Carta del arzobispo de Zaragoza: «A la espera de la Resurrección»

Carlos Escribano Subías
27 de marzo de 2026

La Semana Santa es la actualización del acontecimiento de nuestra Salvación y, después del camino cuaresmal, nos sitúa ante los misterios fundamentales de nuestra fe. En el centro de estos días no nos situamos tan sólo ante una tradición, sino ante una Persona: el Verbo encarnado que, en un acto de amor infinito, inicia su camino hacia el altar de la Cruz. El Domingo de Ramos no es solo un pórtico de gloria, es la manifestación de la paradoja cristiana. Al entrar en Jerusalén sobre un asno, Jesús realiza la profecía de Zacarías y redefine la realeza divina: su reino no es de este mundo y su victoria no se cimenta en el poder, sino en la humildad y el servicio. Es la aclamación del «Hosanna» la que reconoce al Mesías, pero es una aclamación que ya contiene, en su propia esencia, la aceptación del sacrificio venidero.

A lo largo de los días santos, la liturgia y la piedad nos invitan a contemplar el abajamiento voluntario de Cristo. En la Sagrada Escritura, este proceso alcanza sus momentos álgidos en la Oración en el Huerto y en la Institución de la Eucaristía el Jueves Santo. Allí, el mandato del amor se sella con el pan y el vino, anticipando el cuerpo entregado y la sangre derramada. Las Hermandades y Cofradías de nuestros pueblos y ciudades, en este contexto, se constituyen como comunidades de fe que asumen la responsabilidad de custodiar y proyectar esta verdad. Su razón de ser es convertirse en catequesis viva. Cada imagen que procesiona es un lugar teológico, una síntesis visual del sufrimiento del Siervo de Yahvé que, como anunció Isaías, cargó con nuestras iniquidades para que por sus llagas fuéramos sanados.

Las procesiones deben entenderse, por tanto, como una extensión de la liturgia en el espacio público. El cofrade que camina en silencio, portando un paso o tocando el tambor o el bombo, no busca el protagonismo, sino la identificación con el Cristo sufriente. Es la respuesta al mandato evangélico de «negarse a sí mismo y tomar la cruz». Las cofradías son las manos que sostienen el relato de la Pasión para que no se convierta en letra muerta; son la expresión de un pueblo que medita sobre el despojo, la flagelación, la sentencia o la crucifixión, reconociendo en cada episodio el peso del pecado y la inmensidad de la misericordia divina.

Al llegar al Viernes Santo, el cosmos enmudece ante la muerte del Justo. La teología de la Cruz nos revela que el madero no es un final, sino el puente tendido entre la finitud humana y la eternidad de Dios. Las hermandades que procesionan en la sobriedad del Santo Entierro nos invitan a la contemplación del sepulcro, recordándonos que el grano de trigo debe morir para dar fruto. Es el tiempo del silencio sagrado y de la esperanza latente. En estos días, el creyente no solo mira una representación; se sumerge en el misterio de un Dios que ha querido compartir nuestra fragilidad para transformarla, haciendo de la Semana Santa un camino de purificación donde la Palabra se hace senda y el sacrificio se hace vida para el mundo.

Os animo a vivir con intensidad estos días santos en nuestros pueblos y ciudades. Quedamos a la espera de la resurrección del Señor con el corazón lleno de fe y empapado de esperanza.

Este artículo se ha leído 43 veces.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Compartir
WhatsApp
Email
Facebook
X (Twitter)
LinkedIn

Noticias relacionadas