El papa León XIV ha situado este jueves la realidad migratoria en el centro de la etapa canaria de su viaje apostólico a España. Desde el puerto de Arguineguín, en Gran Canaria, puerta de entrada de miles de migrantes a través de la ruta atlántica, el Pontífice ha reclamado una respuesta global ante este drama humano y ha recordado que «la dignidad humana no pierde valor al cruzar una frontera». Al acto asistieron también los obispos de las diócesis aragonesas, que acompañan al Santo Padre en los actos finales de su visita a España.

La visita, que recupera el viaje a Canarias que el papa Francisco deseó realizar durante años, convierte a León XIV en el primer Pontífice que visita oficialmente el archipiélago. Entre los participantes en el encuentro se encontraban también los obispos de Aragón, que acompañan al Santo Padre en los actos finales de su viaje apostólico a España.
«No podemos pasar de largo ante las pateras»
Ante trabajadores de organizaciones humanitarias, voluntarios, miembros de Salvamento Marítimo y agentes pastorales, León XIV agradeció la labor de quienes «han sabido reconocer a Cristo» en quienes llegan a las costas canarias «marcados por el miedo, el hambre y la violencia».
El Papa recordó que la Iglesia «no puede desentenderse de estas aguas ni de ningún lugar donde el hambre, la sed, la violencia, el miedo o el exilio sigan hiriendo la dignidad humana» y denunció que el peligro para los migrantes no termina en el mar.
«También hoy existen monstruos que acechan estos mares: mafias que trafican con la desesperación, tratantes que esclavizan mujeres y niños y la indiferencia de muchos que permiten que los pobres sean tragados por la explotación o por el olvido», afirmó.
León XIV insistió además en que la acogida no puede recaer únicamente sobre unas pocas personas comprometidas. «Nos arrodillamos ante el altar para adorar a Cristo presente en la Eucaristía, pero no podemos luego pasar de largo ante los cayucos y las pateras», señaló, recordando que «de la oración brota todo servicio».
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«No son números ni expedientes»
Durante su intervención, el Pontífice se dirigió expresamente a los migrantes presentes en el puerto. «No son números ni expedientes; ustedes son personas con una familia y una casa dejada atrás», afirmó antes de inclinarse simbólicamente ante su dignidad.
También les dirigió una advertencia sobre las mafias y redes de explotación que se aprovechan de quienes buscan una vida mejor: «No entreguen su existencia a quienes comercian con ella. No crean a quienes prometen paraísos fáciles a cambio de su cuerpo, de dinero, de silencio o de su libertad».
Cada vida es una bendición
Uno de los momentos más emotivos llegó cuando León XIV habló de las víctimas de la trata y de la explotación. «Cada vida humana es una bendición de Dios», afirmó, recordando que nadie puede ser comprado, vendido o utilizado porque en cada persona resplandece la imagen del Creador.
Dirigiéndose especialmente a las mujeres víctimas de explotación, el Papa aseguró que «si otros pusieron precio a tu cuerpo, Dios no ha dejado nunca de mirarte como alguien invaluable» y recordó que la Iglesia quiere ser para ellas un espacio de acogida, dignidad y esperanza.

Una llamada a Europa
El Santo Padre pidió que el drama migratorio se convierta en un verdadero «examen de conciencia» para todos: para los países de origen, para los países de tránsito y también para Europa.
«Europa no puede proclamar la dignidad humana y acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios sin lápidas», afirmó.
Al concluir su discurso, León XIV reclamó una respuesta internacional que vaya más allá del control de fronteras. «No basta gestionar llegadas, distribuir cifras, reforzar fronteras o lamentar las muertes cuando ya han ocurrido», advirtió. «Cada barca que llega no trae solo migrantes; trae consigo una pregunta: ¿qué mundo hemos construido, si tantos hermanos tienen que arriesgar la muerte para buscar vida?».
Con esta visita a Arguineguín, el Papa ha querido situar la realidad migratoria en el centro de su viaje a Canarias y recordar que, frente a la indiferencia, el camino cristiano pasa por la acogida, la cercanía y el reconocimiento de la dignidad inviolable de toda persona.

