En la solemnidad de Pentecostés, cuando la Iglesia en España recuerda también el Día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar, celebramos la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles, señalando de este modo el nacimiento de la Iglesia. Es cierto que a los Apóstoles, tras la muerte de Jesús, les invadió un sentimiento de miedo, que les condujo a encerrarse en una casa, sin saber qué rumbo tomar en sus vidas, porque sentían la ausencia del Maestro. Por eso, Jesús resucitado les infunde el Espíritu Santo, esa fuerza que viene de lo alto, que te cambia de una manera radical, que te da un corazón nuevo, que proporciona valentía para dar testimonio de Jesucristo y comenzar, de este modo, la misión evangelizadora.

Misión que se perpetua en la historia y a la que todos los bautizados hemos sido llamados por el Señor, en la Iglesia: “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación” (Mc 16,15). El envío a la misión procede del Padre que nos ha amado tanto y ha enviado a su único Hijo para que alcancemos la salvación. Y es Jesús resucitado el que ha entregado a su Iglesia, a cada uno de nosotros, el Espíritu Santo, que es el alma de la evangelización. Por tanto, es fundamental que descubramos, que tenemos una misión que no es iniciativa nuestra, sino de Dios, que Él la sostiene y permitirá que perdure por los siglos de los siglos.

En esa misión colaboramos todos los que formamos parte del Pueblo de Dios, laicos, consagrados y sacerdotes, que por el bautismo tenemos una misma dignidad. Así asumimos una corresponsabilidad diferenciada conforme a la diversidad de ministerios, carismas y vocaciones. En esta corresponsabilidad compartida los laicos tienen una doble misión: ante todo, el laicado vive su vocación encarnado en el mundo, es decir, en los ámbitos de la familia, del trabajo, de la educación, del cuidado de la casa común y, de una manera particular en la vida pública. Pero también, la vocación laical se desarrolla en el interior de la vida de la Iglesia, animando la liturgia, como catequistas, formadores, delegados diocesanos, ocupándose de las cuestiones económicas y de los más desfavorecidos…

Queridos laicos, como dice el lema de este año en esta jornada de la Acción Católica y del Apostolado Seglar, sois “laicos por vocación, llamados a la misión”. Esa vocación que habéis recibido, debe renovarse constantemente redescubriendo la gracia del bautismo. Como nos recuerda nuestro plan diocesano VITA: debemos renovarnos para anunciar, buscando caminos nuevos, animados por el Espíritu Santo, para ser creativos en este momento de la historia.

Os animo a vivir este Pentecostés como un momento singular de gracia. Pidamos por los frutos de nuestro Plan diocesano de Pastoral, con el que muchos laicos de nuestra Diócesis, me consta que estáis muy ilusionados: estáis llamados a la misión. ¡Feliz Solemnidad de Pentecostés!