Opinión

Thalía López Sancho

Señalar con el corazón

2 de junio de 2026

Dicen que una imagen vale más que mil palabras, y la fotografía que acompaña estas líneas es el ejemplo perfecto de ello. Si la miran con atención, verán a un aragonesa con una sonrisa de oreja a oreja, de esas que no se pueden fingir, y un dedo apuntando con un entusiasmo desbordante. Al otro lado de la mirada, rompiendo la distancia entre la multitud, aparece el Papa León.

Ese instante fue capturado en Roma, en pleno Jubileo. Recuerdo perfectamente los momentos previos: los nervios entre la gente, el murmullo en la plaza, la espera compartida con peregrinos venidos de los rincones más insospechados del planeta y, de repente, el revuelo. El Papa se acercaba. En el segundo exacto en el que pasó frente a mí, la cámara hizo «clic» y dejó grabada una felicidad pura y contagiosa. No era solo la emoción de ver a una figura histórica; era la alegría profunda de sentir la Iglesia viva, joven y sintonizada en un mismo latido.

A veces, cuando vemos fotos de encuentros con el Papa, podemos caer en la tentación de pensar que se trata de simple postureo o de la emoción superficial de un instante. Sin embargo, ese dedo mío apuntando al Sucesor de Pedro tiene un sentido mucho más profundo, uno que el propio León ha plasmado a la perfección en su última encíclica, Dilexit nos. En este documento, el Santo Padre nos lanza una advertencia seria: vivimos en una sociedad acelerada, esclava del consumo y de los fríos algoritmos que a menudo nos anestesian. Frente a este panorama, el Papa nos pide a gritos que hagamos una pausa y volvamos a recuperar el corazón.

Mirando mi propia cara de felicidad en la fotografía, comprendo perfectamente a qué se refiere. Esa alegría desbordante no nació de una pantalla; brotó del corazón al experimentar la belleza de la fe. Al señalar al Papa León, estaba apuntando a un pastor que nos recuerda que el cristianismo no es una teoría aburrida, sino una invitación a vivir apasionadamente desde el afecto, la ternura y la entrega. Mi sonrisa era el reflejo de un corazón que se sentía vivo y profundamente amado.

Esa misma cercanía que yo viví en Roma y que se respira en sus textos es la que se palpa ya en el ambiente ante su inminente viaje apostólico a España este próximo 6 de junio. Madrid se prepara con ilusión para recibir al Papa León en una cita histórica, pero la fuerza de su mensaje no se va a quedar en la capital. El eco de sus palabras cruzará el mapa y llegará con intensidad a cada rincón de nuestras diócesis. El Santo Padre no viene solo a cumplir con una agenda institucional; viene a reactivarnos el corazón a todos los creyentes.

Guardar esa foto en el móvil es un recuerdo precioso, pero el verdadero reto empezó al volver a casa. Que la alegría de aquel encuentro en el Jubileo y el impulso de su próxima visita a Madrid nos sirvan para espabilarnos aquí, en nuestra tierra aragonesa. Nos toca a nosotros, en nuestras parroquias, pueblos y grupos, ser esos corazones encendidos que el Papa nos pide ser, contagiando una fe alegre, acogedora y con los pies en la tierra.

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