Nueva entrega de los artículos con los que nuestro ecónomo diocesano, José Huerva, nos ayuda a reflexionar acerca de la corresponsabilidad y sostenibilidad de nuestra iglesia.

La Iglesia es una familia, la familia de los hijos de Dios, “que hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él” (1Jn 4,16). Esta fidelidad a nuestra identidad cristiana la vivimos principalmente en nuestra parroquia, nuestra cofradía, asociación o movimiento, que como en cualquier familia estamos llamados a demandar todo lo que necesitamos y a ofrecer tanto como podamos.

En la Iglesia como familia de los hijos de Dios pedimos principalmente lo que no podemos otorgarnos a nosotros mismos por nuestros propios recursos: el amor incondicional que nos dignifica como personas y que como consecuencia encontramos la felicidad que tanto anhelamos: la “añadidura de la búsqueda del Reino de Dios y su justicia”(Mt 6,33); pero también estamos dispuestos a ofrecernos tanto como podamos para servirla en su misión pastoral y evangelizadora dedicando nuestro tiempo y nuestros recursos económicos como expresión de nuestra propia entrega.

La entrega de cada uno de sus miembros a la familia de los hijos de Dios es el signo más elocuente de la presencia de Dios que nos habita a la vez que muestra nuestra respuesta agradecida: “¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?” (1Cor 3,16). Porque estas convencidos de ello, nos entregamos a su servicio: “¡Nadie es inútil en la Iglesia: todos somos necesarios para construir este templo! Nos invita a reflexionar sobre el hecho de que si falta el ladrillo de nuestra vida cristiana, le falta también algo a la belleza de la Iglesia”.(Papa Francisco 27 de junio 2013).

Nadie es tan pobre que no pueda aportar nada, y nadie es tan rico que no necesite nada de esta familia de la que formamos parte: la Iglesia. Por eso nuestra participación comunitaria, en muchas ocasiones discreta, callada y humilde, muestra la belleza de la gratuidad como respuesta a la gracia de Dios que nos llamó a ser de su familia: “sin que hablen, sin que resuene su voz, a toda la tierra alcanza su pregón y hasta los límites del orbe su leguaje” (Sal 18, 4-5). Edificar la Iglesia, desde nuestras comunidades de origen, más allá de su tamaño cuantitativo, es un verdadero testimonio evangelizador.