Carta del Arzobispo de Zaragoza: «¡Ha resucitado el Señor! ¡Aleluya!»

Carlos Escribano Subías
1 de abril de 2026

(Carta que saldrá publicada en la hoja diocesana de este domingo de Resurrección, 5 de abril. Recomendamos su lectura en esa fecha)

Ha resucitado el Señor! ¡Aleluya! El grito que ha permanecido contenido durante la Cuaresma estalla hoy con una fuerza renovada en nuestras vidas.  La Semana Santa llega a su culmen y no lo hace con el silencio de una tumba, sino con el estruendo de una piedra removida. La Solemnidad de la Resurrección es el centro de nuestra vida cristiana: si Cristo vive, todo tiene sentido.

Este año, por desgracia, el eco de las campanas de Pascua compite con el estruendo de los conflictos que sacuden nuestro mundo. ¿Cómo hablar de Resurrección mientras las noticias nos devuelven imágenes de destrucción y muerte? Es entonces cuando la Pascua cobra su sentido más urgente y profundo. El primer regalo que Jesús resucitado ofrece a sus discípulos, asustados y encerrados, no es una explicación teórica, sino un don concreto: «La paz esté con vosotros» (Juan 20, 19). No es una paz de cementerio ni una tregua diplomática; es la paz que brota de quien ha vencido al odio pasando por la Cruz. Nos lo recordaba León XIV en su primer mensaje al ser elegido papa: “¡La paz esté con todos vosotros! Queridísimos hermanos y hermanas, este es el primer saludo de Cristo Resucitado, el Buen Pastor que dio la vida por el rebaño de Dios. También yo quisiera que este saludo de paz entrara en sus corazones, llegara a sus familias, a todas las personas, dondequiera que estén, a todos los pueblos, a toda la tierra. ¡La paz esté con vosotros!” 

En medio de las guerras que hoy nos duelen —en Irán y Medio Oriente, Ucrania y tantos rincones olvidados—, el sepulcro vacío nos recuerda que la violencia no tiene la última palabra. Cristo resucitado es la prueba de que el muro del odio ha sido derribado. 

Vivir la Pascua en un contexto de guerra nos exige pasar del sentimiento a la acción. No podemos por desgracia detener los misiles, pero sí podemos ser «testigos de la luz» en nuestra vida cotidiana. El primer elemento, que es fundamental, es valorar nuestra oración como resistencia: rezar por la paz no es una actitud pasiva. Es afirmar, frente a la lógica de las armas, que creemos en el poder de la reconciliación. Que nuestra oración sea un abrazo que sostenga a quienes hoy sufren violencia y destrucción y cuestione a quienes rigen los destinos de los pueblos. Cuidar también los gestos de acogida: la Pascua nos mueve a reconocer al Resucitado en el rostro del refugiado y de la víctima. Ser cristianos que promueven una paz desarmada y desarmante nos lleva a abrir puertas y a no levantar muros. Y, también, saber que muchas veces la paz empieza en nuestras palabras: evitemos los juicios agresivos y las etiquetas que dividen a nuestra propia comunidad o familia. Resucitar es elegir el diálogo donde antes había silencio o desprecio.

La Resurrección es el centro de nuestra vida porque nos asegura que, aunque el «Viernes Santo» del mundo parezca eterno, la mañana del Domingo siempre llega. El amor ha ganado la batalla definitiva. Que esta Pascua nos transforme en artesanos de paz. Que allí donde haya conflicto, pongamos perdón; donde haya sombra, pongamos luz; y donde haya guerra, seamos nosotros el eco de ese «Aleluya» que anuncia que la Vida ha vencido para siempre. ¡Feliz y Santa Pascua de Resurrección!

Foto cabecera (recortada): Jorge Sesé

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