Opinión

David López

«¿Primera… y última comunión?»

11 de mayo de 2026
Cada mes de mayo nuestras parroquias se llenan de trajes blancos, fotografías familiares, restaurantes reservados y celebraciones cuidadas hasta el último detalle. La Primera Comunión sigue siendo, en muchas familias, uno de los momentos más importantes de la infancia. Y eso, en sí mismo, no es malo. Hay algo hermoso en que tantas familias quieran celebrar un paso importante en la vida de sus hijos. El problema aparece cuando nos preguntamos qué queda después.

Porque la realidad pastoral, al menos en buena parte de nuestras parroquias, es evidente: muchos niños desaparecen prácticamente de la vida cristiana tras recibir la Primera Comunión. Algunos no vuelven a participar regularmente en la Eucaristía dominical. Otros abandonan la catequesis. Y no pocos terminan viviendo aquella celebración como una especie de despedida silenciosa de la Iglesia. La “primera” comunión acaba convirtiéndose, de hecho, en la última. Tal vez deberíamos atrevernos a hacernos preguntas incómodas. ¿Qué estamos celebrando realmente? ¿Una fiesta social? ¿Un rito cultural? ¿Una tradición familiar? ¿O el inicio consciente de una vida cristiana alimentada por la Eucaristía?

A veces da la impresión de que hemos normalizado una contradicción enorme: preparar durante años a unos niños para recibir a Cristo en la Eucaristía… sin que exista después una verdadera continuidad en la fe. Y no se trata de culpabilizar a nadie. La secularización ha cambiado profundamente nuestras familias, nuestros ritmos y nuestra relación con la Iglesia. Muchas veces los propios padres reconocen con sinceridad que no practican la fe, que no rezan en casa o que apenas pisan la parroquia fuera de determinados momentos importantes. En ese contexto, resulta difícil que un niño descubra la Eucaristía como el centro de su vida cristiana.

También la comunidad parroquial tiene aquí una responsabilidad importante. Hay lugares donde la catequesis funciona casi como una actividad aislada, sin verdadera conexión con una comunidad viva que celebre, acompañe y conozca a esos niños. Se “organizan” comuniones, pero no siempre se genera pertenencia eclesial. Y sin experiencia de comunidad, la fe acaba reducida fácilmente a un trámite religioso con fecha de caducidad.

A todo esto se añade otro fenómeno que no podemos ignorar: el enorme aparato económico y social que se ha construido alrededor de las primeras comuniones. Regalos desorbitados, celebraciones casi competitivas, presión estética, banquetes imposibles para muchas familias… En ocasiones, el Evangelio queda completamente sepultado bajo una lógica de consumo y apariencia que tiene poco que ver con Jesús de Nazaret. Basta escuchar a algunas familias hablar más del restaurante o del móvil de regalo que de la propia Eucaristía para percibir que algo no termina de encajar.

El problema no es celebrar. El cristianismo celebra. Y celebra mucho. El problema es vaciar de contenido aquello que celebramos.

En los Hechos de los Apóstoles aparece una comunidad que perseveraba «en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones» (Hch 2,42). La Eucaristía no era un acto social aislado, sino la expresión visible de una vida compartida y de una fe concreta. Por eso Jesús insiste también en que los verdaderos adoradores adorarán «en espíritu y en verdad» (Jn 4,23-24). El culto cristiano no puede separarse de la vida. Recibir la comunión debería ser mucho más que “haber llegado” a un día concreto. Tendría que ser el comienzo de un camino. Un niño que recibe por primera vez la Eucaristía está diciendo, con la sencillez propia de su edad, que quiere aprender a vivir con Jesús y como Jesús. Y eso necesita tiempo, acompañamiento, comunidad y testimonio.

Quizá por eso cada vez resulta más urgente implicar también a los padres en los procesos catequéticos. No basta con “traer” a los hijos a catequesis. La transmisión de la fe necesita hogares donde, aunque sea de manera sencilla y frágil, se rece, se dialogue sobre Dios y se intente vivir el Evangelio. Muchos sacerdotes y catequistas constatan que cuando los padres se implican de verdad, la experiencia cambia radicalmente. También necesitamos parroquias menos centradas en “sacar grupos adelante” y más preocupadas por generar procesos reales de discipulado. No se trata sólo de preparar ceremonias bonitas, sino de acompañar personas. A veces nos obsesionamos con que todo salga perfecto el día de la celebración y olvidamos preguntarnos qué ocurrirá el domingo siguiente. La Primera Comunión sigue teniendo una enorme oportunidad evangelizadora. De hecho, probablemente es uno de los pocos momentos en que muchas familias mantienen todavía un contacto cercano con la parroquia. Precisamente por eso no deberíamos resignarnos a que sea únicamente un rito de paso cultural.

Tal vez la pregunta de fondo no sea cuántos niños “hacen” la Primera Comunión este año, sino cuántos están descubriendo realmente que Cristo quiere caminar con ellos toda la vida.

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