No todos los tiempos son iguales, como no todos los lugares son iguales. En relación con estos últimos, la Iglesia nos enseña que hay espacios dotados de sacralidad por su destino y su dedicación y bendición (c. 1205), y en los que debe admitirse solo aquello que favorezca el ejercicio y fomento del culto, de la piedad y de la religión (c. 1210). Habrá ocasión de dedicar atención a estos lugares, pero ahora, dado que acabamos de dar inicio a la Cuaresma, conviene tener en cuenta la relevancia de los tiempos sagrados. Interesa indicarlo para vigorizar su vivencia, de un modo especial en el contexto de una sociedad que ha perdido en buena medida el concepto de lo sagrado, como también parece a veces propio de otras épocas hablar del pecado, del mal, o de las virtudes (más allá de unos lábiles “valores” positivos que nos hacen sentir bien a nosotros y a los demás -que no al prójimo-).

Se consideran tiempos sagrados los días de fiesta y los días de penitencia (c. 1244). La importancia de estos períodos ha dado lugar a que el mismo Código de Derecho Canónico dedique unos cánones concretos a los días de fiesta (1246-1248), y otros a los penitenciales (1249-1253). La Cuaresma forma parte de estos últimos. Durante su transcurso, los fieles están llamados a hacer oración de una forma especial, a realizar obras de piedad y de caridad, y a negarse a sí mismos, cumpliendo con mayor fidelidad sus propias obligaciones y, sobre todo, observando el ayuno y la abstinencia -al menos los días que corresponde- (cc. 1249 y 1250).

Estos tiempos penitenciales son, como recuerda el Catecismo (§ 1438) momentos fuertes en la práctica penitencial de la Iglesia, y concreta que son particularmente apropiados para los ejercicios espirituales, las liturgias penitenciales, las peregrinaciones como signo de penitencia, las privaciones voluntarias como el ayuno y la limosna, y la comunicación cristiana de bienes (obras caritativas y misioneras). En relación con estas últimas cuestiones enunciadas, no debe olvidarse que el Concilio Vaticano II, en la constitución Sacrosanctum Concilium (§ 110) había adelantado que la penitencia del tiempo cuaresmal no debe ser solo interna e individual, sino también externa y social, de acuerdo con las posibilidades de nuestro tiempo y de los diversos países y condiciones de los fieles.

Bien, ¿y todo esto para qué? ¿son normas que caen sobre nosotros simplemente para que “las cumplamos”? ¿Es que no se puede ser bueno sin “hacer todo eso”? Creo que es obvio que no estamos ante un frío rigorismo, sino ante unas inveteradas orientaciones que guardan profundidad y una justificada razón de ser y que, en definitiva, son lo mejor para el hombre porque provienen de Quien mejor le conoce, Quien le ha creado, y Quien más le quiere.

En cualquier caso, como siempre sucede, encontramos un criterio seguro sobre el sentido de estas prácticas y el mejor modo de realizarlas de la voz del Santo Padre. Aunque tal vez resulte un poco largo, me permito transcribir estos párrafos de su Mensaje para la Cuaresma de este año (texto íntegro aquí):

“[…] El hecho de dedicar más tiempo a la oración hace que nuestro corazón descubra las mentiras secretas con las cuales nos engañamos a nosotros mismos, para buscar finalmente el consuelo en Dios. Él es nuestro Padre y desea para nosotros la vida.

El ejercicio de la limosna nos libera de la avidez y nos ayuda a descubrir que el otro es mi hermano: nunca lo que tengo es sólo mío. Cuánto desearía que la limosna se convirtiera para todos en un auténtico estilo de vida. Al igual que, como cristianos, me gustaría que siguiésemos el ejemplo de los Apóstoles y viésemos en la posibilidad de compartir nuestros bienes con los demás un testimonio concreto de la comunión que vivimos en la Iglesia. A este propósito hago mía la exhortación de san Pablo, cuando invitaba a los corintios a participar en la colecta para la comunidad de Jerusalén: «Os conviene» (2 Co 8,10). Esto vale especialmente en Cuaresma, un tiempo en el que muchos organismos realizan colectas en favor de iglesias y poblaciones que pasan por dificultades. Y cuánto querría que también en nuestras relaciones cotidianas, ante cada hermano que nos pide ayuda, pensáramos que se trata de una llamada de la divina Providencia: cada limosna es una ocasión para participar en la Providencia de Dios hacia sus hijos; y si él hoy se sirve de mí para ayudar a un hermano, ¿no va a proveer también mañana a mis necesidades, él, que no se deja ganar por nadie en generosidad?

El ayuno, por último, debilita nuestra violencia, nos desarma, y constituye una importante ocasión para crecer. Por una parte, nos permite experimentar lo que sienten aquellos que carecen de lo indispensable y conocen el aguijón del hambre; por otra, expresa la condición de nuestro espíritu, hambriento de bondad y sediento de la vida de Dios. El ayuno nos despierta, nos hace estar más atentos a Dios y al prójimo, inflama nuestra voluntad de obedecer a Dios, que es el único que sacia nuestra hambre […]”.

Fructífera y santa Cuaresma a todos,

 

Alejandro González-Varas Ibáñez