Quédate con nosotros. La eucaristía y el hogar. Carta del obispo de Barbastro-Monzón. 31 de mayo de 2026

Ángel Pérez Pueyo
29 de mayo de 2026

Hay una frase del Evangelio que siempre me ha parecido una de las más humanas y más hermosas: “Quédate con nosotros, porque atardece” (Lc 24,29). 

La pronuncian dos discípulos cansados, desorientados y decepcionados. Caminan hacia Emaús con la sensación de que todo ha terminado.

Y quizá muchos hoy viven exactamente así. Cansados. Corriendo todo el día, sin saber a dónde. Haciendo mil cosas. Pero con el corazón cada vez más vacío.

Hay hogares donde apenas se conversa. Familias que coinciden… pero no se encuentran. Personas que viven rodeadas de gente y, sin embargo, profundamente solas. Por eso me impresiona tanto que Jesús no haga grandes discursos. Simplemente se acerca, camina con ellos y entra en su casa.

La fe comienza muchas veces así: cuando dejamos de hablar solo “sobre” Dios y empezamos a dejarle entrar realmente en nuestra vida.

El papa León XIV viene a España para ayudarnos precisamente a esto: a volver a sentar a Jesucristo en el centro de nuestras casas. Porque la Eucaristía no es una costumbre religiosa más. Es Cristo mismo quedándose con nosotros. Qué diferente sería nuestra vida si entendiéramos esto de verdad.

La misa no es una obligación. Es el “cargador” del alma. Es alimento. Es descanso.

Es respiro. Es recordar quiénes somos. Sin Eucaristía el corazón se enfría.  Sin domingo la familia se dispersa. Sin Cristo terminamos viviendo únicamente para producir, consumir y sobrevivir.

La mesa familiar y la mesa de la Eucaristía están profundamente unidas. En ambas aprendemos algo esencial: nadie puede vivir solo. En torno a la mesa se comparten alegrías y heridas. Se aprende a escuchar. A reconciliarse. A esperar. A sostenerse unos a otros.

Y quizá por eso una de las mayores pobrezas actuales sea precisamente la falta de mesa compartida. Comemos rápido. Vivimos rápido. Amamos rápido. Pero el amor necesita tiempo.

La Eucaristía nos enseña justamente lo contrario de la lógica del mundo: detenernos,  agradecer, compartir, y entregarnos.

San Agustín, tan querido por el papa León XIV, lo expresó de forma magistral: “Así como Cristo dio su vida por nosotros, también nosotros debemos dar la vida por los hermanos”. Eso significa realmente comulgar. No basta recibir el pan. Hay que convertirse también en pan partido para los demás. Necesitamos familias eucarísticas: hogares donde todavía se rece, se converse, se perdone, se abrace, y donde alguien enseñe a los niños que Dios no es un extraño.

Porque cuando Cristo se queda en casa… el hogar deja de ser solo una vivienda.

Y se convierte en un lugar sagrado.

Con mi afecto y mi bendición

Ángel Javier Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón

 

Este artículo se ha leído 60 veces.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Compartir
WhatsApp
Email
Facebook
X (Twitter)
LinkedIn

Noticias relacionadas