Un “retiro” imprevisto

Ya de regreso en el monasterio marroquí, donde resido habitualmente desde hace años, quisiera compartir un poco como se ha vivido, en la clausura, el tiempo de confinamiento a causa de esta pandemia. La mayor parte de este tiempo la he pasado en España. 

Yo marché a España el 7 de marzo para participar en Madrid en la reunión anual del DIM Ibérico. Para los que no sepan lo que es, el DIM/MID (Dialogo interreligioso monastico / Monastic Interreligious Dialogue) es una organización monástica internacional que fomenta y apoya el diálogo a nivel de experiencia y prácticas religiosas, entre monjes y monjas cristianos y los seguidores de otras religiones.  Como comisión de la confederación benedictina y con vínculos oficiales con las dos ramas de la orden cisterciense, actúa en relación con el Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso de la Santa Sede y en la colaboración con otras organizaciones que fomentar el diálogo interreligioso. También entabla un diálogo espiritual con seguidores de religiones que no tienen una forma institucionalizada de monaquismo, por ejemplo, y en particular, con musulmanes. Pero no es el momento de extenderme demasiado en hablar del DIM. Ya habrá otras ocasiones.

Marché algunos días antes con la intención de pasar por mi monasterio de origen, y providencialmente fue así, con lo que el periodo de confinamiento más riguroso tuve la bendición de pasarlo entre los muros de Santa María de Huerta. Y allí estuve, sin poder regresar a Marruecos, hasta el 16 de Julio, en un vuelo de la compañía RAM (Royal Air Maroc) con repatriados marroquíes y con extranjeros que vivíamos allí y disponíamos del Permiso de Residencia. 

También valoramos cuánto nos hemos beneficiado del hábitat privilegiado del monasterio, del entorno y de la gracia de nuestra vocación para poder vivir esta experiencia en paz y en la confianza en Dios. En nuestros monasterios, el confinamiento impuesto por el Estado no fue una gran novedad, pues, a diferencia de la sociedad civil a la que se le impuso, en nuestro caso, es un estilo de vida que hemos elegido y forma parte de nuestra vida cotidiana, y por las condiciones materiales somos ciertamente privilegiados. 

En primer lugar, los monasterios disponen de grandes espacios, incluso externos con las huertas y los jardines. Es un gran privilegio si lo comparamos con la mayoría de las familias que lo han debido pasar dentro de un apartamento. Por otro lado, no tenemos el problema de la soledad, vivimos en comunidad y es otro privilegio, en tiempos de confinamiento. También la bendición de tener trabajos y tareas, que no faltan en un monasterio y ayudan a evitar otros problemas añadidos, como la inactividad, que dañan mucho psíquica y físicamente, a las personas confinadas que no pueden tener una ocupación. Y especialmente tener la posibilidad de la oración comunitaria y los sacramentos.

A todo esto, añadir que los monjes y monjas estamos habituados a vivir confinados, aunque sea de forma voluntaria y según nuestro deseo. Pero eso no quita que comprendamos bien y nos pongamos en el lugar de los demás. Para muchos es una situación muy negativa en sí misma, ya que implica un aspecto carcelario, y por lo tanto el encierro, la privación de libertad.

Sin embargo, tuvo efectos y consecuencias en nuestra vida diaria. Se cerraron las puertas de los monasterios: se suspendieron las actividades de acogida, se cerraron las hospederías, las tiendas de las porterías. Los hermanos tuvieron que sustituir las actividades de los empleados, que quedaron confinados en sus casas.  

También nos afectó en la vida litúrgica. Fue de lo más costoso la celebración a puerta cerrada de la Eucaristía y de los Oficios, sin mencionar la frialdad de un Triduo Pascual en solitario. 

La mayor soledad tuvo el efecto de centrarnos en el corazón de nuestra vocación como comunidad en el desierto, de silencio, de búsqueda de lo único necesario. y una invitación a vivir más conscientemente nuestro papel de súplica e intercesión por la humanidad. Durante este tiempo de prueba hemos incluido en nuestra oración a todos aquellos que fueron afectados por el Covid 19, a los cuidadores y también a todas las familias separadas de sus enfermos y de sus muertos. Los testimonios que hemos recibido son conmovedores. La oración era más universal: «Que Dios sane a todos los que sufren de coronavirus en todos los países del mundo», lo que también evoca sociedades donde la epidemia compite con otros flagelos dramáticos, empezando por la guerra, la miseria, el hambre y sus corolarios de situaciones sanitarias desastrosas.

En nuestro monasterio de Marruecos, el contexto, en un país musulmán, las relaciones de convivencia y amistad que buscamos vivir con nuestros vecinos y amigos son un aspecto característico e importante de nuestra vida monástica especial. Y algunos de ellos de nosotros echamos de menos estas relaciones, durante el periodo más estricto. Como a otros monasterios de la Orden, el confinamiento ha afectado a nuestra economía. Dado que la hospedería es nuestra principal fuente de ingresos, su aportación será casi nula este año. Pero cabe señalar que, durante el confinamiento, las autoridades de nuestra Villa de Midelt, atentas a nuestra situación, hicieron donaciones a la comunidad con productos alimenticios, lo que redujo considerablemente nuestros gastos de alimentación. 

Sería inapropiado elogiar el confinamiento por sus virtudes, pero hay que reconocer que esta pandemia ha ralentizado el ritmo de vida, para experimentar un clima de silencio más denso, para favorecer, a nivel espiritual, lo que el ritmo habitual no permite vivir de la misma manera, tanto para la oración (la intercesión más marcada) como para la implicación en la vida común. Como monjes, en comunión con la Iglesia, es con la oración como podemos acudir en ayuda de la humanidad de nuestro tiempo, enfrentada a su verdadera fragilidad, y cargando con nuestro mundo tan probado. En el camino de la fe, avanzamos juntos en la presencia de Dios con nuestros momentos de asombro maravillado y con nuestros interrogantes. Maravillas que tantos hombres y mujeres han hecho posibles durante esta época de pandemia: tantos testimonios de vidas entregadas, de vidas ofrecidas, para apoyar y tratar a las personas enfermas del covid19. ¡Qué pequeños milagros de caridad, solidaridad y entrega desinteresada! Por todo ello queremos dar gracias a Dios, que está en el origen de todo bien del que somos capaces los seres humanos.