El director de Revista Vida Nueva, José Beltrán, anunció el pasado 23 de marzo la Semana Santa de Barbastro en un Pregón cuajado de esperanza, llamadas a la acción y claves locales sobre «el mayor cambio de guion de toda la historia: descubrir que la muerte no tiene la última palabra». La Catedral de Barbastro se llenó para escuchar sus palabras, precedidas por la llegada de las secciones de instrumentos de las seis cofradías y una hermandad locales, que posteriormente hicieron retumbar la ciudad en el acto de Exaltación del Tambor.

El barbastrense Pablo Jurado Taboada recibió el reconocimiento de la Junta Coordinadora de Cofradías por su constante colaboración con los actos de Semana Santa y, en general, con todo lo que se organiza en Barbastro.

PREGÓN DE JOSÉ BELTRÁN ARAGONESES

Me comentó una vez uno de mis profesores de la facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid que los homenajes siempre era mejor recibirlos en vida, porque así al menos, te puedes defender. Pues bien, considero legítimo ejercer mi derecho a la defensa ante lo que acabo de escuchar sobre mí. Ni por asomo se crean esa hagiografía que han escuchado sobre mi persona y mi trayectoria. Agradezco enormemente las palabras, pero  no me veo retratado. Ni tan siquiera me considero digno de que se me haya concedido la categoría de pregonero. Ni me lo merezco yo ni se lo merece Barbastro. En todo caso, solo admitiría que se me rotulara como telonero. Y más sabiendo que precedo al Acto de la Exaltación del Tambor, que eso sí que es un buen arranque, los tambores y las cornetas, los ‘bandarras’ son los auténticos cabeza de cartel en esta jornada como esta.

Hemos quedado entonces, en este contrato sin firma entre vosotros y yo, que lo de telonero se ajusta más a lo que uno es. Entre otras cosas, porque este que les habla, por muy ‘capillita’ que sea, apenas puede ofrecer unos compases como ‘amateur’ ante quienes verdaderamente marcan el ritmo de estos días. Vosotros, todos lo que os encontráis hoy en esta Catedral de Nuestra Señora de la Asunción, sois los verdaderos pregoneros, los altavoces reales de cómo se vive la Semana Santa de esta tierra. Vosotros sois quienes pregonáis a lo largo de estos días con vuestro ser y hacer la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor por las calles y plazas de Barbastro.

Es más, vosotros sois los que cada día del año, en lo cotidiano, hacéis posible que Jesús de Nazaret camine, sea “uno de tantos” (Flp 2,7), el vecino más ilustre, por ser, no el que más manda, sino el que más sirve:

  • Gracias por esta entrega a Fernando, alcalde y cofrade -altere el orden usted mismo, según considere-, al que saludo junto a toda la corporación municipal, a quienes animo a continuar trabajando sin desfallecer por el bien común.
  • Gracias a todos y cada uno de los barbastrense, especialmente a los que ocupan el último banco de este templo, un lugar desde el que se contempla con otros ojos bien diferentes tanto la realidad como la Iglesia, tan relevante y estratégico como la primera fila.
  • Y gracias, por supuesto, a Silvia y Ana Belén,   presidenta y vicepresidenta de la Junta Coordinadora de Cofradías. Por su confianza y paciencia con este telonero reflejo de su entrega y desgaste durante los 365 días del año por sacar adelante la mayor expresión de piedad popular que tiene vuestra Iglesia de Barbastro.   

He aquí vuestro telonero, queridos pregoneros. Un telonero inesperado. Como bien sabéis, en este ambón tendría que estar hoy María Luisa Berzosa, hija de Jesús -y eso que dicen que Jesús era célibe-, una religiosa que os habría cautivado a todos con su sola presencia, y que os cautivará, si Dios quiere, el año menos pensado.

