La verdadera ciudad de Dios no es Jerusalén sino aquel que murió en ella.

Salmo 48

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2 Grande es el Señor, y muy digno de alabanza en la ciudad de nuestro Dios.

3 Su Monte Santo, una altura hermosa, alegría de toda la tierra:

el monte Sión, vértice del cielo, ciudad del gran rey.

4 Entre sus palacios, Dios descuella como un alcázar.

5 Mirad: los reyes se aliaron para atacarla juntos;

6 pero al verla, quedaron aterrados y huyeron despavoridos;

7 y allí los agarró el temblor y dolores como de parto;

8 como un viento del desierto que destroza las naves de Tarsis.

9 Lo que habíamos oído lo hemos visto en la ciudad del

Señor de los Ejércitos, en la ciudad de nuestro Dios:

que Dios la ha fundado para siempre.

10 Oh Dios, meditamos tu misericordia en medio de tu templo:

11 como tu renombre, oh Dios, tu alabanza llega al confín de la tierra;

tu diestra está llena de justicia:

12 el monte Sión se alegra, las ciudades de Judá se gozan con tus sentencias.

13 Dad la vuelta en torno a Sión, contando sus torreones;

14 fijaos en sus baluartes, observad sus palacios:

para poder decirle a la próxima generación:

15 «Este es el Señor nuestro Dios». Él nos guiará por siempre jamás.

 

 

INTRODUCCIÓN

 El salmo 48 es el más típico de los cantos bíblicos de Sión, donde se encuentra el Templo. El poeta pudo tener presente el asedio al que fue sometida Jerusalén por las tropas de Senaquerib (701) o la coalición de los ejércitos de Siria y de Israel contra el rey de Jerusalén, Ajaz; la llamada guerra siro-efraimita (734). No obstante, el colorido litúrgico del poema, su clima procesional, el gozo que se transforma en contemplación, sitúan al salmo por encima de cualquier acontecimiento histórico y le dan una trascendencia teológica. (A. Aparicio). El salmista elogia la ciudad santa con estos títulos: ciudad de nuestro Dios; estancia del gran rey; ciudad del Señor de los ejércitos; monte santo; alegría del mundo entero. El Templo de Salomón se levantaba majestuoso y espléndido en lo alto del monte Sión, cuna de Jerusalén. Asociado a este palacio de Dios, el monte Sión constituía el orgullo del pueblo judío a la vez que simbolizaba su seguridad.

 

MEDITACIÓN-REFLEXIÓN

La belleza externa sólo es símbolo de la belleza interior (2-4)

Este Monte de Sión, con una elevación rocosa bastante modesta, gracias al poder de Dios, se convierte en la verdadera montaña sagrada. Dios la eleva sobre toda otra montaña del mundo, la hace la alegría de toda la tierra y orgullo del pueblo judío. Es la presencia divina la que funda el entusiasmo que todo israelita siente. «Te llamarán ciudad de Dios… no serás ya abandonada., yo haré de ti una gloria eterna, una delicia de todas las generaciones» (Is 60,14-15).

Algunas veces, los pueblos vecinos, sobre todo los fenicios, han pretendido que la divinidad morara en el monte Nort, equivalente al Olimpo de los griegos… ¡Vana pretensión! El verdadero monte Nort, el auténtico Olimpo, es el monte Sión. El poeta, al hablar de la esbeltez geográfica: de los castillos y murallas de la ciudad no sólo quiere plasmar esa belleza ex- terna. Contempla la fuerza misteriosa que emana de Sión. Por debajo de los episodios de la historia se aprecia la fortaleza de Yavé y su pueblo. «Y habrá alegría y algazara por lo que voy a crear. Pues voy a crear para Jerusalén alegría y regocijo» (Is 65,18). «Una ciudad histórica y escatológica; humana y meta temporal; perceptible y secreta» (S. Bononio).

Notemos que las casas, los edificios, nos remiten a las personas que amamos. Y eso es lo que ocurría al pueblo de Dios. Era el amor el que hacía bella la ciudad donde Dios habitaba.

San Juan de la Cruz, enamorado de Cristo, lo veía en la creación entera. Y lo cantaba de esta manera:

 

«Mi Amado, las montañas,

los valles solitarios temerosos,

las ínsulas extrañas, los ríos sonorosos,

el silvo de los aires amorosos».

 

Un cristiano debe también descubrir la belleza y hermosura de la Nueva Jerusalén, es decir, de la Iglesia, por dentro.

