Stefano Guarinelli, sacerdote y psicólogo: “La unidad de vida es un valor muy grande”

Stefano Guarinelli (Milán, 1960) es el referente de hoy en todo a cuanto se refiere a psicología sacerdotal y formación integral. Graduado en Psicología y Teología por la Pontificia Universidad Gregoriana, se ha especializado en psicoterapia. Ha sido formador hasta ahora en el Seminario Arzobispal de Milán y acaba de ser promocionado, así que tendrá que trasladarse a Roma próximamente, según nos informa en exclusiva. En medio de su agenda internacional, nos hace un hueco y viaja hasta Zaragoza para compartir una jornada de formación con los sacerdotes de la metrópoli.

¿A qué se debe su visita a Zaragoza?

Me ha invitado D. José Antonio Satué, obispo de Teruel y Albarracín. Lo conocí cuando era un cura «normal», no desde el punto de vista psicológico sino vocacional (risas). Nos conocimos y me invitó a compartir una jornada con los curas jóvenes de Aragón bajo el lema “Peligros, retos y oportunidades del ministerio”. A partir de las herramientas que voy a introducir en la primera parte, pondré ejemplos de situaciones que he venido observando y por las que pueden pasar los curas jóvenes de hoy. Yo pertenezco al Antiguo Testamento y antes las cosas no eran iguales que ahora.

Ha publicado recientemente dos libros: sobre la madurez sacerdotal y sobre el celibato. ¿Cree que guardan relación con las cuestiones de homosexualidad y abusos, según defienden algunos medios de comunicación? Es un tema que ha aparecido en el Sínodo sobre la Sinodalidad.

La primera cuestión que hemos de considerar para abordar este tema desde un punto de vista riguroso y correcto es que tenemos que plantearnos todas las posibilidades, sin olvidar ninguna. Lo digo porque, tratando estas cuestiones, enseguida empezamos defendiéndonos. Yo tampoco creo que hay relación entre abuso, celibato y homosexualidad. Pero la bondad y validez de una afirmación se sustenta en los argumentos, no “porque lo digo yo”. Eso se llama fundamentalismo y se lo dejamos a otras personas.

Estos temas se tienen que investigar desde una perspectiva rigurosa. El celibato, en primer lugar, en sí mismo, no es un valor. Esto habrá que decirlo. La exaltación del celibato no tiene sentido porque, en sí, no tiene valor. Lo que tiene valor es el celibato para el Reino de los Cielos. Y, aunque parezca que es lo mismo, no es lo mismo. El celibato, en sí mismo, es una condición que tiene muchísima ambigüedad. Hoy, incluso más. Puede tener muchas ventajas en la relación con los demás: el hecho de no tener hijos, no tener mujer y no tener suegra supone muchas ventajas. Pero el acceso al tema del sexo es tan fácil a través también de los dispositivos móviles que puede no ser un problema para las personas célibes. Y cierta exaltación de la experiencia sexual, incluso prescindiendo de la experiencia afectiva, hoy cuenta con mucha más legitimidad cultural. El cura tampoco va a ser insensible a esto.

El que abusa ejerce un poder, pero el impotente es él

¿Cuáles pueden ser las consecuencias de este celibato que no está entregado?

Eso supone que haya que preguntarse cómo vive cada uno su celibato. Porque, si es un celibato “que ahí se queda” y no es un celibato para el Reino de los Cielos, eso puede ser cómplice de una hibernación de dinámicas evolutivas. El celibato vivido, no por el Reino, sino de forma casi defensiva o autoprotectora puede ser cómplice de un bloqueo en el desarrollo psicológico de la persona y, claro, las consecuencias son previsibles: desde luego, cierta frialdad, compensaciones “a tope”. Y puede estar relacionado con el tema del abuso. No por la cuestión sexual, sino por la cuestión identitaria. Si yo quiero a una persona y esa persona me corresponde, me siento amado, amable y amante. Eso es configurador. Si no es el caso, podemos caer en una inferioridad muy grande desde el punto de vista afectivo. 

