“Quiero dedicar el Mensaje de este año al tema de la narración, porque creo que para no perdernos necesitamos respirar la verdad de las buenas historias: historias que construyan, no que destruyan; historias que ayuden a reencontrar las raíces y la fuerza para avanzar juntos. En medio de la confusión de las voces y de los mensajes que nos rodean, necesitamos una narración humana, que nos hable de nosotros y de la belleza que poseemos. Una narración que sepa mirar al mundo y a los acontecimientos con ternura; que cuente que somos parte de un tejido vivo; que revele el entretejido de los hilos con los que estamos unidos unos con otros”

Así empezaba el papa Francisco el mensaje para la Jornada de este año, firmado en la fiesta del Patrono de los periodistas, San Francisco de Sales, “allá ya” por el día 24 de enero cuando nadie pensaba que esta Jornada, en la fiesta de la Ascensión del Señor, este año el día 24 de mayo, justo “sólo” cuatro meses después, la íbamos a tener que vivir en el marco de una pandemia mundial que ha puesto literalmente en silencio, sin saber qué decir, habría que decir “arrodillado,” a todo nuestro planeta. Parecen proféticas, lo fueron, lo son, estas palabras.

El Pueblo de Israel, de alguna manera prototipo bíblico de todos los pueblos, es el pueblo de la memoria. En sus oraciones, que son los salmos, se recuerdan muchas veces las obras del Señor, “las maravillas” que hizo el Señor. Son los relatos de la historia del pueblo que, con muchos avatares y circunstancias, guerras y paces, con muchas luces y con muchas sombras, ha creído que su historia, guiada por Dios, ha sido historia de salvación. La Biblia cuenta relatos, es decir, cuenta los hilos de la vida tejidos con relatos que unen a un pueblo, le ayudan a vivir y son fuente de esperanza y de unidad.

Y Jesús en su predicación, y lo recuerda el Papa en su mensaje, “hablaba de Dios no con discursos abstractos, sino con parábolas, narraciones breves, tomadas de la vida cotidiana. Aquí la vida se hace historia y luego, para el que la escucha, la historia se hace vida: esa narración entra en la vida de quien la escucha y la transforma”. Pero la naturaleza humana está herida por el pecado y el Papa en su mensaje también habla de relatos que desgastan y hasta destruyen la vida. Dice en su mensaje que a menudo, en los telares de la comunicación, en lugar de relatos constructivos se fabrican historias destructivas que desgastan y rompen los hilos frágiles de la convivencia. Recopilando información no contrastada, repitiendo discursos triviales y falsamente persuasivos, hostigando con proclamas de odio, no se teje la historia humana, sino que se despoja al hombre de la dignidad.

Desde nuestros medios de comunicación queremos denunciar esos relatos y no ir nunca por caminos de noticias falsas que, más a la corta que a la larga, desaparecen y no dejan más huella que la que deja el humo maloliente de la mentira. Todo lo contrario. Lo nuestro, y precisamente a través del poder que hoy tienen los medios de comunicación social, a los que hemos de acercarnos como si fueran tierra sagrada, es crear lazos, unir, favorecer el entendimiento, construir paz y armonía.

En este tiempo difícil y misterioso de la pandemia del Covid-19, los comunicadores cristianos hemos de creer en nuestra misión de ser transmisores de noticias que, aunque llenas de dolor, lleven dentro la salvación. Desde un corazón comprensivo y hasta roto por la sintonía con nuestros hermanos, hemos tenido que contar el dolor, las pérdidas y las soledades de tantos. Nuestra misión de comunicadores cristianos es ser ventanas para que otros vean el mundo desde la verdad, desde la esperanza y desde el amor. Aquí está la clave.

Jesús miraba a la gente, amaba a las personas. Desde ese amor comprendía sus necesidades existenciales. Desde ese amor hablaba a la gente del Reino de Dios y de cómo Dios es Padre de todos, contándoles relatos de vida, parábolas que van “más allá” de lo que cuentan, y la gente le entendía. Sólo si amamos podremos acercarnos dignamente a alguien y ofrecerle nuestras noticias para que acepte la realidad y, aceptada, pueda ser transformada para su bien.

Que esta Jornada de las Comunicaciones Sociales, en este año duro y misterioso, nos lleve a tener un corazón misericordioso para relatar la vida con esperanza.