 

Dios es el más fuerte. (5-8)

Haciendo alusión posiblemente a los recientes ataques de los sirioefrainitas o de los asirios, el salmista evoca el resultado de esos ataques. Mal les fue a todos los asaltantes, aunque estaban aliados. Se vieron bruscamente aniquilados. “Los reyes enemigos se estrellan contra el baluarte que es Yavé. El “llegué, vi, vencí” de César, en este caso es llegué, vi y huí” (A. Aparicio). Notemos las imágenes que usa: las convulsiones del parto. Significa estar en angustias como la mujer en su alumbramiento. Alude a lo súbito y violento que surge de forma inexorable.

La otra imagen alude a los desastres del mar por el viento del Este, el Qadím, (Is 27,8). El aliento de Dios es como un viento huracanado que destroza los barcos de alto porte que hacen travesía por el Mediterráneo. Esta imagen es muy enérgica, pues el viento del desierto viene del este y Tarsis quedaba al oeste (España). Las naves de Tarsis, fenicias, eran expresión estereotipada de fortaleza, semejantes a nuestros transatlánticos. Conclusión: Todas las fuerzas hostiles a Dios serán derrotadas. Dios es el más fuerte.

 

«Lo que habíamos oído lo hemos visto” (v.9)

Es ésta una antífona central. .Habían oído hablar de todas estas cosas. Ahora pueden verlas con sus propios ojos. Probablemente este verso fue introducido por la profesión de fe en una auténtica catequesis: oír-ver.

Esto mismo sucede siempre que escuchamos la Escritura. Los samaritanos creyeron en Jesús no por lo que les había dicho la samaritana sino por lo que ellos mismos vieron. “Ya no creemos por lo que tú dices, nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que es Él el salvador del mundo” (Juan 4,42).  En las Escrituras no sólo recordamos cosas que han pasado, sino que revivimos en el momento presente lo que nos narran los textos. “La Escritura crece con el que la lee”. (Gregorio Magno).

 

“El amor misericordioso de Dios nos empuja a la alabanza” (v.10-12).

En el templo el pueblo medita, rumia en silencio, lo grande que es la misericordia de Dios. Y estalla en una alabanza sinfónica que lo envuelve todo ya que Sión es el centro de la esperanza universal.

«Tu diestra está llena. Porque viene de Dios, viene con plenitud. Allá donde está Dios está lo pleno. Dios es el que llenó de plenitud a su hijo Jesús (Ef 1). El que llenó a María de gracia (Le 1,35). El que nos llena a todos nosotros con todas sus bendiciones (Ef 1,8). Sobre todo nos llena con su “amor misericordioso”.

 

¡Abrazad la ciudad de Dios¡ v.13

El acto litúrgico acaba con una procesión en torno a las murallas. Invita a contemplar, es decir, a mirar detenidamente, sin prisas, gozando, recreándose en sus maravillas.

Invita también a circundar... Es como querer abrazar la ciudad y en ella a Dios. Es el abrazo de fe, el abrazo del creyente a la ciudad y a su Dios. (Jericó fue tomada después de una serie de procesiones en torno a ella.  Sión es tomada con una mirada del corazón.

Hay diversos motivos superpuestos:

  • visuales: contemplar la belleza externa.
  • históricos: evoca las liberaciones del
  • escatológicos: da motivos de esperanza para las futuras generaci Cualquier creyente de las generaciones futuras, si lee bien la historia, tendrá la misma experiencia que relata el salmista. La palabra hebrea damah significa re-presentar. Es una especie de memorial es decir, volver, a través del culto, a hacer presente y actual el amor misericordioso de Dios y la respuesta generosa y entusiasta del pueblo.

 

«Este es el Señor nuestro Dios. Él nos guiará por siempre jamás» (v. 15)

El salmista ha hablado de la presencia viva de Dios en Sión, en el Templo. Pero, ¿no es peligroso limitar a Dios a un lugar? ¿No es empequeñecerlo? ¿No ha sido una constante en los profetas el temor a reducir a Dios a un espacio, a un lugar? El mismo Salomón, en la oración de dedicación del Templo, se expresaba así: «Si el cielo en toda su inmensidad no puede contenerte, ¡cuanto menos este templo que he construido para ti» (1Re 8,27).

El salmo nos prepara la sorpresa final saltando a otra imagen: «Él nos guía». Ciertamente, para guiar no hace falta rodearse de montañas y torreones. Se guía a un rebaño, o se guía al pueblo por el desierto. Es Dios quien nos guía por los caminos de la historia, una historia abierta y universal.

«”Nos guiará por siempre jamás»… Palabras difíciles para aquella época. Pero ciertamente alude a algo que está más allá de la historia, de nuestra pequeña y frágil historia. En El confiamos nuestro futuro.

 

TRASPOSICIÓN CRISTIANA.