Los periódicos escriben que, si los curas nos pudiésemos casar, no habría abusos. A lo mejor tienen razón, estoy dispuesto a razonar sobre el tema. Pero me pregunto: si fuera realmente ese el problema, ¿por qué un cura que necesita afecto o incluso sexo no se involucra en una relación con una mujer o un hombre –si tiene orientación sexual homosexual– de su misma edad? ¿Por qué tiene que ser un niño? Por eso, yo creo que está implicada la identidad. Porque la persona que no se siente amable, poco a poco, va deteriorando su imagen de sí mismo y no sintiéndose a la altura de la situación. Acaba identificándose o reconociendo que la única experiencia que puede vivir es con alguien menor, un niño.

¿Cómo se explica lo inexplicable, este fenómeno de los abusos en el seno de la Iglesia?

La interpretación que considero más acertada es la del bullying. El matón ejerce un poder, que es un abuso, pero el impotente es él. Por eso, no es el poder de una persona fuerte, sino el poder de una persona débil. Por eso, se mete siempre con alguien que el grupo percibe débil. Bastante frecuentemente el matón se mete con alguien con el apoyo y la complicidad de un conjunto de iguales. Eso demuestra su debilidad.

¿Cuál debería ser el perfil de un sacerdote joven y sinodal en el mundo de hoy?

Yo soy italiano, pero sé que en España se habla de “los gallegos” como aquellos que te responden con otra pregunta. A mí se me ocurre una congregación religiosa, pero no la voy a decir, me quedo con los gallegos (risas). Es que cuando tratamos estos temas, utilizamos una perspectiva unipersonal que resulta vieja, obsoleta. Cuando un adolescente hace gamberradas, nos preguntamos qué le pasa. Pero habría que preguntarse: “¿Qué le pasa con los demás?”. En el tema de los abusos, siempre se considera al abusador una manzana podrida. Pero en esta Iglesia, con su mensaje, con su forma de “ser grupo”, no se puede independizar eso de la patología de la persona individual. Aquí nos pasa igual: sinodalidad de los curas, de los obispos, pero con esta Iglesia concreta, con estos curas concretos y obispos concretos.

Es como el tema de la mujer: no puede abordarse solamente por medio de documentos. El Papa Francisco toma medidas: hace nombramientos con gran valor simbólico. En la sinodalidad pasa algo parecido: los mensajes que la Iglesia envía, no sólo con los documentos sino con acciones concretas, modifica luego la forma de hacer formación. Porque, si no, seguimos hablando del tema, pero no lo vivimos.

El sacerdote para hoy, que se deje corregir

Pero, ¿se atreve con el perfil?

El celibato no ayuda. Eso habría que saberlo. Conozco a curas que son muy brutos, incluso en la forma de ocuparse de sí mismos. Igual ahora tiro de estereotipos culturales, pero una mujer no permite que hagas ciertas cosas. En nuestra formación, nos acostumbramos a ser autorreferenciales. En estos últimos años, he trabajado con congregaciones y grupos religiosos que habían tenido experiencias traumáticas con el fundador. Los ejemplos se multiplican. Yo no sé si todos esos abusadores eran patológicos pero, desde luego, todos tenían un rasgo común: la autorreferencialidad. Era gente muy buena que empezó diciendo cosas sensatas y evangélicas, y luego hizo cosas horrorosas. Creo que, poco a poco, empezó a confundir la experiencia cristiana con algo que “yo decido”. “La Iglesia soy yo”, como decía el Rey Sol de Francia. 

