D. Antonio Latorre celebra cincuenta años de sacerdocio

El próximo viernes, 19 de marzo, el sacerdote de la Diócesis de Tarazona, Antonio Latorre Mainar, celebrará sus bodas de oro sacerdotalesy ha querido compartir su testimonio con todos nosotros. Muchas felicidades, D. Antonio.

Corría el año 1956 cuando quise ir a estudiar con los Carmelitas a Castellón, pero al ser pequeño aparcaron mi solicitud para cuando fuera un poco mayor. Seguí de monaguillo con los frailes; pero al año siguiente en lugar de irme con los frailes me incline a ingresar en el seminario.

Al celebrar hoy, mis 50 años de ordenación sacerdotal,  manifiesto, desde el hondón de mi alma, mi total agradecimiento a Dios por haberme elegido para ser sacerdote suyo.

Con toda seguridad, no era el mejor ni el más inteligente de cuántos niños corríamos por las calles del Carmen, Mayor y adyacentes de Tarazona, haciendo alguna que otra travesura. Dios sabrá por qué a mí, y no a alguno de los otros. No puedo, por ello, menos de cantar con el salmo: “dad gracias al Señor por su misericordia, por la maravillas que hace con los hombres” (s. 106). Ciertamente la misericordia del Señor realiza infinidad de maravillas. Y una de tantas y tantas, –para mí no hay duda-, ha sido haberme escogido gratuitamente para ser su sacerdote. Gracias, Señor, muchas gracias, porque me has querido para Ti, con una vocación tan sublime, con tu llamada a ser un humilde trabajador en tu viña, un servidor en tu Iglesia. Dad, pues, gracias al Señor conmigo.

Quiero, por otra parte, que mi acción de gracias pase por el corazón de Santa María, la Virgen Madre. Ella ha sido en todo momento la Madre buena que me ha protegido con sus manos maternales, que ha alimentado mis ideales sacerdotales, que me ha cubierto con su manto en los peligros, que me ha consolado y animado en momentos de dificultad, y que me ha ayudado a perseverar en la fidelidad, a pesar de mi poquedad. Le digo a la Virgen:¡Madre mía! Gracias por tu cariño, por tus desvelos, por tu sonrisa de Madre!.

No quiero, ni puedo tampoco, dejar de manifestar, en estos momentos, mi agradecimiento sincero y sentido a mis padres, que rebosarán de alegría en la presencia de Dios, al ver a su hijo celebrar sus bodas de oro sacerdotales. Puedo afirmar que, de manera sencilla pero eficaz, ellos fueron siempre fieles guardianes de mi vocación sacerdotal.

Hago, por otra parte, extensivo mi agradecimiento a todas aquellas personas, sacerdotes o no, que me han ayudado y alentado durante mi vida de sacerdote.

LA MISIÓN DEL SACERDOTE
Misión del sacerdote es llevar el abrazo de Jesús en la cruz, a todos, también a aquel  que se ha ido, y no sabe cómo volver. Es tarea del sacerdote ser siempre mano tendida, de modo muy especial, cuando ya nada queda. Y también es tarea suya ser silencio, que escucha y guarda tantos secretos salidos de corazones muchas veces partidos por el dolor, o palabra que anuncia el Evangelio y que habla del amor, de la ternura y de la misericordia de Dios.

Ser sacerdote es conocer y tocar lo mejor y lo peor: las luces más luminosas, para confirmarlas y potenciarlas, y las peores tinieblas del alma, para iluminarlas y curarlas. Ser sacerdote es, ante todo, llevar al mundo el mejor PAN y el mejor VINO, el Cuerpo y la Sangre del Señor, centro de la vida del cristiano. En definitiva, el sacerdote es el puente y mediador entre Dios y los hombres: entre Dios, que está en el cielo, y el hombre, que está en la tierra; entre Dios, Padre de todos, y los hombres, que son sus hermanos.

De verdad que la vida del sacerdote es, por ello, una maravilla, una gran aventura, la maravilla más maravillosa, la mayor de las aventuras. Pues bien, sin merecerlo, desde hace 50 años, ser sacerdote ha sido y es mi vida, mi misión y mi tarea. Dad, pues, gracias al Señor conmigo por tanto vivido, saboreado, gozado, enseñado, sufrido y ofrecido.

MI MINISTERIO SACERDOTAL
A lo largo de estos diez lustros ejerciendo el ministerio sacerdotal, el Señor me ha ido sorprendiendo. He ido comprobando que Él tenía para mí sus planes, muy distintos, por cierto, a los míos. En los años del seminario, jamás pensé, por ejemplo, en que iba a estar de cura en Sabiñán, Inogés, Santa Cruz de Grio, Campillo de Aragón, Cimballa, Llumes, Ariza, Cabolafuente, Bordalba, Cetina, Embid de Ariza, Casa de la Vega, Contamina, Godojos, Alhama de Aragón, Carenas, Castejón de las Armas, Mallén, Fréscano, Novallas y actualmente estar en mi Tarazona natal siendo canónigo de la Santa Iglesia Catedral, Párroco de san Andrés de la Catedral-La Merced, atendiendo la Iglesia del Carmen de donde nació mi vocación y Tórtoles.

Tampoco pensé, en aquellos años de formación, que tendría que encargarme de reparar los tejados de unas cuantas iglesias y ermitas.

Por todos ellos y por vosotros, he gastado gustosamente una parte importante de mi vida, sin ahorrarme desvelos, fatigas, dificultades y problemas, en algún caso. Como testigo directo de todo ello, he de añadir inmediatamente que ha valido la pena; que todo ha servido para bien; que siempre he estado, y estoy, muy a gusto con vosotros; que aquí he recibido muchas y grandes alegrías; que agradezco sinceramente vuestra acogida, vuestra respuesta y vuestra colaboración, la cual siempre ha sido muy generosa. Mi oración, mi estima, mi aprecio y mi amor de hermano siempre os han acompañado y os acompañarán.

 A lo largo de estos años de sacerdote, seguro que ha habido sombras y luces, aciertos y errores, como en cualquier historia humana. Las sombras o los errores son solamente míos, y pido perdón con humildad a quien haya podido sentirse ofendido o no debidamente atendido. Las luces y aciertos, por el contrario, son exclusivamente del Señor, porque como Él mismo dijo: sin Mí no podéis hacer nada. Todas las cualidades que pueda haber en mi son talentos recibidos del Señor y al servicio del Señor.

Permitid que mis palabras finales vuelvan a tener musicalidad o tono de agradecimiento hecho oración: ¡Por intercesión de nuestra Madre la Virgen, gracias, Dios mío, porque me elegiste con amor de predilección para ser tu sacerdote. Y gracias también, porque, durante cincuenta años, he ejercido el ministerio sacerdotal, especialmente, celebrando la Santa Misa y perdonando, en tu nombre, Señor, los pecados de mis hermanos. Finalmente, gracias, Dios mío, por la oración, la amistad y el afecto de cuantos me han acompañado  en la vida.   Prémiaselo y bendícenos a todos con la abundancia de tus dones.

Antonio Latorre Mainar