Este año la solemnidad de San José vuelve a traernos la tradicional jornada del Seminario. Os pido que recéis por nuestros seminaristas y sus formadores, para que el Señor les ayude en su vocación y en su camino al sacerdocio. ¡Muchas gracias queridos seminaristas por vuestra generosidad y entrega!

Me consta que en el corazón de todos los diocesanos, pero especialmente entre los sacerdotes, existe una preocupación compartida por las vocaciones y, en particular, por las vocaciones sacerdotales. En ocasiones nos desconcierta y desanima el hecho de que nuestros jóvenes no den el paso de responder al Señor con un sí rotundo y decidan entregar su vida en favor de los demás. Sin embargo, la constatación de esta realidad no debe llevarnos a un desencanto paralizante, al contrario, puede ser una oportunidad que el Espíritu nos brinda para que entremos en la dinámica de la conversión pastoral a la que nos exhorta el papa Francisco (Cfr. EvG 25).

A pesar de las limitaciones pastorales que nos ha impuesto la pandemia, agradezco los esfuerzos que se hacen en la Delegación de Pastoral Juvenil y Vocacional. Pero esta tarea es cosa de todos los que formamos parte de la Iglesia diocesana. Las vocaciones sacerdotales del futuro serán el fruto de una confianza eclesial que se apoya en la promesa de Dios, como su fundamento. Nuestra Iglesia confía en las mediaciones en las que el Señor actúa y que deben ir surgiendo como respuesta a los nuevos tiempos y a las nuevas necesidades. Mediaciones que exigen mucho trabajo en las parroquias, mucha implicación en los párrocos, en las familias, en los catequistas, profesores de religión y en las comunidades cristianas, y una esperanzada y confiada creatividad en nuestras acciones y en nuestro acompañamiento a los jóvenes. 

La plegaria por las vocaciones sacerdotales, que nunca debe faltar y que este año dirigimos confiadamente a San José, es una manera inequívoca de expresar que no somos nosotros, sino Dios, la fuente de las vocaciones. Pero la iniciativa de Dios no excluye, sino que postula, la intervención de toda la comunidad eclesial. Ella es la mediación fundamental de Dios para toda vocación presbiteral. Por ello el deber de fomentar las vocaciones afecta a toda la comunidad cristiana y no puede concebirse exclusivamente como una actividad específica de algunos organismos o presbíteros “encargados”. Del mismo modo la pastoral vocacional no es separable de la pastoral general de la Iglesia, sino una dimensión ineludible y central de toda actividad pastoral. 

Estamos ante una tarea inexcusable, que sentimos que nos supera y que en ocasiones nos frustra. Pero estoy convencido de que con el vigor creativo que el Espíritu Santo da a su Iglesia, seguro que encontramos caminos y modos que nos permitan acompañar a nuestros jóvenes para que descubran la llamada de Dios. ¡Se lo pedimos a San José!