Opinión

Miguel Gay

«Desde el corazón»: impresiones de un peregrino en Madrid

7 de junio de 2026

Escribo desde el corazón. Y con el corazón. Que no es fácil. Pero es donde se me ha acomodado el rostro del Santo Padre profundo, emocionado, impactado, agradecido; y dispuesto a pedirme que transmita su mensaje, que le descargue una pizca de esa carga que él ha querido llevar por amor a Dios. Por decirle que sí al Señor como ahora me pide a mí en mi vida diaria. Lo guardo con la ilusión de meditarlo y con la esperanza de ponerlo en práctica en esas cosas pequeñas que se hacen grandes cuando se alza la mirada hacia Dios.

Apenas veinte horas, ni siquiera un día, ha durado esta aventura promovida por el Papa León, de la mano de Dios y de la Virgen, y de la que, entre otras muchísimas instituciones, asumió el reto la Archidiócesis de Zaragoza. Despegar de noche, de medianoche, exige llenarse de energía ante el reto del pronóstico de un día alargado. Que arranca tan bonito, poco más de cuatro horas después, con un desayuno abriéndole a Madrid la Puerta de Alcalá. No creo que sea castizo, pero es el despertar encantador de una jornada repleta de sensaciones.

Habíamos visto la impresionante Vigilia del sábado con los jóvenes -y los no tan jóvenes- y la claridad del mensaje de León XIV: quitaos los cascos y escuchad a Dios desde el silencio. Y no tengáis miedo -me dice a mí también- ante su ‘toc-toc’ en el corazón, ante la caricia de su llamada. El domingo, día del Corpus Cristi, gran fiesta de la adoración del Santísimo Sacramento, el Papa volvería a asumir el reto de asfaltar el camino para hacerlo autopista hacia Dios.

Dejar pasar las horas puede suponer perder el tiempo -y la paciencia-; o una oportunidad para trabar conversación, pensar en los demás y en el Señor y comprender con serenidad la complejidad de poner en marcha una iniciativa que congrega a un millón y medio de personas. De sopetón, aunque con la garantía de sentirse guiadas por el Espíritu Santo, que es donde mora el Amor. Y allí nadie se dejó vencer por un cansancio natural, la queja se esbozaba en voz baja, oculta bajo el ‘Bendita y alabada sea la hora’, que encontraba asiento, ataviados con nuestro identificativo cachirulo, en el Paseo del Prado, y la espera se hacía rezando. Porque merecía la pena acudir a la llamada de Vicario de Cristo en la tierra.

¿Es comprensible que semejante despliegue humano -no existe nada parecido- se resuelva con tanta naturalidad, sin protestas, exabruptos e impaciencias? En esta sociedad de las prisas y la inmediatez no merece la pena pensar; pero la honradez ayudaría a cualquiera a meditar sobre semejante fenómeno. Que se nos ha puesto muy fácil explicar.

Sabíamos que habíamos de seguir la Misa desde muy lejos; pero el cariño inmenso del Papa nos regaló un paseo -tan leve como intenso- a unos pocos metros de nuestra zona, con su sonrisa y sus bendiciones desde el ‘Papamóvil’. El corazón se ponía a tono para esponjarse de Dios a través del Santo Padre. Y esa cariño fue creciendo conforme avanzaba la ceremonia y en esa homilía maravillosa en la que se transmitía el amor profundísimo a la Eucaristía, el regalo más impresionante que un enamorado puede imaginar. La procesión, con León XIV llevando la custodia bajo el palio y el sol imponente de Madrid, remataba una mañana de cercanía con el Señor; y con los demás, pagados como estábamos, con enorme paz, los cientos de miles de peregrinos, cautivados por ese encuentro impresionante.

El regreso en busca de los autobuses se aminora con la fortaleza de lo que acabamos de vivir, por más que el cuerpo cansado martillee las buenas intenciones del espíritu. Y así, a la vista de un parque sombrío -maravillosamente sombrío- se nos brindó la oportunidad de reponer fuerzas, de intimar, de compartir ilusiones y darle forma a la experiencia. La vuelta acompasó la siesta con el rezo del Rosario y las canciones, como en aquellas ya viejas excursiones de ‘boyscouts’.

Mientras, el alma le hace hueco a la resaca de esa cita irrepetible; de la que rescato, como todos, ese rostro del vice Cristo en la tierra al que quiero tener a mi lado, pegado a mi oración. ¡Gracias, Santo Padre; gracias, Señor!

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