El título es sencillo: «Escuchar y ayunar». Pero no estamos ante una invitación genérica a “hacer algo” durante cuarenta días. El Papa propone volver al centro: «La Cuaresma es el tiempo en el que la Iglesia… nos invita a poner de nuevo el misterio de Dios en el centro de nuestra vida».
La conversión empieza por el oído
El primer acento no está en el sacrificio, sino en la escucha. «La disposición a escuchar es el primer signo con el que se manifiesta el deseo de entrar en relación con el otro». No es un detalle menor. En una cultura donde todos opinamos y casi nadie escucha, el Papa señala un punto neurálgico.
Recuerda la escena de la zarza ardiente: «Yo he visto la opresión de mi pueblo… y he oído los gritos de dolor» (Ex 3,7). La historia de la salvación arranca cuando Dios escucha.
Y añade algo que interpela directamente a nuestras comunidades: la condición de los pobres «representa un grito que… interpela constantemente nuestra vida, nuestras sociedades, los sistemas políticos y económicos, y especialmente a la Iglesia».
Si la Cuaresma no nos vuelve más sensibles a ese grito, quizá no hemos entendido nada.
Un ayuno que revela de qué tenemos hambre
El segundo eje es el ayuno. Pero lejos de reducirlo a una práctica externa, el Papa lo define como una escuela del deseo. El ayuno «sirve… para discernir y ordenar los “apetitos”, para mantener despierta el hambre y la sed de justicia».
Es una afirmación potente. El problema no es tener hambre, sino tener hambre de lo que no sacia.
Citando a san Agustín, el mensaje recuerda que mientras el ser humano tiene hambre de Dios «se ensancha»; el ayuno, bien vivido, no encoge el corazón, lo dilata.
Pero aquí llega uno de los pasajes más incisivos del texto. El Santo Padre propone una forma de abstinencia muy concreta y actual: «abstenerse de utilizar palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo».
Y lo concreta todavía más: «renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias».
No hace falta añadir mucho. Basta pensar en nuestras conversaciones familiares, en los grupos de WhatsApp, en las redes sociales o incluso en ambientes eclesiales.
El Papa es realista: «muchas palabras de odio darán paso a palabras de esperanza y paz»… si aprendemos a medir lo que decimos.
No solos, sino juntos
La Cuaresma, insiste el mensaje, no es un esfuerzo individualista. Tiene una dimensión comunitaria clara. «Nuestras parroquias, familias, grupos eclesiales y comunidades religiosas están llamados a realizar en Cuaresma un camino compartido».
La conversión afecta «no sólo a la conciencia del individuo, sino también al estilo de las relaciones, a la calidad del diálogo».
Aquí se juega también la misión. Una Iglesia que escucha de verdad, que ordena sus deseos y que cuida su manera de hablar, se vuelve creíble en una sociedad cansada de discursos grandilocuentes.
El Papa concluye pidiendo que nuestras comunidades se conviertan en lugares «donde el grito de los que sufren encuentre acogida y la escucha genere caminos de liberación».
Quizá esta Cuaresma no necesitemos multiplicar actividades.
Tal vez necesitemos reducir el ruido.
Escuchar más.
Hablar mejor.
Ayunar también de aquello que hiere.
Ahí puede empezar —de verdad— la conversión.