«Cuando escuches sonar esta campana, detente un momento y pregúntate: ¿A qué me está llamando Dios ahora?». Con esa pregunta cerró don Ángel la homilía del III Domingo de Pascua, poco antes de la solemne bendición de la nueva campana del santuario de la Virgen de El Pueyo, coincidiendo con el 925 aniversario de la aparición mariana al pastor san Balandrán.
En una eucaristía al aire libre, el obispo recordó que «una campana no es solo un objeto, es una voz, una llamada» que no busca ser «un ruido más entre los que nos aturden diariamente», sino un instrumento para ayudar a «despertar, hacer parar y sentir más allá».
Al igual que los discípulos de Emaús no reconocieron a Jesús mientras caminaba con ellos, a menudo necesitamos signos para notar la presencia de Dios en lo cotidiano, subrayó don Ángel. «La campana no sustituye a Dios, pero te recuerda que está. Te saca de lo automático y te dice, sin palabras: ‘Para. Escucha. Hay algo más'», repitió. A continuación, Mons. Pérez Pueyo, bendijo e incensó la campana que, con el lema Salve Regina y la inscripción del 925 aniversario, pronto sonará en el santuario.
Los monjes del IVE habían pedido colaboración de los fieles para costear la renovación de la que en 1946 se había instalado en el campanario. En menos de 24 horas, y gracias a la generosidad de una familia, contaban con los 15.000 euros para sufragarla. «Teníamos una deuda con Ella. Como la queremos y nos quiere, le hemos hecho una ofrenda», resumió con sencillez Alejandro, el padre.
La campana, de 300 kilos, es obra de los artesanos cántabros de Hermanos Portillas. Abel, que acudió a la bendición, resaltó el carácter único de la pieza porque «se ha roto el molde y no hay otra igual, algo que se nota en la piel que tiene».
El padre Pablo di Césare, superior del IVE, agradeció a los fieles su acompañamiento, además de la generosidad que ha hecho posible esta nueva «voz para el santuario», que hace poco estrenó iluminación.
Con la bendición y reparto de una estampas con la imagen de la Virgen de El Pueyo concluyó la eucaristía, solemnizada con los cantos de los monjes y con la participación activa de la Cofradía del Santo Sepulcro, en su romería anual a este enclave mariano.