 Peguy: “Cuando pienso que Él (Cristo) era un hombre como todos los demás, un hombre común, aparentemente como todos los otros, aparentemente como cualquiera… Caminaba sobre las calles como un hombre cualquiera y sus pies se apoyaban sobre aquella tierra y subían por las sendas de la colina. ¡Jerusalén, Jerusalén!… tú has sido más bendecida que Roma”

 

Escuchamos unas bellas palabras del poeta hebreo del s. XI, Judá Valery: «¡Oh Sión, de Occidente y Oriente; de Septentrión y Mediodía; desde lejos y desde cerca te envían el saludo! Te saluda quien sufre por ti de una nostalgia invencible, cuyo llanto es como la lluvia de rocío del Hermón que rocía los montes. Es como un chacal que llora su dolor, mas desde el sueño regresa a ti; es como un arpa que canta tus versos. Tu aire es la vida que el alma respira y tus granos de arena son granos de mirra y tus cursos de agua son ríos de miel. Sión, toda la belleza, la gracia y el amor están reunidos en ti. Exiliados, dispersos por declives y montes. Las ovejas de tu multitud no te olvidan, porque tú eres su aprisco. Buscan tus caminos, saben los senderos que conducen a tus pastos. Dios te ha deseado como una residencia. Bienaventurado el que ha sido elegido para acercarse a ti y quedarse en tu morada.»

 

Este bello salmo que concentra toda la fe y el entusiasmo del pueblo judío por su pueblo, su ciudad, su Dios, nos invita también a nosotros a pensar en Jesús, un judío que amaba su tierra y se estremecía, como buen israelita, cuando pisaba la ciudad de Jerusalén.

 

ACTUALIZACIÓN

 Corremos el peligro, en nuestros días, de atomizar la fe. Peligro de hacernos cada uno nuestro “templo” y vivir la fe de un modo particularista.

Este salmo nos invita a quitar barreras y poner los ojos en Jesús, el verdadero Templo del Dios Vivo.

Jesús,  nuestra auténtica ciudad de Dios. La espiritualidad del salmista sobre Sión, está acechada por el particularismo de todo el que ama a su tierra y a su pueblo, hasta llegar a confundir a Dios con el Dios de “mi” tierra. Estos particularismos que empobrecen la fe han quedado definitivamente desplazados con la irrupción de Jesús en la historia.  Él es nuestra verdadera ciudad de Dios, presencia definitiva entre nosotros del gesto amoroso y definitivamente salvador del Padre. Andar particularizando la fe, andar circunscribiéndola a tal o cual lugar, a tal o cual templo, a tal o cual persona, quizás sea atentar contra esa ciudad única, salvadora para el hombre que es Jesús Salvador.

 

PREGUNTAS.

 

  1. ¿Hablo yo de la Iglesia con el mismo fervor y entusiasmo que un judío habla de Jerusalén?
  2. La fe que ha entrado por mis oídos, ¿sé visualizarla, hacerla experiencia vital en mi comunidad?
  3. ¿Me preocupa el poder transmitir la fe a las generaciones futuras? ¿Soy una persona que contagia a Dios en su manera de hablar y de vivir?

 

ORACIÓN

“Su monte  Santo, una altura herniosa»

Hoy quiero poner mis ojos, con mirada contemplativa, en tu Santo Monte del Calvario. No es el monte más alto de la tierra, pero sí el más bello, el más hermoso. En él estuvo colgado el hombre más maravilloso de los hijos de los hombres. Desde allí dijo que atraería a todos hacia Él. Como se abren las plantas a la luz del sol, así también se abren nuestros corazones hacia Él.

 

«Lo que habíamos oído, lo hemos visto»

Estos dos verbos son los verbos de la fe. Oímos, escuchamos a nuestros mayores y quedamos entusiasmados por las grandes maravillas que Dios ha obrado en ellos. Pero, eso mismo que nosotros hemos oído de ellos, nosotros lo vemos, lo palpamos, lo experimentamos cada día. Nuestros oídos y nuestros ojos están en perfecta armonía. Y, al unísono, como las cuerdas de una lira, cantan las alabanzas del Señor.

 

«Tu diestra… está  llena».

Lo nuestro, Señor, es el estar vacíos. Lo tuyo es estar siempre lleno. Estamos vacíos de ilusiones, vacíos de esperanzas, vacíos  de amor, vacíos de felicidad. En definitiva, vacíos de Ti. Tú, en cambio, siempre estás lleno. Tus manos están llenas para dar. Llena, Señor, nuestras medianías, nuestras mediocridades, nuestros vacíos. Llénanos de Ti.

 

«Dad la vuelta en torno a Sion”

Quisiera rodear ahora con ternura a la nueva Sión que es la Iglesia. Quisiera abrazarla por fuera y por dentro. Quisiera vivir  en ella como en un espacio vital. Yo no quiero respirar fuera de la Iglesia. Quiero que sea ella mi ambiente, mi propio hogar.