El hambre es, en pleno siglo XXI, la pandemia invisible, silenciada y tolerada que todavía persiste. Un escándalo que clama al cielo. No hablamos de una desgracia inevitable, sino de una injusticia estructural. El hambre continúa porque muchos se niegan a vacunarse con el virus de la dignidad y de la solidaridad. Resulta más cómodo mirar hacia otro lado que cuestionar nuestro estilo de vida. Mientras en una parte del mundo se tiran toneladas de alimentos, en otra, millones de personas siguen muriendo de hambre. Así de crudo. Así de real.
La campaña de Manos Unidas 2026 nos lanza un lema sin anestesia: «Declara la guerra al hambre». No es una consigna violenta, sino profundamente evangélica. Declarar la guerra al hambre es declarar la guerra a la indiferencia, al egoísmo organizado, a la resignación que anestesia la conciencia. Es tomar partido. Es dejar de justificar lo injustificable.
El profeta Isaías es claro: «Parte tu pan con el hambriento». Jesús va aún más lejos: «Vosotros sois la sal de la tierra… vosotros sois la luz del mundo». Una fe que no se traduce en justicia se vuelve insípida. Una Iglesia que no ilumina las sombras de este mundo corre el riesgo de apagarse. La luz no se guarda: se comparte.
Este año, nuestra diócesis de Barbastro-Monzón se compromete con un proyecto concreto en India, en los distritos de Guntur y Palnadu (Andhra Pradesh), destinado a mejorar la calidad de vida de colectivos marginados: personas con discapacidad, migrantes internos, mujeres en riesgo de exclusión y comunidades empobrecidas. Más de 500 personas de 22 comunidades se beneficiarán directamente de acciones educativas, sanitarias y sociales que facilitan el acceso a derechos básicos, la integración social y la posibilidad de una vida digna. No son palabras: son vidas.
Nada de esto sería posible sin el trabajo abnegado, constante, silencioso y tenaz de las mujeres de Manos Unidas en nuestra diócesis. Año tras año obran este pequeño gran milagro: remover conciencias, implicar parroquias, tender puentes más allá de nuestras fronteras y recordarnos que la caridad no es un sentimiento, sino una decisión. Gracias por vuestra fe, vuestra creatividad y vuestra perseverancia. Gracias por golpear, cada año, a la puerta de nuestra conciencia, de nuestra alma.
La pandemia de 2020 dejó al descubierto lo frágiles que somos. Muchos, tan sanos y autosuficientes como nosotros, enfermaron; otros murieron; otros vieron quebrarse su economía. Ya no valen excusas. O remamos todos en la misma dirección o naufragaremos juntos. A los cristianos nos toca hoy generar esperanza, haciendo atractivo el bien y poniendo al servicio de los demás nuestros cinco panes y dos peces. Solo así se producirá el milagro que multiplica la dignidad y la solidaridad.
Nuestra diócesis ha aprendido, no sin esfuerzo, a ir a lo esencial: caminar en comunión, compartir recursos y vivir la fe como una obra coral, donde cada vocación cuenta. Manos Unidas forma parte de esa gran familia diocesana que hace visible la ternura de Dios aquí y más allá de nuestras fronteras.
Contra el hambre, la única vacuna es la dignidad. Vacunarse es implicarse. Vacunarse es compartir. Vacunarse es vivir el Evangelio sin rebajas.
¡Vacúnate! ¡Implícate! ¡Sé solidario! ¡Comparte!
Con mi afecto y bendición,
Ángel Javier Pérez Pueyo
Obispo de Barbastro-Monzón
