no tienen un pan para comer, en aquellos que han perdido un ser querido a causa del coronavirus u otra enfermedad. Que Cristo Resucitado nos traiga esperanza, nos fortalezca la fe, nos llene de amor y unidad, y nos conceda su paz. Amén