Hermanos, con la sobriedad que caracteriza estos días y con la llamada apremiante de la Palabra de Dios, la Iglesia nos introduce en el tiempo santo de la Cuaresma. No es solo un cambio en el ritmo del Año Litúrgico, sino una invitación a vivir de otro modo, con mayor hondura espiritual y con una disposición renovada del corazón.
Durante estos cuarenta días, la Iglesia nos educa en un clima de recogimiento y conversión. La liturgia se reviste de sencillez, se omite el canto del Gloria y del Aleluya, se elimina el adorno con flores o plantas en el presbiterio, moderación en los signos cuaresmales, que sean sobrios… se cuida el silencio, para que todo nos ayude a centrar la vida en lo esencial y a escuchar con mayor claridad la voz del Señor.
En primer lugar, la oración, vivida no solo de forma personal, sino también como oración de la Iglesia. La Cuaresma es un tiempo especialmente propicio para redescubrir la Liturgia de las Horas, oración pública y comunitaria del Pueblo de Dios, en la que Cristo sigue intercediendo por nosotros al Padre. Participar en el rezo comunitario de Laudes o Vísperas nos ayuda a santificar el tiempo y a caminar juntos como comunidad orante.
Junto a esta oración litúrgica, la Iglesia nos invita a recuperar formas tradicionales de piedad que, bien vividas, nos introducen en el misterio de la Pasión del Señor. El rezo del Vía Crucis, especialmente los viernes de Cuaresma, no es un simple recuerdo devocional, sino una contemplación orante del amor de Cristo que entrega su vida por nosotros y nos enseña a cargar con la cruz de cada día.
La penitencia y el ayuno ocupan también un lugar esencial en este tiempo. La Iglesia nos propone el ayuno y la abstinencia como signos concretos de conversión, no como un fin en sí mismos, sino como un ejercicio de libertad interior, que nos ayuda a desprendernos de lo superfluo y a volver el corazón hacia Dios.
La caridad, inseparable de la oración y la penitencia, da autenticidad a nuestro camino cuaresmal. La limosna, el compartir, la atención al hermano necesitado y la disponibilidad para el perdón son expresiones concretas de una fe que se hace vida.
La Cuaresma es, además, un tiempo especialmente favorable para el sacramento de la reconciliación. La Iglesia nos exhorta a no llegar a la Pascua sin haber experimentado la alegría del perdón de Dios, que sana, reconcilia y renueva el corazón.
Vivamos, pues, esta Cuaresma con esperanza. Asumamos con sencillez las prácticas que la Iglesia nos propone y hagámoslas fecundas con una verdadera conversión interior. Que este tiempo santo nos prepare para celebrar, con un corazón purificado y una fe más viva, la Pascua del Señor, centro y culmen de nuestra vida cristiana.
Alfonso Torcal Nueno
Delegación de Liturgia de Teruel y Albarracín