Con el anonimato, Miguel pretende evitar estigmatizaciones y que su pasado no le cierre puertas.

Miguel –nombre figurado– sabe muy bien lo que es estar en el fondo del pozo. Un día, al entrar en su casa, se encontró a su mujer con otro hombre. Y su vida se derrumbó. Solo, con el alma rota, empezó a beber. Una copa, dos, tres… Cuando quiso darse cuenta, ya era tarde. Estaba entre rejas, en una cárcel de Barcelona, cumpliendo once meses de prisión por conducir ebrio.

Sin embargo, su peor momento llegó cuando fue trasladado al Centro Penitenciario de Zuera.  Allí, al miedo que pasó con “presos muy problemáticos”, se sumó un infarto que casi le deja en el sitio. “Empecé a sentir una fuerte presión en el pecho y me quedé inconsciente”, recuerda. Los médicos del Hospital Miguel Servet le salvaron contra todo pronóstico.

Tras dos meses ingresado, volvió a la cárcel de Zuera. Pesaba 12 kilos menos y estaba abatido. Entonces apareció el padre Álvaro, capellán del centro penitenciario, un “ángel de la guarda” que le devolvió la esperanza: “Me regaló un acompañamiento que no olvidaré nunca. Me escuchaba y daba consejos sin pedir nada a cambio, y siempre con una sonrisa”.

Miguel no olvida la campaña “Minutos de esperanza”, con la que la Iglesia de Aragón permite a todos los internos felicitar la Navidad a sus seres queridos. En la imagen, de archivo, el obispo D. Ángel Pérez entrega un lote de tarjetas a una voluntaria.

Visión optimista  

En libertad desde el pasado mes de mayo, Miguel agradece “de corazón” a la Iglesia la atención humana y espiritual que presta a través de Pastoral Penitenciaria: “Su equipo no solo estuvo conmigo en la cárcel a cambio de nada, sino que está siendo clave en mi reinserción. Vivo gratis en un piso en el barrio de San José que la diócesis ofrece de manera provisional a quienes salen de prisión y no tienen a dónde ir”.

Actualmente, Miguel tiene 49 años y ha superado su adicción al alcohol. Le gusta madrugar, correr y desayunar tranquilo antes de ir “a la faena” como técnico de mantenimiento. “Pienso que las cosas van a ir bien”, apunta alguien que a sus 49 años se ha acercado a la Iglesia gracias al padre Álvaro, Isabel y otros voluntarios. “Estuve en la cárcel y vinieron a verme”, apunta sonriente. Es el Evangelio hecho realidad.

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