Viviendo la Cuaresma en tierra del Islam

Siempre que llega el tiempo de Cuaresma nos planteamos en comunidad la misma cuestión con respecto al ayuno. Nuestra situación es muy distinta a la que pueda vivir otra comunidad que se encuentre en un entorno de mayoría cristiana. Nosotros vivimos rodeados de creyentes musulmanes, es más, entre la comunidad de monjes cistercienses, las religiosas franciscanas y dos señoras cristianas que frecuentan el monasterio, no superamos las 15 personas, en medio de una población de más de 50.000 habitantes, todos musulmanes.

Es por ello que la Cuaresma para nosotros ha de tener forzosamente un matiz muy distinto. Si decimos que vivimos como orantes en medio de un pueblo de orantes. Es también cierto que nuestro ayuno es en medio de un pueblo que practica el ayuno en su plena integridad. Y así lo reconoce la misma Iglesia, en la Declaración Nostra Aetate de Concilio Vaticano II, donde expresa su aprecio a los musulmanes y reconoce en ellos la práctica del ayuno acompañado de la oración y la limosna. Dice así: La Iglesia mira también con aprecio a los musulmanes que adoran al único Dios, viviente y subsistente, misericordioso y todo poderoso, Creador del cielo y de la tierra,… Esperan, además, el día del juicio, cuando Dios remunerará a todos los hombres resucitados.  Por tanto, aprecian la vida moral, y honran a Dios sobre todo con la oración, las limosnas y el ayuno.” (Nostra Aetate, 3)

Por supuesto que no hay que establecer comparaciones entre la Cuaresma y el Ramadán. Son dos cosas distintas, puesto que la Cuaresma es tiempo de penitencia,  mientras que el Ramadán es tiempo de fiesta. Eso sí, ambas son preparación a una gran fiesta. Los cristianos para la preparación a la Fiesta por excelencia, la Pascua.  Y los musulmanes celebran este mes la revelación,  la noche de “Laylat al Qadr” o Noche del Destino, en la que según la tradición y las biografías ocurrió que en una noche, de los últimos días del mes de Ramadán, en una gruta del monte Hira se produjo la infusión de la palabra increada en el mundo relativo, el “descenso” del Libro en el corazón del Profeta. Para el Islam, el elemento esencial conmemorado es el de una revelación. “Dios enseña al hombre lo que este ignora” (Corán XCVI, 5). El Corán es la causa de la celebración del mes de Ramadán, en el que el ayuno está instituido (Corán II, 183-185).

De lo que tratamos, fuera de sincretismos, dada la situación especial del enclave de nuestra comunidad, aprovechar el hecho de vivir con los musulmanes para aplicar a nuestro ayuno aquello que pueda sernos motivo de comprender mejor el ayuno de los musulmanes y de darle a nuestro ayuno un aire, a su vez, más comprensivo para los que nos rodean. Todo ello al tiempo de beneficiarnos de los frutos espirituales que puede aportar a nuestras vidas.

Nuestro Beato mártir, Christian de Chergé, hablaba de los valores del Islam que hay que recoger: “Algunos grandes valores del Islam son un innegable estímulo para el monje, en la línea misma de su vocación: desde la entrega de uno mismo hasta el absoluto de Dios, desde la oración de las horas, el ayuno, la sumisión a la Palabra, la limosna, la hospitalidad, la conversión, la confianza en la providencia, la peregrinación espiritual…en todo esto, ¿Reconocer el espíritu de santidad del que nadie sabe dónde, ni por dónde” (Profesión de Fe 1976).

En consecuencia, ya hace unos cuantos años que nuestra comunidad viene observando el ayuno de Cuaresma en forma de ayuno diurno absoluto, desde el alba hasta el atardecer, tal como celebran sus ayunos los musulmanes durante su Ramadán y en otras ocasiones prescritas  o voluntarias. Si lo hiciésemos de otra forma, no entenderían nuestros amigos y vecinos musulmanes que dijésemos que estamos de ayuno simplemente por prescindir de algún plato o complemento habitual de nuestra dieta. Así como si rompiésemos el ayuno ingiriendo cualquier alimento o bebida, por pequeño que fuera.

No es nada ajeno a nuestra tradición como monjes cristianos. No hacemos con ello nada extraño, y mucho menos una especie de eclecticismo religioso. Este tipo de ayuno cuaresmal lo recoge la misma Regla de San Benito en el Capítulo XLI, que cita expresamente el horario de la comida en Cuaresma. Dice así: “En Cuaresma, hasta Pascua, coman a la hora de Vísperas.  Las mismas Vísperas celébrense de tal modo que los que comen, no necesiten luz de lámparas, sino que todo se concluya con la luz del día. Y siempre calcúlese también la hora de la cena o la de la única comida de tal modo que todo se haga con luz natural.”

