Juan Carlos Merino, vicario episcopal para el Clero de Madrid, desgrana en COPE Zaragoza las claves de Convivium. Este encuentro pionero busca sanar el cansancio sacerdotal a través de la escucha. El mensaje es rotundo. La Iglesia exige corresponsabilidad para avanzar.
La vocación sacerdotal merece la pena. Esta certeza vertebró los días de trabajo del clero madrileño. Los presbíteros buscaban renovar su identidad. Y lo consiguieron. La experiencia regaló una profunda comunión entre los asistentes, un impulso vital para afrontar los desafíos urbanos. Ahora, el reto pasa por extender este modelo de acompañamiento durante los próximos cuatro cursos. Entrevistado por David López en el programa El Espejo, Merino trasladó estas reflexiones a la Archidiócesis aragonesa coincidiendo con la festividad de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote.
El fin del hombre orquesta
El individualismo pastoral fracasó. El esquema del sacerdote capaz de cargar con toda la parroquia resulta insostenible en la práctica. Merino lanza una advertencia clara. El párroco no puede tocar todos los instrumentos de la comunidad. Debe actuar como un director de orquesta. Esta evolución pide un giro radical de actitud a ambos lados del altar. El clero debe soltar el control absoluto y confiar en los fieles. El laicado debe dar un paso al frente con valentía. La misión exige acción conjunta.
Lo humano sostiene lo divino
La comunidad parroquial percibe este desgaste. Las personas ven la entrega incondicional de sus sacerdotes, pero también notan su agotamiento extremo. Para frenar esta asfixia, urgen gestos cercanos. Hay que derribar la vergüenza. Una simple invitación transforma la relación entre el clero y su feligresía. Compartir un vermú tras la misa dominical. Disfrutar de una cerveza a mediodía. Abrir las puertas de casa al párroco para compartir la mesa y la conversación.
La Iglesia busca ser una familia viva. En ese hogar común, todos conviven como hijos, padres y hermanos. El cuidado mutuo es la única vía posible para asegurar el futuro. La entrevista concluyó con un fuerte mensaje de aliento. La gratitud, el acompañamiento humano y la oración tejen la red que sostiene el trabajo en cada parroquia.