Un café con Jesús. Flash sobre el Evangelio del II Domingo de Pascua – A – (12/04/2026)
En estos domingos de Pascua, la Iglesia nos propone la narración del sepulcro vacío y de las apariciones del Resucitado con la intención de sostener nuestra fe en el Resucitado. Después de que la Magdalena y dos de los discípulos quedaran sorprendidos el domingo pasado ante el sepulcro vacío, el Evangelio rememora hoy la reiterada aparición de Jesús a sus discípulos en la casa donde se habían refugiado por miedo a los judíos, estando las puertas cerradas. ¿Por qué subraya el evangelista que las puertas estaban cerradas?
– Porque, con esa observación, pretende que caigáis en la cuenta de que, una vez resucitado, yo no pertenezco ya al ámbito de esa realidad que vosotros palpáis, sino que he entrado en una realidad superior situada más allá de la historia -me ha dicho Jesús cuando, ya acomodados, le he compartido mis impresiones sobre el Evangelio de este domingo (Jn 20, 19-31)-.
– ¿Una realidad superior, que está más allá de la historia? -he exclamado con mi taza de café entre las manos y cara de no entender lo que estaba oyendo-.
– Así es -me ha respondido con calma, dispuesto a explicarme sus palabras-. Cuando habláis de la resurrección de los muertos, pensáis en la vuelta de un cadáver a la misma vida que antes tuvo. Así ocurrió con la resurrección de Lázaro o con la del hijo de la viuda de Naím: yo devolví a Lázaro a sus hermanas y mucha gente venida de Jerusalén fue a verlo en Betania y a compartir la mesa con él, o devolví aquel joven a la pobre madre viuda para que acompañase su soledad; ambos volvieron a vivir su vida anterior. Con ello hice el “signo” de que soy “la resurrección y la vida”; pero mi resurrección fue algo diferente a devolver un cadáver a su vida anterior.
– Pues dime qué fue tu resurrección -he proseguido intrigado-.
– Fue introducir en la vida eterna al verdadero hombre, que yo soy; fue introducirme en la plenitud del vivir, que es el vivir de Dios. Ésta es una dimensión nueva y desconocida para vosotros mientras moráis en este mundo.
– ¿Y para sugerirnos esa nueva dimensión del vivir escribió el evangelista que te hiciste presente ante tus discípulos estando las puertas cerradas?
– Para eso; y también relató que, cuando ocho días después mostré a Tomás mis manos heridas por los clavos, en las que él pretendía introducir su dedo, me confesó como su Señor y su Dios sin meter su mano en mi costado. Tomás, como el discípulo amado, vio y creyó. Por eso, no pude menos de exclamar: «Dichosos los que crean sin haber visto…»
– … que somos nosotros -le he interrumpido-. Sin embargo, pienso que la incredulidad de Tomás nos ha sido provechosa para no empecinarnos en negar credibilidad al testimonio de tus discípulos y para convencernos de que tu identidad de Resucitado coincide con la de Crucificado. El mismo que pendió de la cruz en la tarde del viernes es el que ahora reconocemos que vive para siempre en la plenitud eterna de Dios.
– Así es, amigo, y no olvides que estás llamado a vivir esa plenitud eterna, que “ni el ojo vio, ni el oído oyó… lo que Dios preparó para los que le aman”, tal como escribió Pablo a los cristianos de Corinto (1 Co 2, 9).
– Y, además, la incredulidad de Tomás nos convence de que los discípulos no estaban predispuestos a esperar tu resurrección frente a lo que se ha dicho: que el deseo de volver a verte les alucinó e impulsó a inventar los relatos de las apariciones.
– ¡Bienaventurados los que crean sin haber visto! -ha concluido-.
Lectura del santo Evangelio según san Juan (20, 19-31).
Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Y dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo, a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo». A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros». Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en tu costado; y no seas incrédulo, sino creyente». Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!». Jesús les dijo: «¿Por qué has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto».
Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de sus discípulos. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre.
Palabra del Señor.