Los que la conocemos sabemos que es especialista en acompañar. Doy fe de ello, porque nos está acompañando hoy también en la distancia con su oración. Así me lo ha expresado personalmente. Está con nosotros de manera afectiva y efectiva. Durante todos estos días, me ha acunado y mimado como hace siempre, para echarme una mano con esta intervención, para cuidarme con sus palabras de cariño… Sintiéndose responsable de todo este jaleo, cuando su ausencia es simplemente fruto, literalmente, de la mala pata.

Inoportuna caída y telonero inoportuno. Un paracaidista, podrá pensar alguno. Y con razón. Porque vengo de fuera y me planto en este ambón a despacharme a gusto. Pero, por suerte no me siento de fuera. No es que me sienta como en casa. Es que estoy en casa. Por muchas razones:

  • ¿El motivo principal? Los barbastrenses nunca hacéis sentir al otro como extranjero. Que se lo digan a tantos que están viniendo de lejos en estos últimos años, huyendo de coyunturas nada agradables y se saben uno más cuando se instalan aquí. Que se lo digan también a vuestro obispo, D. Ángel Pérez Pueyo, que va a cumplir ya diez años entre vosotros  parece que nació aquí, a la vuelta de la esquina. Se lo habéis puesto muy fácil para empadronarse de corazón. Si me permitís, os diré que él también os lo ha puesto muy fácil, con su pastoral de la cercanía, su pastoral de mantel, su pastoral de la mochila y su pastoral de la sencillez. Es ese buen pastor que el Papa Francisco define como aquel que camina delante, al lado y detrás de sus ovejas.  Gracias Ángel, porque tu rebaño no se circunscribe solo a Barbastro-Monzón, sino que eres capaz de apacentarnos a unos cuantos más que andamos descarriados.
  • Este telonero paracaidista se siente de esta tierra, aunque solo sea por el apellido. En casa todos somos ‘Aragoneses’. Y doy fe de que el apellido imprime carácter.
  • Por si fuera poco, mi ADN de fe también esta enraizado aquí. Uno de mis mejores compañeros de camino en esta aventura de creer nació aquí al lado. En Peralta de la Sal. Se llama José. Como nos pasa un poco a todos, se quería comer el mundo. Tanto es así que se marchó a Roma dispuesto a conquistar fama y fortuna eclesial, lo que hoy Francisco denominaría ‘carrerismo’. Pero los pobres salieron a su encuentro. Allá en el Trastevere, que hoy es una zona turística por excelencia con cierto aire romántico, pero que a finales del siglo XVI era la barriada de la chusma. Allí vio a unos chavales analfabetos y el cazurro aragonés se descolocó. Hasta tal punto que se arremangó y creó la primera escuela gratuita de Europa. Ya os he dado las suficientes pistas: sí, mi amigo es José de Calasanz, un hombre que en realidad no se encontró en abstracto con una infancia desfavorecida y respondió de forma altruista sin más. José se topó de frente con el rostro de Cristo Crucificado, que redescubrió en la flaqueza de aquellos a los que se negaba el derecho a una educación digna. Sí, tengo el virus de las Escuelas Pías y soy hijo de la Divina Pastora. Vivo en misión compartida con las madres calasancias de la mano de san Faustino Míguez, un escolapio de pro, que supo ampliar el sueño de Calasanz para «evitar que la inocencia del corazón se pierda entre las tinieblas de la ignorancia» (Primeras Constituciones del Instituto Calasancio Hijas de la Divina Pastora).

Recapitulando: gracias a vuestra acogida, a mi segundo apellido y a Calasanz siento vuestra tierra como la mía. Y gracias a la inoportuna por la caída de María Luisa Berzosa me veo aquí como telonero y no como paracaidista.

En realidad, me siento más como el Cireneo: alguien a quien, de un momento para otro, se le cambiaron los planes y fue capaz de reaccionar -para bien- ante la sorpresa que Dios le tenía guardada. Y eso que no era una de esas sorpresas que de primeras sientan bien.