No es nada nuevo en la tradición monástica el ayunar todo el día. Lo que hacemos, aunque pueda parecer exagerado, es lo mismo que han venido haciendo los monjes desde hace siglos. El ayuno monástico ya estaba presente en la vida monástica con anterioridad a la Regla de San Benito. De hecho durante los dos primeros siglos del cristianismo, entre los primeros cristianos se estableció el ayuno como una preparación voluntaria para recibir los sacramentos de la eucaristía, el bautismo y las órdenes sagradas. Más tarde, estos ayunos se hicieron obligatorios. En el siglo VI, el semiayuno de Cuaresma se amplió de las 40 horas originales (el tiempo que pasó Jesucristo en el sepulcro) hasta los 40 días (su ayuno en el desierto), en los que sólo se permitía una comida al día.

Después de ver los orígenes del ayuno entre los monjes, que nos confirman que no es ninguna novedad esa práctica, sino todo lo contrario, que ha existido siempre ligada a las practicas monásticas y, muy especialmente, en el tiempo de Cuaresma. Veamos ahora que aporta el ayuno musulmán, a nuestra propia forma de practicar el ayuno. Descubriremos que en el ayuno de los musulmanes existen muchos puntos comunes con la tradición más antigua de nuestro ayuno monástico.

Aunque en la mayoría de las religiones el ayuno es para la expiación o purgación del pecado, en el Islam es primariamente para acercarse a Dios, como dice el Corán: “¡Oh, creyentes! Se os prescribió el ayuno al igual que a quienes os precedieron para que alcancéis la piedad”. (Corán 2:183). Dado que la conciencia de Dios es el prerrequisito para la rectitud, se hace gran énfasis sobre el ayuno en el Islam. Por lo tanto, no es sorprendente encontrar que cuando al Profeta Muhammad le fue preguntado: “¿Cuál es la mejor acción?” Él contestó: “Ayunar, pues no hay nada igual a ello”. (An-Nasa’i)

Para algunos, renunciar a comer y beber durante las horas de luz del día es algo  extenuante y duro. Pero para muchos es la oportunidad de cambiar malos hábitos, reflexionar, solidarizarse con los menos afortunados, porque permite que la persona que ayuna experimente el hambre y la sed y, por lo tanto, desarrolle empatía por aquellos que sufren hambre o sed en otras partes del mundo. También le ayuda a descubrir la fortaleza interior.

Tiene también un aspecto social igualatorio. La prescripción del ayuno musulmán es para todos los creyentes. Así, el Islam iguala a ricos y pobres en el hambre y fortalece los sentimientos de identidad de los creyentes y de su pertenencia a una misma comunidad. Eso es algo que también existe igual entre los católicos. Me gusta citar al respecto a Don Ángel Rubio, obispo emérito de Segovia, que refiriéndose al ayuno decía en una carta suya por el Día de Manos Unidas en febrero de 2014: “Quien experimenta el hambre porque voluntariamente se priva del alimento, puede llegar a comprender la injusticia que sufren quienes no tienen que comer, no un día, sino muchos, incluso meses de hambre. Experimentar el hambre es la fórmula pedagógica para combatirla”. 

Y en el diario “El Norte de Castilla”, Monseñor Ángel Rubio respondía en unas preguntas que le hacían sobre el ayuno, el 1 marzo de 2009: “El ayuno para que agrade a Dios debe ir unido con el amor del prójimo y comportar una búsqueda de la verdadera justicia. Es tan inseparable de la limosna como la oración. El ayuno no es mera hazaña ascética. Debe ser un gesto cristiano, una experiencia de piedad y devoción. Ayunar es saber prescindir, renunciar a las posibilidades de apropiación, compartir, superar el individualismo para enriquecer a los demás”.

Pero el ayuno musulmán, contrario a lo que parezca a los ojos de los profanos. No es solamente el abstenerse de comer. Tiene otros aspectos, como puede tenerlos nuestra Cuaresma. En el ayuno musulmán hay que distinguir entre el ayuno MATERIAL, en el que cada día (entre el amanecer y el atardecer) deben abstenerse completamente de ingerir alimentos, beber, fumar tabaco y tener relaciones sexuales y el ayuno ESPIRITUAL, que propone un ayuno del alma, donde el practicante hace ayunar su mente, su verbo, sus manos, como tributo a Dios Todopoderoso. Este sería el otro aspecto que es el que más se desconoce y lo que realmente es más difícil, no mentir, no enfadarse, no calumniar, no gritar, no ser irrespetuoso, no hablar de nadie que no esté presente, etc. Es algo que se debería hacer siempre, pero se hace más esfuerzo cuando coincide con el ayuno material. En un intento de superase para CAMBIAR y ser mejores.

