El Martes Santo, como es costumbre en la Diócesis de Barbastro-Monzón, el obispo presidió la Misa Crismal en la que se bendicen los santos óleos y se consagra el santo crisma que durante el año se utilizarán en la administración de los sacramentos del Bautismo, Confirmación, Orden Sacerdotal y Unción de los enfermos. Fieles de los cuatro arciprestazgos diocesanos acompañaron a más de medio centenar de sacerdotes, con su obispo a la cabeza, en una celebración en la que el Presbiterio diocesano renovó sus promesas sacerdotales. La solemne eucaristía contó con los sacerdotes Nacho Cardona, Paco Cabrero, Ángel Noguero, José Antonio Castán, José Huerva, José Mairal, Omar Quilcaro y John Mario Moná como concelebrantes principales y estuvo solemnizada por el Coro Barmon.

Representantes de las ocho unidades pastorales se ocuparon de los comentarios, lecturas y ofrendas, mientras que dos catequistas fueron los encargados de llevar el óleo de los catecúmenos, dos voluntarios del área de Caridad el de los enfermos y dos jóvenes de catequesis de Confirmación portaron el perfume que aromatiza el crisma, transportado por Óscar Vives, último sacerdote ordenado por Mons. Pérez Pueyo.

«La diócesis no es solo el obispo; somos todos, todos, todos», comenzó diciendo en su homilía don Ángel, evocando las palabras del papa Francisco en la JMJ de Lisboa. «Estamos aquí para agradecer el don de la unidad, el don de la comunión, que es el único sueño de Dios: que todos seamos uno», continuó. «En cada uno de los que estáis aquí se representa toda nuestra feligresía. Pero, ¿cuántos somos nosotros y a cuántos nos falta llegar para que los más de cien mil feligreses de Barbastro-Monzón puedan tener la misma suerte que yo de tener a los sacerdotes, a los animadores de la comunidad, a los ministros extraordinarios de la comunión, a los voluntarios de Cáritas, a los catequistas…?, reflexionó.

A los sacerdotes diocesanos se dirigió subrayando que la tarea encomendada es común y exige una renuncia a la propia vida, que entregan «para que nadie se pierda». El obispo repasó el significado sacramental de los óleos y el crisma en los momentos más importantes de nuestra vida y en el quehacer diario de sacerdotes o agentes de pastoral.

«En esta diócesis cabemos todos, todos, todos -insistió-, especialmente los que están demasiado lejos. Y muchas veces a los que estamos dentro ni nos preocupa. Ese es sin duda nuestro reto, el que os dejo a cada uno de vosotros: nosotros, con estos sacerdotes, con estos consagrados, podemos hacer una civilización más humana. Una diócesis abierta, sin filtros, sin credenciales, ni hoja de servicios ni méritos acumulados; una diócesis «hospital de campaña» donde todos los heridos, especialmente en el alma, y los excluidos vuelven a tener voz «, concluyó. Don Ángel invitó a los presentes a vivir la semana grande, «la Santa Semana que nos hace descubrir que para reinar hay que servir y hay que morir».