Simón, el de Cirene,  pasaba por allí. Venía de las faenas del campo y, de repente, al girar una esquina, se vio envuelto en un espectáculo dantesco. Un ajusticiado llevaba una cruz a cuestas, apenas podía con su alma y algunos se burlaban a su paso. Un soldado le forzó a Simón para que se pusiera a cargar con el peso del reo, con culpa del nazareno, incluida la vergüenza y el temor añadido de pensar que pudieran identificarle a él, que simplemente pasaba por allí, con uno de su calaña, del grupo ese de los que se juntaban con el hijo del carpintero de Nazaret. Al principio se vio obligado, pero nuestro Simón lo asumió y al final acabó descubriendo que el lío en el que se había metido tenía sentido, que acompañar a Aquel al que estaba condenado a muerte era lo mejor que le había podido pasar aunque no entrara dentro de su cuadriculada agenda vital.

Hoy os invito a todos -queridos pregoneros que estáis en esta catedral, queridos cofrades, queridos ‘bandarras’, queridos vecinos, queridos amigos- a que esta Semana Santa seáis como el Cireneo. Porque Simón podría ser perfectamente uno de vosotros, uno de nosotros. Este buen hombre era un agricultor. Y aunque Cirene estaba al norte de África, bien podría ubicarse también en el Somontano y trabajar en unas viñas. Padre de dos hijos, Alejandro y Rulfo. A buen seguro que aquel día, volvería del tajo algo cansado, pensando en lo siguiente que le tocaba hacer de vuelta a casa: llevar a Alejandro al entrenamiento del fútbol, acercar al Rulfo a la academia de inglés, comprar en el súper un par de cartones de leche, recoger a su mujer del dentista -por cierto, era su aniversario y no le había comprado nada-… Así, un suma y sigue de tareas que pululaban en su cabeza mientras caminaba. Hasta que, sin comerlo ni beberlo, Simón el de Barbastro, levantó la mirada de su movil y se vio en medio del ‘pastel’: un crucificado, aquí al lado, en la calle Abanzo. Con malas pintas. O no tanto, pero sí con los suficientes prejuicios hacia él como para mirarle de reojo y con la tentación de pasar de largo. Pero algo, o Alguien, le revolvió en su interior. “Lo vio y se conmovió” (Lc. 15, 20). “Se me conmovieron las entrañas” (Habacuc 3,16). ¿Cómo? ¿Qué no le vas a echar una mano? Se arremangó, cogió su cruz y ‘misericordió’. En primera persona del singular.

Este es el dilema que se nos presenta en nuestra vida, pero particularmente en esta Semana Santa que ya arrancó ayer con la procesión de los Siete Dolores:

-“Para dolores, los míos”, pensaría en un primer momento Simón, con tal de dejarse embarrar por la causa de aquel judío y seguir con el piloto automático de sus cuitas.

-“Para dolores, los del mundo”, le recriminaba la mirada de aquel crucificado que se hizo el encontradizo. “Para dolores, los de tus hermanos”, nos interpela a todos la mirada del Nazareno, que se esconde detrás de los ojos la mujer maltratada, del adolescente víctima del bullying que ha perdido las ganas de vivir, del migrante que busca hacerse hueco entre nosotros, del parado de larga duración que anda desesperado porque cree que ya no puede aportar nada, de la anciana que se sabe sola y que la hacen sentirse más sola todavía… Todos ellos están paseando ahora algo desorientados lo mismo por la plaza de Aragón que por el barrio de San Hipólito, o encerrados en su casa, esperando una llamada o una visita que no llega.

¡¡Procesionad hasta ellos!! ¡Esa es vuestra otra estación de penitencia! ¡Lanzaos a llevar su cruz sin necesidad de que nadie os lo tenga que recordar cómo le pasó al Cireneo!. Aprendamos de las mujeres del Evangelio. Seamos como la Verónica. Ella, como todas las que estáis aquí, se lanzó sin miramiento alguno, sin calibrar lo que le pudiera pasar sin  que le afectara lo más mínimo las habladurías de “las viejas del visillo”, una categoría que ya existía en la Jerusalén de entonces.

