¿Quién es este?

Pedro Escartín
28 de marzo de 2026

Un café con Jesús. Flash sobre el Evangelio del Domingo de Ramos – A – (29/03/2026)

Estamos comenzando la Semana Santa y hoy se ha leído la pasión de Jesús. Pero la liturgia del Domingo de Ramos rememora la entrada de Jesús en Jerusalén con la procesión de los ramos y la proclamación del Evangelio de San Mateo (Mt 21, 1-11). Al escucharlo, he sido sorprendido por un interrogante que bulle en mi cabeza y voy a comentar con Jesús…

– Me sorprende que tú mismo tomases la iniciativa de entrar en Jerusalén como un triunfador; esto no encaja con tu manera de ser -le he dicho sonriendo después saludarle-: tú enviaste discípulos a buscar una cabalgadura y consentiste las aclamaciones de la gente. ¿Pretendías imitar a los jefes de las naciones o soliviantar a los mandamases de tu pueblo?

– Recuerda que dije que no os comportaseis como los grandes de este mundo; así que no podía hacer vanas mis palabras con mi conducta; pero tampoco pretendía soliviantar a nadie. Aquel día hice tres gestos simbólicos semejantes a los que solían hacer los antiguos profetas para que el pueblo y sus jefes reflexionaran -me ha respondido serenamente-. A la entrada en Jerusalén siguió la purificación del templo y la maldición de la higuera: con los tres gestos manifesté que soy el Mesías y que Israel necesitaba convertirse, porque el reinado de Dios ya estaba irrumpiendo y urgía que lo acogieran.

– Vamos a ver: explícamelo, pues me estoy haciendo un lío -he dicho cogiendo mi café y disponiéndome a escuchar después de tomar un sorbo-. Entiendo que tu entrada en Jerusalén les hiciera pensar que eres el Mesías, pero, al echar fuera del Templo a los vendedores de palomas y al volcar las mesas de los cambistas, impediste el culto durante todo aquel día: los dejaste sin animales para los holocaustos y sin las monedas del templo para las ofrendas. Fue como si ahora un domingo entrara un desaprensivo en la parroquia, cogiera el cáliz y las hostias y dijera: “hoy no hay Misa”. Y ¿qué tenía que ver aquella humilde higuera que maldijiste con que fueras o dejaras de ser el Mesías?

– Pues los tres gestos pretendían proclamarme como Mesías y así lo entendieron los jefes de Israel que, al verlos, me preguntaron con qué autoridad hacía aquellas cosas. Préstame un poco de atención y lo entenderás: el evangelista advierte que busqué una cabalgadura para que se cumpliera lo dicho por el profeta Zacarías: “Mira a tu rey que viene a ti humilde, montado en una borrica”, y no en un brioso corcel, como hacían los emperadores romanos…

– ¿Y lo de impedir el culto y maldecir la higuera? -le he interrumpido-.

– Fueron dos gestos con los que quise decirles de una vez por todas que el culto que venían ofreciendo en el templo de Jerusalén había llegado a su fin; en adelante, el culto que ofrecerían sería un culto “en espíritu y verdad”, como había dicho a la samaritana junto al pozo de Jacob, que consistiría en mi “cuerpo entregado por vosotros” y en el “cáliz de mi sangre, sangre de la nueva alianza, derramada por muchos”.

– ¿Y maldecir la higuera porque sólo tenía hojas? -he insistido-.

– Recuerda que Jeremías, Ezequiel y otros profetas compararon al pueblo infiel con un árbol que no da sus frutos; al maldecir la higuera y dejarla estéril, cosa que admiró a mis discípulos, simbolicé que el pueblo de Israel no había sido fiel a la misión que el Padre le había encomendado, pero hoy llegaba el Mesías para librarlo de ser abandonado por Dios, con tal que me acogieran. Era la última tabla de salvación que Dios ofreció a aquel pueblo.

– No me extraña que toda la ciudad se sobresaltara y preguntara: “¿Quién es éste?”

– ¡Lástima que no escucharan que el profeta les había dicho: «Mira a tu rey que viene a ti…!»

 

Lectura del santo Evangelio según san Mateo (21, 1-11).
Cuando se acercaban a Jerusalén y llegaron a Betfagé, en el monte de los Olivos, envió a dos discípulos diciéndoles: «Id a la aldea de enfrente, encontraréis enseguida una borrica atada con su pollino, los desatáis y me los traéis. Si alguien os dice algo, contestadle que el Señor los necesita y los devolverá pronto». Esto ocurrió para que se cumpliese lo dicho por medio del profeta: «Decid a la hija de Sión: “Mira a tu rey, que viene a ti, humilde, montado en una borrica, en un pollino, hijo de acémila».
Fueron los discípulos e hicieron lo que les había mandado Jesús: trajeron la borrica y el pollino, echaron encima sus mantos y Jesús se montó. La multitud alfombró el camino con sus mantos; algunos cortaban ramas de árboles y alfombraban la calzada.
Y la gente que iba delante y detrás gritaba: «¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!».
Al entrar en Jerusalén, toda la ciudad se sobresaltó preguntando: «¿Quién es éste?». La multitud contestaba: «Es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea».
Entró Jesús en el templo y echó fuera a todos los que vendían y compraban en el templo, volcó las mesas de los cambistas y los puestos de los vendedores de palomas. Y les dijo: «Está escrito: Mi casa será casa de oración», pero vosotros la habéis hecho una cueva de bandidos. Se le acercaron en el templo ciegos y cojos, y los curó. Pero los sumos sacerdotes y los escribas, al ver los milagros que había hecho y a los niños que gritaban en el templo: «Hosanna al Hijo de David», se indignaron y le dijeron: «¡Oyes lo que dicen estos?». Y Jesús les respondió: «Sí; ¿no habéis leído nunca: “De la boca de los pequeñuelos y de los niños de pecho sacaré una alabanza”? Y dejándolos salió de la ciudad a Betania, donde pasó la noche.
De mañana, camino de la ciudad, tuvo hambre. Viendo una higuera junto al camino, se acercó, pero no encontró en ella nada más que hojas y le dijo: «Que nunca jamás brote fruto de ti». E inmediatamente se secó la higuera. Al verlo, sus discípulos se admiraron y decían: «¿Cómo es que la higuera se ha secado de repente?». Jesús les dijo: «En verdad os digo que si tuvierais fe y no vacilaseis, no sólo haríais lo de la higuera, sino que diríais a este monte: “Quítate y arrójate al mar”, y así se realizaría».
Palabra del Señor.

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