Opinión

José Alegre Aragúés

Un Papa que habla el lenguaje del mundo para expresar la experiencia religiosa

15 de junio de 2026

Sin triunfalismos, con una naturalidad que atrapa a la gente que se acerca o lo ve por televisión y se siente desarmada de los prejuicios ante la figura del que hoy es el líder moral más influyente del mundo. Y, sin embargo abierto de brazos para todos, en especial para quienes son auténticos sufridores de la existencia. Junto al protocolo oficial, la presencia continua de los representantes del dolor, de la dependencia, de la marginación o de la exclusión económica, cultural o política.

La primera sorpresa ha sido encontrar a un Papa que habla el lenguaje del mundo para expresar la experiencia religiosa. En su invitación frecuente a desarmar el lenguaje lo primero que aparece es cómo desarma el modo clerical con el que históricamente hemos hablado de Dios y de la religión para devolverle, con su nombre civil, la profundidad humana que lo religioso tiene siempre como fondo y aspiración de lo humano. Lo que el lenguaje clerical habría expresado invitándonos a ser santos, piadosos y buenos, este Papa lo traduce a lenguaje de la calle sin hacerlo chabacano ni superficial. Alzad la mirada y sed humanos.

Ser humanos es nuestra condición que nos hace encontrar siempre dificultades y límites pero nos descubre, al mismo tiempo, que la existencia es una tarea por humanizarnos y trasladar esos rasgos de relación y servicio a las estructuras y relaciones con que se teje la sociedad en palabras como moral, ética o trascendencia, que evocan las tradiciones de nuestra historia cultural, genética y educadora que nuestros antepasados entrelazaron para animar a la construcción personal y social y provocar caminos y horizontes nuevos de una vida mejor aquí en la tierra.

Usa como natural el lenguaje de Agustín para descubrir que Dios forma parte de nuestro interior más profundo, llamándonos, con la voz más íntima y convincente, a crecer en un juego de búsquedas mutuas y a construir nuestro ser personal en la unión pacífica y colaboradora del hogar común.

Sincero, como pocos personajes públicos se atreven, no ha guardado cuestiones fundamentales de la convicción cristiana en un momento en que nuestra cultura anda confusa. No ha callado ante el gravísimo problema de una Justicia que pretende justificarse con la estructura corrupta de la justicia legal. El sentido universal de protección del ser humano está por encima de interpretaciones y criterios funcionales o interesados. Ni está al servicio de la Iglesia para esconder los abusos ni está sometida a la voluntad del legislador como algunos gobernantes querrían. La Historia nos ha enseñado el terrible final de la libertad al que conduce tal teoría. Nadie puede quedar excluido del derecho a poder reclamar el reconocimiento de su dignidad humana. Todo ser humano es sujeto de derechos desde su concepción hasta su final.

Papa de la mayor comunidad humana presente en todas las naciones, culturas, razas y lenguas, con 1.400 millones de personas en un abanico de diversidad inmensa, es consciente de lo difícil que resulta mantener la riqueza de esta diversidad en la unión de una fe que cada uno quiere expresar en su propia lengua y vivirla en su propia cultura, con sus tradiciones que son expresión, también, de esa fe heredada, pero que quiere y debe ser palabra que hoy sirva para animar, unir, superar odios ancestrales y transformar las formas de nuestras relaciones.

Desde su llegada a Madrid dejó claro que si el protocolo requiere atención a las autoridades nuestra fe pone a su mismo nivel a los que no pueden valerse ellos solos. Y ahí estaban en primer lugar los discapacitados con sus padres luciendo su dignidad de seres humanos y también su necesidad como todos nos necesitamos unos a otros. Ha sido uno de esos viajes en que una sociedad recupera la alegría de la religiosa porque la vida, con ella, tiene otra cosa que la hace distinta siendo la misma. Y es que Dios nunca es una carga sino un alivio. ¡Gracias!

Artículo publicado en Heraldo de Aragón el domingo 14 de junio de 2026.

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