El Papa recuerda que la música «no es un mero adorno» de la celebración y pide que esté al servicio de la liturgia, lejos de modas pasajeras. Las catedrales aragonesas custodian un extraordinario patrimonio que testimonia cómo, durante siglos, la fe también se ha cantado y se ha hecho música.
Cuando León XIV ha recordado este miércoles que la música sacra «no es un mero adorno de la celebración», Aragón puede escuchar sus palabras desde una memoria propia que se remonta varios siglos atrás. En sus catedrales, iglesias y monasterios se conserva un patrimonio extraordinario nacido, en buena medida, precisamente para aquello de lo que ha hablado el Papa: rezar cantando y hacer de la música parte de la celebración de la fe.
León XIV ha dedicado la audiencia general de este 19 de agosto al sexto capítulo de la constitución Sacrosanctum Concilium, dentro de su ciclo de catequesis sobre los documentos del Concilio Vaticano II. «La música forma parte de la acción litúrgica», ha insistido, recordando además que «cantar y tocar significa rezar». Para el Pontífice, la música permite sintonizar el corazón con el de los hermanos y con Dios y convierte la armonía de las voces en una expresión visible de la comunión de la Iglesia.
De ahí que no cualquier música ni cualquier texto resulten indiferentes. El Papa pide superar «las modas» y las preferencias particulares de los autores y buscar composiciones nobles y sencillas, de calidad musical y, cuando están destinadas al pueblo, accesibles para la asamblea. Los textos, añade siguiendo al Concilio, deben ser profundos y comprensibles y beber principalmente de la Sagrada Escritura, los libros litúrgicos y la tradición espiritual de la Iglesia.
Aragón, tierra de música nacida para la fe
No resulta difícil encontrar en Aragón la huella histórica de esa concepción de la música. Los archivos de las catedrales de Jaca, Huesca, Roda de Isábena, Barbastro, Tarazona, Teruel, Albarracín y Zaragoza han conservado manuscritos e impresos de canto gregoriano, polifonía vocal, música coral e instrumental y otras formas musicales que abarcan desde el siglo XI hasta el XX. Un patrimonio que habla no solo de la historia de las catedrales, sino también del lugar que Aragón ocupó durante siglos dentro de las grandes corrientes musicales europeas.
Buena parte de aquella música nació para acompañar el culto, las solemnidades y la oración de las comunidades cristianas. Algunas composiciones han llegado hasta nosotros con nombre y apellido; otras muchas permanecen anónimas. En un inventario del siglo XVI de la capilla de La Seo de Zaragoza, por ejemplo, aparecen numerosas obras anónimas junto a composiciones de maestros como Morales, Jaquet, Gombert o Cárceres.
El caso de Zaragoza muestra bien la magnitud de este legado. El Archivo de Música de las Catedrales de Zaragoza, que reúne los fondos utilizados históricamente en las capillas musicales de La Seo y El Pilar, conserva más de 12.000 composiciones y es considerado el mayor repositorio de fuentes musicales históricas de Aragón y uno de los más importantes del ámbito hispánico.
Son siglos en los que la Escritura y la liturgia se convirtieron también en materia musical. Salmos, himnos, antífonas, Magnificat, lamentaciones y textos marianos fueron puestos en música una y otra vez por maestros nacidos en Aragón o estrechamente vinculados a sus catedrales. Entre tantos ejemplos, la propia documentación zaragozana recuerda a Sebastián Aguilera de Heredia, organista de La Seo y autor de una importante colección de Magnificat, dentro de una verdadera escuela aragonesa de música para tecla que continuaron Jusepe Ximénez, Andrés de Sola y sus discípulos.
A esa historia pertenecen también figuras como el bilbilitano José de Nebra, una de las personalidades fundamentales de la música española del siglo XVIII, que envió desde la corte una misa y una salve para la inauguración de la nueva Santa Capilla del Pilar en 1765.

El órgano, otra de las grandes voces de Aragón
León XIV ha dedicado además una mención particular al órgano de tubos, instrumento al que Sacrosanctum Conciliumconcede un lugar destacado en la tradición musical de la Iglesia. El Concilio, ha recordado el Papa, tampoco excluye otros instrumentos, siempre que se adapten al uso sagrado, respeten la dignidad del templo y contribuyan a la edificación de los fieles.
También en este punto Aragón posee un legado excepcional. La Comunidad conserva 59 órganos históricos de los siglos XV al XX, declarados Bien de Interés Cultural en 2022. Entre ellos se encuentran instrumentos de enorme valor histórico y artístico, como el órgano mayor de La Seo del Salvador de Zaragoza, cuya historia se remonta al siglo XV.
Las propias catedrales zaragozanas conservan una historia organística extraordinaria: el instrumento de La Seo hunde sus raíces en 1469, mientras que El Pilar mantiene su histórica caja renacentista, hoy ocupada por un órgano de la casa Klais. El patrimonio musical aragonés, por tanto, no está compuesto únicamente por partituras: comprende instrumentos, espacios, archivos, maestros de capilla, organistas, cantores, escolanías y generaciones enteras que hicieron de la música una forma de servicio a la liturgia.

Un patrimonio para seguir rezando
La catequesis de León XIV introduce finalmente una cuestión que afecta directamente al presente. El patrimonio musical de la Iglesia no está destinado únicamente a ser conservado en vitrinas o estudiado por especialistas. El Papa pide a los compositores conocerlo y preservarlo, pero también dejarse inspirar por él para crear nueva música al servicio de la liturgia. Reclama igualmente formación litúrgica para músicos y cantores y recuerda la importancia de las scholae cantorum para favorecer tanto la calidad de la música como la participación de los fieles.
Aragón tiene aquí una herencia que custodiar, pero también una responsabilidad. Los archivos catedralicios demuestran que cada época fue capaz de poner sus conocimientos musicales al servicio de la oración. Con autores célebres y con otros cuyos nombres se perdieron; con canto llano, polifonía, órganos, voces e instrumentos; con obras sencillas y con grandes composiciones.
Siglos después, la cuestión sigue siendo la misma. No se trata de llenar silencios ni de acompañar desde fuera una celebración. Se trata de que la música ayude a la Iglesia a rezar.
Porque, como ha recordado León XIV recuperando una conocida expresión de san Agustín, «cantar es propio de quien ama».