En este primer domingo de Cuaresma, la portada de Iglesia en Aragón se convierte en espacio de pausa y profundidad. El profesor José Antonio Badiola, biblista y docente del CRETA, nos invita a mirar más allá de los ritos para adentrarnos en el corazón de este tiempo fuerte: una llamada a la introspección, a la autenticidad y al compromiso con los más frágiles. Desde la fuerza simbólica de un lienzo romántico hasta la urgencia de abrir puertas hoy cerradas, su reflexión nos sitúa ante una pregunta decisiva: ¿qué significa dejar entrar la luz de Dios en medio de nuestras propias sombras?

Este maravilloso y elocuente lienzo de Carl Spitzweg, pintor del Romanticismo alemán del siglo XIX, tiene por título “Miércoles de Ceniza” y fue elaborado entre 1855 y 1860. En él no se presenta ningún rito litúrgico, sino que dentro de un calabozo vemos un arlequín encarcelado, símbolo del espíritu del Carnaval confinado mientras medita y reflexiona sobre los excesos y locuras de los días pasados.
Lo he elegido como base para esta reflexión de Cuaresma, tiempo de introspección para encontrar nuestra verdadera identidad en esta época de tantos disfraces; tiempo para vivir de acuerdo con esa identidad que nos conforma, siendo verdaderamente auténticos en esta época de tantas representaciones; tiempo para comprometernos en la acogida a los hermanos más débiles en esta época de tantos muros también mentales.
Ahí, en medio de la escena, atosigado quizá por tantas ilusiones fatuas y tantos vacuos carnavales, se encuentra el arlequín, con aire de derrota resignada pero serena. Los colores de su traje no evitan su hieratismo y su parálisis. Han resultado inútiles para dejarle salir de una prisión ineludible, de una existencia encerrada, de una falta de futuro. El arlequín nos representa a todos, cuando nos sentimos solos y perdidos, abrumados por los problemas cotidianos, como arrepentidos de haber apostado por causas perdidas…
El arlequín -tú, yo, cualquiera- se sitúa entre una ventana abierta y una puerta cerrada. De la ventana abierta surge, abundante y poderosa, la luz, la luz del día, es decir, la luz de Dios. Esa luz difumina y casi hace desaparecer los barrotes de una vida encerrada y prisionera. Suena a libertad, invita a desperezarnos y a empezar a caminar. La Cuaresma puede ser en estos días la luz de Dios, la oportunidad de dejarle entrar en nosotros mismos para que veamos quienes somos en realidad y qué necesitamos en verdad. Con esa luz -ya interior- podemos abrir esa puerta cerrada que nos mantiene en una mazmorra derrotada, la puerta que nos abre a los otros, a los hermanos, y sobre todo a los hermanos más débiles, desasistidos y oprimidos. Salir a los demás es dejar atrás la mazmorra de nuestros estrechos y mezquinos intereses y afrontar el proyecto de una fraternidad decidida a ser universal. No hay encuentro con Dios sin encuentro con los demás y aún menos contra los demás. Salir por la puerta es caminar hacia la luz para poner la luz de Dios en la entenebrecida existencia de la injusticia y del sufrimiento.
Cuaresma, privilegio que se nos brinda para entrar en nosotros y ser nosotros mismos, experimentar en nuestro más íntimo yo la fuerza cálida y poderosa de Dios, y salir al encuentro del hermano para poder encontrarnos con Dios. ¡Qué buena oportunidad para salir vencedores y encontrar lo verdaderamente importante!
José Antonio Badiola Saenz de Ugarte