Mientras estaba llorando, vi a mi Señor

Vísperas martes de Pascua

La lectura, en oración, de la antífona del Magnificat (14 de abril, martes de Pascua) provocó en mi un sentimiento profundo de admiración. ¡Qué bellamente, qué brevemente, recogía una actitud espiritual, creyente, cristiana, ante la situación actual! “Mientras estaba llorando, vi a mi Señor”. Me venía a la mente, en los días siguientes, con frecuencia. ¿Dónde estoy viendo yo al Señor en esta situación? ¿Dónde experimento su presencia?, me preguntaba.

Es un tiempo duro -me iba diciendo a mí mismo- y, por tanto, propicio para preguntarme por mi experiencia de fe, por la vivencia de mi fe en el Señor Jesús. Un tiempo de gracia en la des-gracia, como titulé mi colaboración del 25 de marzo. Todo tiempo es gracia cuando intentamos vivirlo desde la fe. La des-gracia, el mal, el dolor no desaparecen ni se solucionan con la fe en el acompañamiento del Señor, en su presencia amorosa junto a los que sufren. Pero regala esperanza y una luz que es difícil poder expresar con palabras. Y menos con pocas palabras. ¿Cómo es de profunda y verdadera mi fe en la presencia del Señor en esta situación tan cuestionante y tan real? Entonces se puede vivir la des-gracia de otra manera.

No puedo banalizar el inmenso llanto de la humanidad, seguía pensando, con palabras huecas, vacías. Con palabras de consuelo barato y palabrero. Con explicaciones que no explican nada ante un dolor universal presente también en el hambre, en los refugiados, en otras pestes habituales en tantos países y olvidadas siempre por nuestro egoísmo.  El silencio es, con frecuencia, la palabra más acertada, el gesto más expresivo de comunión en el dolor. De respeto al que sufre. Un silencio meditativo que nos lleve a la solidaridad posible en cada uno de nosotros.

Ver al Señor mientras estamos llorando es sentirlo presente en nuestro interior y dejar que hable la vida, mi vida, tu vida, nuestra vida de Iglesia, comunidad dispersa en estos momentos, pero unida en el Espíritu y en pequeñas iglesias domésticas. Escuchar al Señor que nos habita, escuchar y meditar su Palabra. No usar en vano la palabra humana. No utilizar el nombre de Dios en vano. Él, Padre amoroso y misericordia total, no va a liberarnos mágicamente de tanto dolor y muerte. Él, sí, nos acoge al morir y nos fortalece e ilumina mientras seguimos llorando y Él llora con nosotros. Para que podamos salir de esta experiencia renovados, convertidos, nuevos. Para construir, después, una sociedad nueva.

Con este pensamiento, con esta afirmación creyente “vi a mi Señor”, contemplo las escenas de la pandemia. Escenas envueltas con una Presencia que callada y realmente está ahí y se hace visible, sin etiqueta religiosa, en tantos gestos, entregas, riesgos, peligros que tantos aceptan responsablemente. Generosamente. Solidariamente. Amorosamente. Ahí está el Señor sin vestiduras confesionales. Esta generosidad habita en ateos, en creyentes de toda religión, en indiferentes… porque son, somos, humanos, imagen de Dios.

“Vi a mi Señor”, ¿cómo no?, en tantos cristianos y en tantas comunidades eclesiales que ponen sus personas, sus medios, su tiempo, su vida luchando contra la pandemia y acompañando a personas y colectivos descartados, olvidados, marginados. ¿Qué no salen en los noticiarios estos gestos? No es lo más importante. Lo importante es que existen. Porque no es tiempo de propaganda, sino de fidelidad. La propaganda no evangeliza; el ejemplo, el testimonio, sí. Y la fuerza de tantas celebraciones de despedida de los difuntos que, en la tristeza de la soledad decretada, humanizan y afirman la Vida y Resurrección de los que nos arrebató la pandemia y fortalecen a los que aquí quedaron.

Poder ver ‘a mi Señor’, me lleva, nos lleva, a la oración de confianza. A orar de modo íntimo, sencillo, personal, familiar, humilde. Sin confundir, ni de lejos, la oración con la petición de milagros. El milagro está en el hecho sorprendente de poder orar en esta situación, porque así lo sentimos y creemos. Este es el milagro que se traduce en una vida serena en medio de la dificultad. Una oración que no está reñida con la duda, el miedo, la incertidumbre “Nuestras oraciones no son fórmulas mágicas. La fe en Dios no resuelve mágicamente nuestros problemas, sino que nos da una fuerza interior para ejercer ese compromiso que todos y cada uno, de diferentes maneras, estamos llamados a vivir, especialmente aquellos que están llamados a