Polifonía en política

Este bello título no es mío. Es del Papa Francisco. Me sirve para continuar reflexionando sobre el tema de la semana pasada: la relación entre la fe cristiana y la política de partidos. Y me ha parecido un buen modo de hacerlo recoger unas palabras del Papa dirigidas el 4 de marzo de este año a la Comisión Pontificia para América Latina, reunida en el Vaticano.

 “Ser católico en la política no significa ser un recluta de algún grupo, una organización o partido, sino vivir dentro de una amistad, dentro de una comunidad. Si tú al formarte en la Doctrina social de la Iglesia no descubres la necesidad en tu corazón de pertenecer a una comunidad de discipulado misionero verdaderamente eclesial, en la que puedas vivir la experiencia de ser amado por Dios, corres el riesgo de lanzarte un poco a solas a los desafíos del poder, de las estrategias, de la acción, y terminar en el mejor de los casos con un buen puesto político pero solo, triste y con el riesgo de ser manipulado”.

El recluta en el ejército es el que siempre tiene que obedecer a todos los mandos. El cristiano, en política, no actúa como cristiano si la obediencia al partido la pone por encima de la fe. La fe cristiana se vive y se alimenta en la comunidad cristiana y en el servicio a la comunidad humana. Y después lleva a una opción personal por un partido político, como medio de encauzar su compromiso social. Sin distanciarse de la vida de la comunidad cristiana para no terminar en el mejor de los casos con un buen puesto político, pero… con el riesgo de ser manipulado o alejado de la fe de la comunidad.

Citando a san Óscar Arnulfo Romero, dice el Papa:

«La Iglesia no se puede identificar con ninguna organización, ni siquiera con aquellas que se califiquen y se sientan cristianas. La Iglesia no es la organización, ni la organización es la Iglesia. Si en un cristiano han crecido las dimensiones de la fe y de la vocación política, no se pueden identificar sin más las tareas de la fe y una determinada tarea política, ni mucho menos se pueden identificar Iglesia y organización. […] Para ser buen político no se necesita ser cristiano, pero el cristiano metido en actividad política tiene obligación de confesar su fe. Y si en eso surgiera en este campo un conflicto entre la lealtad a su fe y la lealtad a la organización, el cristiano verdadero debe preferir su fe y demostrar que su lucha por la justicia es por la justicia del Reino de Dios, y no otra justicia». Hasta aquí Romero”.

“La política no es el mero arte de administrar el poder, los recursos o las crisis. La política no es mera búsqueda de eficacia, estrategia y acción organizada. La política es vocación de servicio, diaconía laical que promueve la amistad social para la generación de bien común. Solo de este modo la política colabora a que el pueblo se torne protagonista de su historia y así se evita que las así llamadas “clases dirigentes” crean que ellas son quienes pueden dirimirlo todo […]. El político está en medio de su pueblo y colabora con este medio u otros a que el pueblo que es soberano sea el protagonista de su historia”.

“’Una misma fe cristiana puede conducir a compromisos diferentes’ (Pablo VI).Por eso, los invito a que vivan su fe con gran libertad. Sin creer jamás que existe una única forma de compromiso político para los católicos. Un partido católico”.

“En política es mejor tener una polifonía en política inspirada en una misma fe y construida con múltiples sonidos e instrumentos, que una aburrida melodía monocorde aparentemente correcta pero homogenizadora y neutralizante –y de propina– quieta. No, no va”.

La política no es mecánica, ni pura técnica. Es servir, mirar al pueblo y sus necesidades. Sólo así se puede llegar a la polifonía en política. Polifonía entre los cristianos: votar a partidos políticos diferentes pero buscar todos, cada uno con su voz, el bien común, una polifonía agradable, bella.

Se puede conseguir “buscando simultáneamente ser fieles al evangelio, plurales en términos partidistas y en comunión con sus Pastores”.

Polifonía en política entre todos los partidos. Cada uno con sus ideas, sus programas, sus estrategias. Si buscan todos el bien común, llegarán a formar una bella sinfonía en la que cada uno interpreta su voz o toca su instrumento para un fin común: una bella sinfonía que sirva, alegre y anime al pueblo. ¿Sueño? Seguramente. Pero no está prohibido soñar ni trabajar diariamente por ese sueño.

Se puede conseguir buscando simultáneamente ser fieles al bien común de todos, plurales en términos partidistas y aportando esa pluralidad en armonía constructiva con y para el pueblo, al que se comprometen a servir los políticos.