Esta es, probablemente, desde mi punto de vista, una buena descripción de la oración cristiana: PONER LA VIDA A DISPOSICIÓN DE DIOS, PONERLA EN LAS MANOS DEL PADRE.
Ya lo dijo y lo hizo, en las circunstancias más duras de su vida, Jesús: “Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz. Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú” (Mt 26,39b)
Creo que, por esta razón, hay dos oraciones que son muy conocidas entre nosotros. Están centradas en el cumplimiento de la voluntad de Dios desde la confianza total en Él.
La de San Ignacio es del siglo XVI. La de San Carlos de Fucauld, del siglo XX. La distancia es larga, la actitud creyente, la misma.
SAN IGNACIO DE LOYOLA
Tomad, Señor
Tomad, Señor y recibid
toda mi libertad,
mi memoria,
mi entendimiento
y toda mi voluntad.
Todo mi haber y mi poseer;
vos me lo disteis
a vos, Señor, lo torno;
todo es vuestro
disponed todo a vuestra voluntad.
Dadme vuestro amor y gracia
que esto me basta.
SAN CARLOS DE FOUCAULD,
Padre mío,
me abandono a Ti.
Haz de mí lo que quieras.
Lo que hagas de mí te lo agradezco,
estoy dispuesto a todo,
lo acepto todo.
Con tal que Tu voluntad se haga en mí
y en todas tus criaturas,
no deseo nada más, Dios mío.
Pongo mi vida en Tus manos.
Te la doy, Dios mío,
con todo el amor de mi corazón,
porque te amo,
y porque para mí amarte es darme,
entregarme en Tus manos sin medida,
con infinita confianza,
porque Tu eres mi Padre.