En el versículo 48, de la Sura 5 del Corán se dice que somos diferentes por voluntad divina. Invita a la coexistencia y a hacer el bien, para que sean nuestras buenas acciones las que nos hagan superarnos. Y así lo expresa: “Si Allah hubiera querido habría hecho de vosotros una única comunidad; sin embargo lo ha hecho así para poneros a prueba en lo que os ha dado. Y competid en las buenas acciones. Todos habéis de volver a Allah que os hará saber la verdad de aquello sobre lo que no estabais de acuerdo”.

También, en este tiempo de ayuno, de forma muy especial se dedican a la contemplación y a la devoción. Los musulmanes se concentran en su fe y dedican menos tiempo a las preocupaciones cotidianas. Durante el día van a la mezquita y permanecen ahí varias horas orando y leyendo el Corán, como nosotros podemos hacer nuestra Lectio Divina. Algunos musulmanes dedican buena parte de la noche a la oración especial del Ramadán llamada la Oración Nocturna (Taraweeh).

Por un lado, es el mes de la sumisión y acercamiento a Dios. De la lucha contra los deseos y pasiones; del cumplimiento de las plegarias rituales y de la paciencia frente a las adversidades y pruebas que pueda deparar la vida.

Por otro lado, es el mes donde se pone un énfasis especial en la caridad y atención a los sufrimientos de los más necesitados. La índole social del ayuno, por otra parte, robustece los vínculos de solidaridad y conciencia. Es una de las tantas aristas del combate interior que libra el creyente, suplir el deseo de lo mundanal por un hambre de índole espiritual, que pone en pie de igualdad a todos los creyentes y de paso, enseña de qué se trata el hambre, como para que se piense dos veces el hecho de negar comida a alguien que lo solicita teniendo la posibilidad de hacerlo. También los cristianos estamos llamados a compartir, más aún en el tiempo de Cuaresma.

Podemos resumir diciendo que es, ante todo, un mes espiritual, que se centra en el “podemos: mejorar, acercarnos a Dios, ayudar al prójimo, sentirnos parte de una comunidad solidaria y unida por la fe”, más que en el “no podemos: comer, beber, fumar,…”. Se trata, por lo tanto, de un mes de júbilo, de espiritualidad y de buenos actos, más que de un mes de privaciones.

Existen muchas resonancias con el ayuno cristiano tradicional, que al convivir en estas tierras se recuperan y nos hacen menos distintos en las prácticas espirituales con los que nos rodean, si bien en otros lugares de tradición cristiana, se ha relajado la Cuaresma, al tiempo que se ha fortalecido el “Carnaval”. Ya hace bastantes años que lo lamentaba, nuestro hermano monje cisterciense Thomas Mertón, cuando recomendaba recuperar la antigua observancia cuaresmal: “Es cierto que la actual disciplina de la Iglesia, por serias razones, ha aliviado la obligación de ayunar, y en algunos países, la ha suprimido del todo. Pero, ciertamente, el cristianismo debería desear, si es capaz de ello, participar en esa antigua observancia cuaresmal, tan necesaria para una autentica comprensión del significado del Misterio Pascual”. (Thomas Merton; Tiempos de Celebración. pág. 127-128).

Para terminar, quiero compartir una imagen sobre diálogo entre cristianos y musulmanes, de nuestro padre Christian de Chergé, mártir de Tibhirine. La espiritualidad del Padre Christian de Chergé. 

ESCALA MÍSTICA

Subiendo hacia Dios en la escalera mística de diálogo común.

La escalera mística se compone de dos subidas:

* La tradición cristiana y la tradición musulmana.

* Ambos se plantan en el suelo = el diálogo cotidiano.

Los peldaños se encuentran en ambas subidas.

Cada peldaño es una práctica común (no una fe común)

  • Oraciones Regulares
  • Ayuno
  • Compartir
  • Limosna
  • La conversión del corazón
  • La confianza en la Providencia
  • Memoria (= El esfuerzo de la memoria)
  • La peregrinación
  • El combate espiritual

El punto de apoyo de la escala está en lo más alto, en la otra vida (la Comunión de los Santos)

Que el Señor nos acompañe con su gracia para que durante esta Cuaresma nos acerquemos más a Dios, a nuestra familia y a nuestros amigos. Para que intentando dominar nuestro egoísmo secundemos las inspiraciones que nos vienen del cielo.