Los viñadores homicidas

Pedro Escartín
3 de octubre de 2026

Flash de mi conversación (imaginaria) con Jesús sobre el Evangelio del XXVII Domingo del tiempo ordinario – ciclo A – 04 de octubre de 2026 –

Después de proclamar el Evangelio, el párroco nos ha advertido que el profeta Isaías se lamentó de que la viña de su amigo diera agrazones en lugar de uvas. Lo hemos escuchado en la primera lectura. Parece que Jesús se inspiró en este texto del profeta para proponer la parábola de los viñadores homicidas, proclamada en el Evangelio de hoy (Mt 21, 33-43), pero introdujo una modificación: el profeta recriminó a la viña, que simbolizaba a Israel, por no producir los frutos que Dios esperaba del pueblo elegido, mientras que Jesús se refiere expresamente a los líderes de aquel pueblo, que no sólo no entregaron los bienes que correspondían al dueño de la viña, sino que mataron a su hijo.

– Me parece que en esta ocasión diste una vuelta de tuerca más para poner en evidencia a los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo, que te contradecían un día tras otro –he dicho a Jesús después de recoger los cafés en la barra–.

– Pero no lo hice para ponerlos en evidencia, sino como una invitación más a convertirse; yo tenía el presagio de que la “hora” fijada por el Padre se acercaba día a día, y ellos no reaccionaban. ¿Crees que hice mal al hablarles con claridad?

– No he dicho que hicieras mal, sino que les hablaste sin pelos en la lengua. He leído que, por aquel entonces, muchos arrendatarios en régimen de aparcería de las tierras de aquellos propietarios que, habían logrado conservarlas, iban muy ajustados a la hora de rendir cuentas, sobre todo cuando las cosechas eran exiguas y los romanos aumentaban los impuestos. Siempre ha ocurrido algo parecido. Por eso, no era extraño que, de vez en cuando, se produjeran movimientos de protesta que descargaban sobre los criados enviados a percibir los frutos que correspondían al propietario. Hasta aquí tu parábola refleja la situación de aquel tiempo, pero echar mano del hijo del amo y matarlo para quedarse con su herencia resulta demasiado fuerte.

– No lo niego ?ha dicho Jesús, tomando el café entre sus manos y mirándome con la intención de despertar mi atención?. Pero bien sabes que eso fue, justamente, lo que ocurrió. Yo debía decírselo antes de que ocurriera para que pudieran reaccionar. Recuerda: les pregunté: «Cuando vuelva el dueño de la viña ¿qué hará con aquellos labradores?», y su respuesta fue dura y sin contemplaciones: «hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores…»

– Entonces les recordé que las Escrituras dicen: «la piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente». Ellos querían quitarme del medio, y aparentemente con consiguieron con la colaboración del gobernador romano, pero el Padre quería que yo fuera la piedra angular del nuevo templo de Dios entre vosotros. ¡Cuánto me dolió que no se dieran cuenta de que, eliminando al hijo del propietario, no sólo no conseguirían la herencia, sino que lo perderían todo! Por eso, les apliqué la parábola o, utilizando tu manera de hablar, di otra vuelta a la tuerca.

– Y, sin embargo, no se cerró la parábola con tu muerte, porque el Padre te resucitó y arrendó su viña a otro pueblo que le entregara los frutos a su debido tiempo…

– … un pueblo del que tú formas parte, no lo olvides. Esta parábola te ayuda a entender por qué fui congregando un grupo de discípulos en torno a mí y, cuando estaba a punto de volver al Padre, los envié a todos los pueblos. Tú y Francisco de Asís, cuya memoria celebráis hoy, y cuantos habéis acogido su palabra sois el nuevo Israel; dad los frutos que Él espera.

– Eso intentamos hacer con la ayuda del Espíritu. ¡Que te aproveche el café!

 

Lectura del santo Evangelio según san Mateo (21, 33-43).

En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los senadores del pueblo escuchad otra parábola:

«Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó una torre, la arrendó a unos labradores y se marchó lejos. Llegado el tiempo de los frutos, envió sus criados a los labradores para percibir los frutos que le correspondían. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro y a otro lo apedrearon. Envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. Por último, les mandó a su hijo diciéndose: “Tendrán respeto a mi hijo”. Pero los labradores, al ver al hijo se dijeron: “Este es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia”. Y agarrándolo, lo sacaron fuera de la viña y lo mataron. Cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?»

Le contestan: «Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a su tiempo».

Y Jesús les dice: «¿No habéis leído nunca en la Escritura: “La piedra que desecharon los constructores es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente”? Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos».

Palabra del Señor.

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