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Horeb lleva a Málaga una pastoral que escucha, acompaña y ayuda a discernir

David López
2 de agosto de 2026

Manuel Vela presentó en el Encuentro de Laicos la experiencia de la Archidiócesis de Zaragoza, una propuesta sencilla y replicable para favorecer una fe más personal, adulta y misionera

El acompañamiento espiritual puede convertirse en una herramienta decisiva para la renovación pastoral de la Iglesia. Esta fue una de las principales ideas compartidas por Manuel Vela, responsable del área de Formación y Encuentro del Espacio Diocesano de Acompañamiento Horeb de la Archidiócesis de Zaragoza, durante uno de los talleres celebrados en el Encuentro de Laicos de Málaga.

La cita reunió a más de 1.200 personas de toda España en un ambiente marcado por la fraternidad, la alegría y la diversidad de edades y vocaciones. Para Vela, uno de los aspectos más destacados fue encontrarse con cristianos que integran la fe en su vida cotidiana y viven de manera unida la oración y el compromiso.

«Hubo un equilibrio muy logrado entre los espacios de celebración, oración, reflexión, testimonio y convivencia», explica.

Una ayuda para descubrir la acción de Dios

El taller quiso mostrar que el acompañamiento espiritual no consiste en aconsejar, resolver problemas o indicar a otra persona lo que debe hacer. Su finalidad es ayudarla a descubrir cómo actúa Dios en su vida y cómo puede responder a esa acción.

«Es un camino de conversación, escucha y discernimiento que favorece el paso de una fe aprendida o convencional a una fe personalizada», señala Vela.

En un contexto marcado por los cambios, las búsquedas personales y el cansancio, Horeb propone ofrecer espacios en los que cada persona pueda profundizar en su relación con Dios y avanzar hacia una fe adulta. El acompañamiento permite pasar de una vivencia sostenida únicamente por las costumbres, los conocimientos o las actividades a una experiencia personal y transformadora.

Los participantes en el taller manifestaron un gran interés por esta propuesta. Entre las necesidades planteadas apareció especialmente el cuidado de cristianos comprometidos que, después de años de servicio, atraviesan momentos de crisis, fragilidad, desorientación o agotamiento.

También surgió el deseo de superar un cristianismo vivido principalmente desde las ideas, las normas o las costumbres para avanzar hacia una fe que transforme realmente la existencia. El acompañamiento, aunque suele buscarse en momentos difíciles, está llamado a convertirse en una práctica ordinaria de la vida cristiana, al servicio de la maduración de la fe.

De organizar actividades a acompañar procesos

Detenerse a escuchar y acompañar a cada persona supone un cambio profundo en la manera de entender la pastoral. Frente a una dinámica centrada en el mantenimiento, los servicios y la sucesión de actividades, el acompañamiento coloca en el centro el crecimiento de los discípulos misioneros.

«Si la evangelización se entiende como transmisión de contenidos, bastarían cursos y reuniones, pero si se entiende como un proceso de transformación de la persona por la gracia de Dios, el acompañamiento resulta imprescindible», afirma Vela.

Esta manera de trabajar requiere planificación diocesana, personas preparadas, tiempo y, sobre todo, un cambio de mentalidad. Cada persona recorre un camino diferente y necesita ser escuchada, alentada y acompañada según su historia y el momento de fe en el que se encuentra.

Aprender también a ser acompañado

Aunque el acompañamiento puede entenderse como un carisma o un servicio que no exige una elevada especialización, Horeb considera necesaria una formación específica. Esta preparación permite distinguir qué es y qué no es el acompañamiento espiritual, evitar actitudes directivas y adquirir herramientas para escuchar y discernir.

El espacio diocesano ofrece un Curso Básico de Acompañamiento Espiritual compuesto por ocho sesiones y dos retiros distribuidos a lo largo de un año. A esta formación se añaden sesiones de profundización y otras propuestas impulsadas por comunidades y movimientos.

Sin embargo, uno de los aprendizajes fundamentales procede de la propia experiencia personal. «No cabe acompañante sin haber sido acompañado», subraya el responsable de Formación y Encuentro de Horeb.

Una experiencia sencilla y replicable

La experiencia de Horeb puede trasladarse a otras diócesis y parroquias sin necesidad de crear grandes estructuras. Su nacimiento fue posible gracias a la confluencia de tres elementos: personas y comunidades con experiencia en acompañamiento, una demanda creciente por parte de parroquias, delegaciones y movimientos, y un proyecto pastoral diocesano orientado a la renovación de la vida de fe.

La organización es sencilla: un pequeño equipo motor coordina una red de acompañantes voluntarios y desarrolla cuatro líneas de trabajo. Estas consisten en facilitar los acompañamientos solicitados, formar a nuevos acompañantes, sensibilizar sobre la importancia de este servicio y cuidar a quienes acompañan.

«No se trata de crear una nueva institución, sino de articular y poner en comunión carismas que ya existen en la diócesis», explica.

Horeb tampoco pretende sustituir otros recursos de atención personal. Su colaboración con el Centro de Escucha San Camilo muestra cómo distintas iniciativas pueden complementarse: unas centradas en el acompañamiento espiritual y otras en situaciones de duelo, crisis o soledad.

Espacio Horeb en Zaragoza.

La experiencia presentada en Málaga constituye, en palabras de Manolo Vela, «un pequeño paso hacia la renovación de nuestra Iglesia al estilo de Jesús», que caminaba junto a las personas, las escuchaba, las llamaba por su nombre y las ayudaba a reconocer la acción de Dios en su propia vida

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