Un café con Jesús. Flash sobre el Evangelio del III domingo del tiempo ordinario – A –

Según el evangelio de Mateo, que hoy hemos escuchado (Mt 4, 12-23), Jesús comenzó a predicar en un territorio conocido como la “Galilea de los gentiles”. Este apellido la situaba entre los israelitas medio paganos. ¿Por qué Jesús inició allí su misión y de allí llamó a sus primeros discípulos? ¿No tuvo una segunda intención con esta manera de actuar…?

– Estaba pensando por qué empezaste a predicar en Galilea, si era gente tan poco religiosa -le he dicho mientras nos servían los cafés-.

 – ¿Olvidas que fui enviado a buscar las ovejas perdidas de Israel? Entre los que algunos consideráis descreídos siempre hay gente sensible a la llamada del Padre: ¿no recuerdas que fue en Galilea donde perdoné y curé a un paralítico que me pusieron delante, descolgándolo por el tejado? Alguna fe tendrían aquellos galileos… Como no podían entrar por la puerta, no lo pensaron dos veces y desmontaron el tejado (Mc 2, 1-12). También fue en Galilea donde un centurión romano me pidió que curase a su criado y me dijo: «No soy digno de que entres bajo mi techo; basta que lo mandes de palabra y mi criado quedará sano». No pude menos que decir a todos: «En Israel no he encontrado en nadie una fe tan grande» (Mt 8, 5-13).

– Y, por el contrario, fue en Judea donde arrestaron al Bautista y donde Herodes le cortó la cabeza…, ¿tuvo esto algo que ver para que te retirases a Galilea? -he añadido con sorna-.

– Vuelves a olvidar que, cuando unos fariseos me aconsejaron que me marchase de Judea, porque Herodes quería matarme, les dije: «No cabe que un profeta perezca fuera de Jerusalén» (Lc 13, 31-33). Pero cada cosa, a su tiempo, y mi “hora” la señaló el Padre, no Herodes -ha replicado sonriendo-. Además, debía cumplir el anuncio del profeta: «Galilea de los gentiles. A los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló».

– Perdona mi falta de tacto -he dicho mirando al suelo-; esta vez me he pasado.

– Tranquilo -me ha dicho poniendo la taza del café entre sus manos y mirándome amistosamente a los ojos-. Ya sé que no es fácil penetrar en el misterio de mi persona y, a veces, dais palos de ciego. Es bueno que recuerdes que muchos galileos se comportaron de forma espléndida: allí llamé a mis primeros discípulos y respondieron con generosidad.

– Ciertamente -he dicho recordando el evangelio de este domingo- y abandonar la barca y a su padre, e irse contigo no les sería nada fácil.

– No lo fue -ha dicho con rotundidad-. Todo lo que aquellas dos familias -la de Pedro y Andrés, y la de los Zebedeos- tenían para vivir eran las redes y la barca con la que salían a pescar. ¿De qué iban a vivir, si se venían conmigo? Pero tuvieron arrestos para hacerlo y, aunque luego tuviesen alguna vacilación, fueron más decididos que aquel joven de Judea, muy cumplidor él, hasta que le pedí que lo abandonase todo para seguirme; se marchó apenado porque tenía muchos bienes (Mt 19, 16-22).

– Pero esos discípulos tan decididos también tenían sus ambiciones -he replicado-. La madre de los Zebedeos te pidió los primeros puestos para sus hijos y Pedro te dijo: «Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué recibiremos entonces?».

– ¿Y quién no ha vacilado alguna vez en su generosidad? -me ha dicho apurando su café-. Cuando anuncié que tendríais persecuciones, también os recordé: «Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas» (Lc 21, 12-19). Nadie se mantiene en pie, si el Espíritu Santo no lo sostiene; pero hace falta que uno esté dispuesto a entregarse del todo y pedir ayuda.

 Y, sin darme tiempo a otra cosa, ha preguntado: “¿Cuánto se debe?”.