Con su paño blanco, Verónica se acercó entre la multitud hasta Jesús. Supo colarse mejor que una clienta en la fila del supermercado. Le daba igual que la increparan o que le cayera un improperio injustificado. No podía soportar la injusticia que estaban cometiendo con aquel joven. Solo quería enjugar el rostro del reo. Secar sus lágrimas. De aquel gesto más que valiente de amor, recibió una recompensa inesperada: la imagen del Hijo de Dios se quedó grabada para siempre en aquel velo y, sobre todo, en su corazón. 

Hoy, nosotros, no podemos ser menos que esta cristiana de pro. Estamos llamados a secar las lágrimas, no como un detalle naïf o buenista. Porque no se trata de secar las lágrimas cuando el otro llora sin más. No vale el postureo de Instagram. Cuando uno de verdad  se sienta para llorar con quien verdaderamente está en el precipicio, se responsabiliza de su llanto y se te complica la vida. ¡Bendita complicación! Secar las lágrimas conlleva que su llanto se quede grabado a fuego en tu pañuelo, implica escuchar, acoger, rehabilitar, reconstruir, dignificar.  

Ya lo veis: ser el Cireneo o la Verónica de Barbastro  supone romper nuestra rutina. Exige salirse de la fila. Sí, queridos nazarenos, toca salirse de la fila. Con esta propuesta, no estoy llamando a una insurrección en el orden del cortejo procesional, porque entre otras cosas, no me dejaríais ni terminas este pregón. Pero sí os lanzo un órdago: que no la estructura no nos atrape ni nos encierre y diluya el verdadero significado de cofradía como hermandad. “Dios hablo de hermanos y no de primos”, me dice mi madre de vez en cuando. Y las madres ya sabéis que siempre llevan la razón.   

¿Estamos dispuestos a que Dios salga a nuestro encuentro de la manera más inoportuna a las puertas del Triduo Pascual? Y más que estar dispuestos, ¿estamos atentos a dejarnos sorprender por los planes del Señor trastoquen nuestra milimetrada agenda ‘semanasantera’?

Seamos hermanos. Sed hermanos entre vosotros, los que procesionáis. Cuidaos los unos de los otros. Porque todos esos crucificados de los que hablábamos antes, puede que estén procesionando contigo, a tu lado. No hace falta mirar más lejos y aquel con el que compartes capirote puede que necesite de ti como hermano y no te hayas dado ni cuenta porque estabas más pendiente de largo de tu túnica o del lo bien que tienes atando el cíngulo.

Hermanos mayores, juntas de Gobierno: sois excepcionales en vuestro desempeño y sé de las horas de desvelos acumuladas que lleváis hasta hoy… Y las que os quedan. Gracias por vuestra entrega para que todo salga ‘perfecto’. Pero, cuidado, porque el afán porque todo salga de una manera determinada nos puede llevar a quererlo hacer ‘perfecto’, pero a los ojos del mundo. Y esa no es la ‘perfección’ ni la ‘pureza’ que Dios quiere. Si para ser perfectos nos dejamos por el camino la ternura y primamos la autoridad como poder, no nos escudemos ni en lo perfecto ni en lo puro porque estaremos equivocados.

Que vuestra perfección sea perfección en la fraternidad. Porque vosotros sois hermanos mayores en la medida en que tenéis hermanos pequeños. Y los hermanos menores, lo sois, en la medida en la que también cuidáis a quienes os sirven como hermanos mayores. Cuidaos mutuamente. Pero insisto, para cuidarnos, necesitamos de ir más allá de nuestras propias preocupaciones ‘de primer mundo’ para dejar acoger las sorpresas de Dios, que hay que saber descubrir a cada paso.

Queridos bandarras: que el eco de vuestros tambores y cornetas os taladre el corazón, para que no se endurezca ni se oxide. ¡Que tengáis un mismo latido, como el lema de vuestra Semana Santa! ¡Que el latido suene cada vez más fuerte por los olvidados e invisibilizados para que seáis su marcapasos!

