Ser Palabra de Dios pronunciada en la vida de los hombres. Carta del obispo de Barbastro-Monzón. 25 de enero de 2026

Ángel Pérez Pueyo
24 de enero de 2026

Este domingo, 25 de enero de 2026, se celebrará la séptima edición del Domingo de la Palabra de Dios, bajo el lema: «Que la Palabra de Cristo habite en vosotros» (Col 3,16).

Esta jornada fue instituida por el papa Francisco, donde estableció que el tercer domingo del Tiempo Ordinario quedara dedicado cada año a la celebración, el estudio, la reflexión y la difusión de la Palabra de Dios en toda la Iglesia católica. Esta iniciativa nació con el deseo de que la Palabra de Dios no fuese sólo leída o estudiada, sino que se convirtiera en centro vivificante de la vida cristiana, transformando tanto la fe personal como la vida de las comunidades.

A lo largo de veinte siglos, la Iglesia ha aprendido a leer la Biblia no solo para conocerla, sino para dejarse conocer y transformar por Dios. De este largo camino ha nacido una tradición preciosa: la lectio divina, la «lectura de Dios», una forma de acercarse a la Escritura como a una presencia viva. No se trata simplemente de leer un texto, sino de entrar en diálogo con Aquel que nos habla a través de él.

Como enseñaba san Jerónimo, «el desconocimiento de las Escrituras es desconocimiento de Cristo», y san Gregorio Magno exhortaba a «conocer el corazón de Dios a través de las palabras de Dios». En la lectio divina no nos acercamos a palabras vacías, sino al mismo Cristo que nos habla, nos interpela y nos llama a una vida nueva: a ser Palabra de Dios pronunciada en la vida de los hombres.

En nuestra diócesis de Barbastro-Monzón desde hace años se acogió esta invitación de poner en el centro la lectio divina como camino privilegiado de formación espiritual para sacerdotes, consagrados y laicos, en parroquias, movimientos, cofradías y grupos apostólicos. Leer, meditar, orar y contemplar la Palabra no es un ejercicio reservado a unos pocos, sino una experiencia esencial para todo bautizado que desea crecer como discípulo del Señor.

Eran bien conscientes que, en un mundo marcado por la prisa, el ruido y la dispersión, la lectio divina nos enseña a hacer silencio, a descalzarnos interiormente, como Moisés ante la zarza ardiente, para reconocer que estamos en tierra sagrada cuando abrimos la Biblia. La Palabra no es una idea ni una norma: es una Persona que nos ama, nos conoce y nos salva.

Frente a una fe frágil o superficial, la Iglesia está llamada a recuperar el primado de la Palabra de Dios. Cuando la dejamos entrar, ella ilumina nuestra vida, nos ayuda a interpretar lo que vivimos y nos revela el sentido profundo de nuestra historia. La Biblia se convierte entonces en un verdadero «mapa», en nuestro GPS espiritual que nos orienta en el camino.

En este momento os invito a dar un pasito más y animaros, de modo especial, a sacerdotes, consagrados, animadores de la comunidad, catequistas, profesores de religión, lectores y acólitos, cantores, agentes de pastoral, familias y jóvenes a hacer de la lectio divina un hábito personal y comunitario. De la Palabra escuchada brota la oración; de la oración nace la conversión del corazón; y de un corazón transformado surge el anuncio gozoso del Evangelio. Solo quien se deja formar por la Palabra puede ser testigo creíble.

Por ello, os sugiero dos caminos: uno personal y otro comunitario:

1. Lectura personal del Evangelio cada día

Comprarte una agenda en la que cada día tenga la lectura del evangelio y, como si de un WhatsApp que Dios te manda a primera hora, antes de salir de casa, para que lo leas en el rincón de Jesús que tienes en la estantería de tu cuarto, y puedas discernir lo que Dios te pide en esta jornada.

 2. Crear un grupo de lectura orante de la Palabra

Crear en tu parroquia, movimiento, grupo apostólico o cofradía un pequeño grupo que se reúnan semanalmente en torno a la Palabra, a poder ser el jueves eucarístico. Tras la exposición del Santísimo, se proclamaría el Evangelio del domingo siguiente y se recorrerían los cuatro pasos clásicos de la lectio divina, descritos ya por el monje Guigo en el siglo XII como una «escalera» que une la tierra con el cielo:

Lectura (lectio): Escuchar atentamente el texto, acogiéndolo tal como es, situándolo en su contexto histórico, literario y espiritual.

Meditación (meditatio): Rumiar la Palabra hasta descubrir qué nos dice hoy a nosotros, cómo ilumina nuestra vida concreta.

Oración (oratio): Responder a Dios con palabras de alabanza, súplica, acción de gracias o petición de conversión.

Contemplación (contemplatio): Permanecer en silencio ante el misterio de Cristo, dejando que la Palabra transforme nuestra mirada y nuestro corazón.

No se pretende hacer un curso bíblico, sino una verdadera escuela de discipulado.

Ojalá que tú y la comunidad cristiana seáis verdaderas escuelas de escucha, donde la Escritura sea leída, compartida y vivida. Que María, la que acogió la Palabra con fe y la guardó en su corazón, nos enseñe a vivir de ella cada día.

 

Con mi afecto y mi bendición

Ángel Javier Pérez Pueyo
Obispo de Barbastro-Monzón

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