Carta del Arzobispo de Zaragoza: «La vida, un don inviolable»

Carlos Escribano Subías
20 de marzo de 2026

La vida, un don inviolable” es el lema de la Jornada por la Vida, que la Iglesia celebra el próximo 25 de marzo, solemnidad de la Anunciación del Señor. En una sociedad que mide el éxito por la productividad y la autonomía, detenerse a pensar en la vida como un don inviolable parece, a veces, un acto de rebeldía. Sin embargo, es precisamente en esa «rebeldía» donde reside la verdadera esencia de nuestra humanidad. 

En efecto, en las últimas semanas el tema del aborto ha reaparecido de diversas maneras: desde la pretensión de elevar a rango constitucional el supuesto derecho al aborto, a la objeción de conciencia del personal sanitario. El aborto sigue siendo hoy un tema espinoso y difícil de abordar en nuestra sociedad. Atreverse a hablar de ello en público se ha vuelto un tabú, casi una intromisión en la vida privada de las personas. Afirmar públicamente que el aborto es objetivamente inmoral, pues supone poner fin a la vida de una persona distinta de su madre y de su padre, es arriesgarse a escuchar fuertes descalificaciones personales, sociales y políticas. 

A menudo en nuestro contexto social se cae en el error de pensar que la vida es una propiedad privada, algo que poseemos y sobre lo cual tenemos un dominio absoluto. Pero la realidad es más profunda: la vida es un regalo recibido por parte de Dios. No elegimos el momento de nuestro inicio ni debemos forzar el de nuestro final. Cuando entendemos que la existencia no depende de nuestras capacidades, de nuestra salud o de nuestra brillantez intelectual, descubrimos su valor real. La dignidad de una persona no es algo que se gana o se pierde según las circunstancias; es algo intrínseco e innegociable. Es un don de Dios. 

El concepto de «inviolabilidad» tiene especial resonancia allí donde la vida es más frágil. Es fácil defender la vida de quien es fuerte y autosuficiente, pero el verdadero reto ético surge en las periferias del ser. En el origen: allí donde el asombro y el respeto por una nueva vida que nace debería superar cualquier miedo o dificultad a llevarla adelante. En la debilidad: cuando en los procesos de enfermedad, surge la tentación de «acabar con el sufrimiento» borrando en muchas ocasiones la necesidad de «acompañar en el sufrimiento». O en la ancianidad: donde la soledad no debería ser el precio a pagar por el paso de los años, que puede mover al anciano a no querer seguir viviendo en el abandono afectivo. La respuesta humana ante la fragilidad no puede ser la indiferencia ni la eliminación, sino el cuidado. Una sociedad es verdaderamente libre cuando se organiza para proteger a sus miembros más indefensos, no cuando busca atajos para olvidarse o deshacerse de ellos.

Defender la vida como un don inviolable es un compromiso con la justicia que va más allá de una cuestión religiosa. Significa en primer lugar apostar por políticas de acogida que no dejen a nadie solo ante una crisis o dificultad, tanto al inicio como al final de la vida. En segundo lugar, generar una cultura del acompañamiento que reemplace la cultura del descarte. Y por último, generar una mirada de esperanza que ve en cada persona humana un ser único e irrepetible. Si la vida es un don inviolable, nuestra única tarea coherente es custodiarla, celebrarla y agradecerla. 

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