Como estamos comprobando gracias a Simón y a la Verónica, la Semana Santa que nos propone Dios es cosa de secundarios. De España siempre se ha dicho, amén de hacemos el mejor doblaje -que hace que todos los de mi generación tengamos un nivel medio-alto de inglés de postureo-, que tenemos los mejores actores secundarios del universo cinematográfico.

Ojalá nos tomáramos en serio eso de ser secundarios. No nos vendría mal descentrarnos, quitarnos nosotros del centro para que el protagonista sea el otro, con minúsculas, y el Otro, con mayúsculas. Hoy nos sentimos el ombligo del mundo, con el ‘selfie’ como el mejor reflejo fotográfico del ‘yo, mí, me, conmigo’ epicentro de todo terremoto. Eso nos hace sentir a los seres humanos como pequeños dioses que nos creemos ‘coaches’ todopoderosos. Y sí nos va, con unas guerras atroces de las que somos cómplices de una y otra manera, artífices de una sociedad y una política polarizada a la que contribuimos cada vez que elevamos el tono de agresividad en nuestro entorno laboral o familiar, con un individualismo de ‘sálvese quien pueda’ y un derroche consumista que tiene visos de acabar con la Creación, con nuestra Casa Común. 

Mejor nos iría si cada uno de nosotros dejáramos de ser la unidad de medida, la vara de medir para que Jesús, el Nazareno, se convierta desde hoy y para siempre en el protagonista de nuestras vidas, en el protagonista de la película de mi vida. Y por eso procesionáis. No para luciros por la alfombra roja de la Semana Santa, sino para mostrar que el Hijo de Dios es un estreno permanente en la cartelera. Cristo, ayer, hoy y siempre, es la razón de ser de todos los que os echáis a las calles de Barbastro:

  1. Ese Jesús que entra en Jerusalén de la mano de la Cofradía de san José, a lomos de una borriquilla  para que no se nos olvide que esto de ser cristianos no va de ir al galope, sino de ir al paso de los sencillos.
  2. Ese Maestro que es arrestado por los romanos en el huerto de los olivos y que permanece Cautivo, como nos lo mostraré la cofradía de Nuestra Señora de la Merced, que nos compromete con aquellos que hoy son esclavos, lo mismo de la trata que de cualquier adicción de nuevo cuño.
  3. La Cofradía de Jesús atado a la Columna arrimará el hombro por tantos apaleados por la lacra de la violencia intrafamiliar, del maltrato y también de los abusos, que lamentablemente tantos escándalos han provocado también en el seno de nuestra Iglesia.  
  4. ¿Qué os voy a decir a la Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno que además lleváis a hombros a la Verónica y a la Virgen de la Amargura? Que en medio de toda la pesadumbre de saber el destino que le espera al reo, seamos consuelo ante tantos que han tirado la toalla por una grave enfermedad o porque todo lo tienen aparentemente en contra.
  5. Querida Hermandad del Santo Cristo de la Agonía y Nuestra Madre Dolorosa: gracias porque en el gesto sufriente de vuestros titulares está la angustia de tantas familias que viven entre la incertidumbre de las bombas, lo mismo en Gaza que en Ucrania y en otros tantos conflictos que siguen abiertos.
  6. Cuando la Cofradía del Descendimiento se abra paso tanto con El Descendimiento como con La Piedad, que seamos capaces de abrazar con la ternura de María a quien se siente alejado de su Madre la Iglesia. O más bien a tantos que hemos hecho sentirse fuera, alejados porque hemos dado a entender que para entrar aquí se reserva el derecho de admisión. Que cambiemos el dogmatismo por las bendiciones, que interioricemos ese ‘todos, todos, todos’ que entonó Francisco este verano ante los jóvenes en Lisboa. Porque Cristo entregó su vida sin distinción por todos, todos, todos. 
  7. La Cofradía del Santo Sepulcro y Nuestra Señora de la Soledad nos llevan a la desesperanza más absoluta, al abandono total ante la muerte. A ese vacío irremplazable que todos tenemos por los que nos faltan y que, de una manera u otra, nos ha llevado a pedirle cuentas a Dios. A veces hemos pensado que su silencio es ausencia. Y no es así, es silencio de paz.

