Un café con Jesús. Flash sobre el Evangelio del Corpus Christi – B – (02/06/2024)

Aunque hoy es domingo, sigue siendo uno de los tres “jueves” que para el pueblo sencillo relucen más que el sol. Pero es algo más que un día festivo y luminoso. Hoy es el día en el que Dios ha renovado su alianza con nosotros. Alianza suena a pacto y, en este caso, ha sido Dios quien ha tomado la iniciativa del pacto: vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios, dijo a Moisés en lo alto de monte, a lo que el pueblo contestó a una sola voz: «Haremos todo lo que dice el Señor», como nos recuerda la primera lectura (Ex 24, 3-8). Sin embargo, pronto apareció la inconstancia humana y el pueblo olvidó lo que había prometido. Por esto, en el evangelio que hoy hemos escuchado (Mc 14, 12-16. 22-26) se nos ofrece una nueva alianza…

– Tengo la impresión de que Marcos, al narrar los preparativos de la cena de tu última Pascua en esta tierra, utilizó el mismo estilo narrativo que en tu entrada unos días antes en Jerusalén. ¿Es que al evangelista le fallaba la memoria? En aquel primer día de los ázimos diste a tus discípulos unas instrucciones igual de detalladas que cuando les pediste que te buscaran un borrico para entrar en Jerusalén… -he dicho a Jesús después de saludarnos-.

– Pero con una diferencia en la que no has reparado -me ha corregido acercando las tazas de café a nuestra mesa-. En esta ocasión, el tono del relato es más tranquilo y silencioso que el de la entrada en Jerusalén: hoy no hay aclamaciones y, en cambio, flota en el ambiente esa quietud que amenazaba la tormenta y la conspiración que se cernía contra mí.

– ¿Los estabas preparando para que vivieran intensamente lo que ibas a hacer? -le he preguntado dejando ver mi sorpresa-

– Exacto -ha dicho mientras tomábamos las tazas en nuestras manos y saboreábamos el café-. Yo estaba a punto de ofrecerles el “memorial” del momento cumbre de mi vida en este mundo y esto requería un clima de quietud y de contemplación.

– ¿Pero ese momento cumbre no se había producido ya cuando te hiciste carne humana en el vientre de una mujer de nuestra raza? -he replicado intrigado-.

– Por supuesto -me ha respondido-. El Padre quiso que mi encarnación en vuestra raza fuera el comienzo de mi entrega en favor vuestro, pero también quiso que la manifestación de este amor suyo y mío hasta el extremo fuera una realidad palpable y no sólo buenas palabras. Pablo lo captó perfectamente y escribió a los cristianos de Roma, «el que no se reservó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él?»

– Entonces, ¿el “memorial” que nos dejaste en la Eucaristía es algo más que un recuerdo de lo que hiciste durante tu vida en esta tierra? -he preguntado intrigado-.

– Tú lo dices. Es “memorial” y no sólo el recuerdo de mi paso entre vosotros; es verdadera prolongación aquí y ahora de mi presencia y de mi entrega, que se hizo palpable en la cruz.

– Ahora entiendo por qué en la Misa, recordando otras palabras de Pablo a los cristianos de Corinto, se nos invita a aclamar: «Cada vez que coméis de este pan y bebéis de este cáliz, anunciáis la muerte del Señor hasta que vuelva» -he reconocido con un punto de emoción-. ¡Lástima que a veces repitamos esas palabra rutinariamente!

 – Así es, porque mi presencia en el pan y vino eucarísticos es real, al igual que mi presencia en vuestros hermanos, sobre todo en los pequeños, los marginados y los que sufren, pues «lo que hicisteis a uno de éstos, a mí me lo hicisteis».

– Y así logramos “abrir camino a la esperanza”, como reza este año el poster de la fiesta del Corpus. ¡Bendito seas, Jesús, hermano y maestro!