Opinión

Antonio Nicolás

Hacia una Iglesia Sinodal

Agárrate, que vienen curvas

27 de abril de 2026

Para comenzar, diré que no tengo estudios eclesiásticos ni teológicos y siempre me ha gustado leer y estar informado de lo que se “cocía” en la casa de mi familia: La Iglesia. Y a pesar de mis altibajos como persona y cristiano, aquí estoy.

Recuerdo que allá por los años 1966 en adelante, recién terminado el Concilio Vaticano II, se empezaron a ver ciertos cambios en todos los ámbitos eclesiales.

La liturgia en general y, sobre todo, la celebración de la misa en nuestras propias lenguas y de cara al público, la participación en la palabra de Dios y catequética de los laicos… fueron gestos de acercamiento al Pueblo de Dios. Ediciones nuevas con traducciones corregidas y ampliadas con anotaciones de mucha calidad de la Sagrada Biblia, publicaciones de libros y escritos de teólogos y/o filósofos que habían estado silenciados… cambios en el vestir de los sacerdotes y cambio de los hábitos de las religiosas… En fin, muchas más cosas que daban un nuevo estilo con aire renovador a la Iglesia. Recuerdo que muchos eclesiásticos hablaban del Concilio como la gran apertura de las “ventanas de la Iglesia” cerradas durante siglos, y en cuyas dependencias olía a cera rancia. El acontecimiento fue muy importante para los fieles ya no solo católicos, sino cristianos en general a los que el Concilio llamó “Pueblo de Dios”, abriéndose al ecumenismo y se vieron cambios muy notables. Desgraciadamente, como en todo, hubo abusos por aquellos que querían correr antes de empezar a andar y todo lo contrario; los que decían que un concilio pastoral no es vinculante y siguieron con sus costumbres medievales y ejerciendo el poder eclesiástico o “clericalismo”, cuyo significado es, según el diccionario de la RAE:

  1. Influencia de los dirigentes de una religión en la política de un Estado.
  2. Marcada afección y sumisión al clero y a sus directrices.
  3. Intervención excesiva del clero en la vida de la Iglesia, que impide el ejercicio de los derechos de otros miembros de ella.

En definitiva, que a finales de los años 70’s hubo que echar el freno a tanto “desorden”, por defecto y por exceso, si bien más por lo segundo; solo que el orden, tan necesario en aquel momento, pasó a durar treinta años y eso tampoco fue bueno para la Iglesia y paralizó la puesta en marcha del Concilio Vaticano II

Ahora, después de tres años intensos más uno de reflexión y discernimiento, y terminados los trabajos del Sínodo de la Sinodalidad (2021-24), nos encontramos en un proceso de implantación que ha de hacerse realidad entre los años 2025-2028, pero se ha perdido el entusiasmo y la motivación que había en la primera fase diocesana del Sínodo en el ya lejano 2021-22.

Los grupos que se crearon para hacer la fase diocesana se han reducido considerablemente. Supongo que el desánimo será igual o parecido en todas las parroquias y organizaciones y grupos que hicieron aquel encomiable trabajo de discernimiento.

Apenas veo apoyo por parte de los eclesiásticos y seglares doctorados y masters en muchas teorías, encerrados en sus despachos entre libros, papeles y pensando en un posible ascenso (Mc: 10:37). Es como si tuviéramos miedo a la “novedad que es Jesucristo” y nos encerráramos en nuestras propias seguridades y rutinas para retener aquello que se nos dio por la gracia, sin darnos cuenta que la misión está fuera de nosotros mismos: “Comunión – Participación- Misión”.

Pero me da mucho más miedo quienes critican, incluso con vehemencia, el clericalismo de los curas pero lo están sustituyendo por un clericalismo “laical” o incluso “monjil”, que esto sí que es peligroso para nuestra Iglesia de Comunión, Participación y Misión. Estos son los que, sin duda alguna, creen haber recibido el don del “discernimiento individual” del que, ni por asomo, hemos hablado en todo el proceso sinodal, sino que, ciertamente, hemos hablado de este don del Espíritu para recibirlo personalmente y ponerlo en común-unión con la comunidad de fe para que la escucha de la voluntad del Espíritu Santo sea comunitaria y no individual. Pretendemos que el discernimiento sea el “mío” sin contar con el discernimiento de los otros. La Iglesia no es un parlamento democrático, ni una dictadura, es una familia en dónde se dialoga, y está guiada por el Espíritu Santo, la historia nos lo demuestra, pues a pesar de muchos desórdenes y corrupción en su seno, la Iglesia, después de dos mil años, sigue avanzando, porque los poderes el infierno no prevalecerán contra ella (Mt: 16,18). No perdamos la esperanza y, aunque tengamos días oscuros dejémonos conducir por el Pastor Bueno, leamos el Salmo 22 y dejemos que el Espíritu del Señor nos guie.

Recuperemos el entusiasmo y la ilusión que nos movió al principio de este proceso y sigamos por el camino que nos traza el propio evangelio: “Ánimo, soy yo, no temáis” (Mt:14,27 y Mc:6,50), para tener una fe esperanzada.

Me gustaría explicar el título de este artículo:

Agárrate: Sí, a la Palabra de Dios y a su cruz.

Que vienen curvas: también, porque al dar tantas vueltas, corremos el riesgo de marearnos y estamos expuestos a que nos pase lo mismo que ocurrió con el Concilio Vaticano II.

El camino es irreversible sabiendo que la Iglesia tiene que ser fiel a la misión de anunciar el evangelio, a la tradición y al magisterio y así prevalecer en la unidad (Jn: 17,21). Pero también ha de adaptarse a los tiempos que corren y las novedades y necesidades de los tiempos, como ya se hizo en los años 49-50 d. C. (Hch: 15,1-41). Así se lo pido al Señor y así espero que sea.

Comunión – Participación – Misión

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