Porque el Santo Sepulcro no es el final, sino el principio del renacer para que “así también nosotros andemos en una vida nueva” (Rm 6, 4). Y no se trata ahora de lanzar una campaña de suscripciones de la revista a la que sirvo.

Queridos pregoneros de Barbastro, suscríbanse a la auténtica Vida Nueva que nos regala Jesús, muerto y resucitado. Sí, la suscripción eterna que nos ofrece Cristo es  gratis. A todos los que os sabéis secundarios partícipes de este relato de la Semana Santa, sabed que esta oferta que Dios os lanza hoy, la repetirá cada uno de los días de vuestra vida, incluido en el atardecer. Porque nuestro Dios es el Dios de las segundas oportunidades. Y el de las terceras. Y el de las cuartas. El Dios de la misericordia infinita, que todo lo puede porque todo lo perdona. Eso sí, no es un Dios de outlet ni un Dios de rebajas. Pero sí el Dios que se abaja, que se encarna y  hace hombre, que entrega a su Hijo amado y que lo resucita. Y con él resucitamos todos. Así es el amor infinito y hasta el extremo que nos lleva a la vida nueva que se nos revela a través de esta semana de Pasión.

Sí, porque vuestra pasión cofrade no se acaba el próximo Domingo cuando se recoja la procesión del Encuentro Glorioso. Y no porque ya empecéis hacer planes para la Semana Santa del año que viene. Es el lunes de Pascua cuando os la jugáis, verónicas y cireneos, hermanos y hermanas. Es ahí cuando nos la jugamos todos al comprobar si verdaderamente hemos sabido descubrir en cada uno de los pasos, que encaminan hacia el Calvario y que salen a las calles de Barbastro, el destello del Resucitado. Es el lunes de Pascua cuando se pone a prueba si verdaderamente queremos hacernos cómplices del mayor cambio de guión de toda la Historia: descubrir que la muerte no tiene la última palabra. Es el plan de Dios: un plan para resucitar.

Francisco nos los explica mucho mejor que yo, cuando se detiene en aquellas mujeres, las primeras que fueron al sepulcro vacío, las que supieron descubrir con ojos de fe lo que allí pasaban y a las que, dicho sea de paso, los discípulos no creyeron:

“Cada vez que tomamos parte de la Pasión del Señor, que acompañamos la pasión de nuestros hermanos, viviendo inclusive la propia pasión, nuestros oídos escucharán la novedad de la Resurrección: no estamos solos, el Señor nos precede en nuestro caminar removiendo las piedras que nos paralizan. Esta buena noticia hizo que esas mujeres volvieran sobre sus pasos a buscar a los Apóstoles y a los discípulos que permanecían escondidos para contarles: “La vida arrancada, destruida, aniquilada en la cruz ha despertado y vuelve a latir de nuevo”. Esta es nuestra esperanza, la que no nos podrá ser robada, silenciada o contaminada. Toda la vida de servicio y amor que ustedes han entregado en este tiempo volverá a latir de nuevo” (Un plan para resucitar, Revista ‘Vida Nueva’, 17 de abril de 2020).

Así, bajo el cobijo del Santo Padre, “cum Petro et sub Petro”,  este telonero os invita una última vez a vivir la Pasión de los secundarios, la Semana Santa de salirse de la fila, la Pascua del cambio de guión, para volver a encontrarse con Jesús y sobre todo, para salir al encuentro de los que están ahí a fuera, para “buscar almas y encaminarlas a Dios, sin más armas que la caridad” (San Faustino Míguez).

Y finalizo como lo haría el Papa, deseando que Dios os bendiga, que la Virgen Santa os guarde y lo más importante: No se olviden de rezar por Francisco.