Yo fundo una congregación o sociedad de vida apostólica, pero yo hago lo que me da la gana. Ya venía en el evangelio (cf. Mt 23, 3) y es tan evidente que se podría pensar que todo el mundo lo nota. Pero no es así. Más bien sucede como con la cocción de una rana, en la que la temperatura ha de elevarse poco a poco. La rana, a lo mejor, no se da cuenta de que va a morir hervida. Es lo que les pasa, poco a poco: “Yo fundo comunidad, pero no vivo con los demás, vivo fuera”. “Yo pobre, pero necesito un sueldo un poco mayor”. “Todos sin coche, pero yo, con uno particular”. 

Entonces, como perfil: en primer lugar, que oriente su celibato hacia el Reino…

No lo demos por supuesto.

… y, en segundo lugar, que no sea autorreferencial.

Que se deje corregir, que sea dócil. No es que los demás siempre tengan razón. Pero si alguien piensa que es el que más se conoce, ya ha caído en un planteamiento equivocado. Es posible que uno sea el que ve cosas que otros no ven, pero igual los demás ven cosas que yo no veo. Y aceptar, eso, para mí, es básico.

El niño tiene más recursos para entender el misterio de Dios

¿Hasta qué punto es importante la espiritualidad del abandono, de la infancia espiritual, a la que alude con sus palabras y que subraya en su libro El sacerdote inmaduro (Ediciones Sígueme, 2014)?

Es necesaria. Es importantísimo. Eso viene en el evangelio. Jesús insiste muchísimo en hacerse como niños (cf. Mt 18, 3) y lo que más me fascina es que una frase de ese tipo sólo Jesús podía decirla. Porque San Pablo –que tenía que ser pesadísimo, santo igual, pero no es Jesús– dice: “Cuando yo era niño, hablaba como un niño, sentía como un niño, razonaba como un niño. Cuando me hice un hombre, acabé con las cosas de niño” (1 Cor 13, 11). Parece que acierta más Pablo que Jesús. Pero Jesús no se refiere a lo mismo. Es como si Jesús dijera que el niño tiene más recursos para entender el misterio de Dios. No es cierto que la evolución nos lleve a un perfeccionamiento en ese conocimiento.

Más allá de que esta frase aparezca en los recordatorios, ¿qué significa concretamente hacerse como niños? Ellos tienen una actividad necesaria, como es el juego. La persona adulta que no sabe jugar, no va a abordar la vida de un modo adecuado: ni la terapia, ni la oración. En la terapia, hará trampa; en la oración, actuará como un actor de teatro. La oración es un ejercicio infantil, en el sentido de que sólo puede hacerse desde la infancia espiritual. 

Escuchándole, me viene a la memoria la teoría del Personalismo Integral sobre la identidad relacional. Tu madre es la primera que te define, cuando eres un niño. ¿Hay un conflicto en torno a la identidad sacerdotal en un mundo occidental que ya no lo valora socialmente, para el cual parece resultar insignificante?

Sí, por supuesto. De esto hablo hoy también a los sacerdotes. Los seres humanos vivimos de símbolos. Yo no comparto esa imagen aristotélica del ser humano como “ser racional”. Racional, muy poco. Simbólico, mucho. Cuando los símbolos se hacen líquidos en una cultura, también el sacerdote padece un poco de “desidentificación”, no sé si me invento palabras. Claro, eso se puede vivir con gran frustración, porque a nivel social uno ya no se siente nadie, desde el punto de vista psicológico; o como un reto. Esto es un reto, desde luego, porque sin identidad no sobrevivimos. Estar solo es difícil, pero no es imposible. No ser nadie es una situación que el ser humano no puede vivir, desde el punto de vista identitario. Incluso, el ermitaño vive solo, pero su separación del mundo significa que no puede prescindir de él, aunque viva alejado.

Muchos de nuestros lectores no son sacerdotes, la mayor parte de ellos. Me ha llamado la atención la perspectiva de su libro Entre marido y mujer (Ediciones Sígueme, 2017): ¿A qué se refiere con el aislamiento del que habla?

Siempre se ha dicho que los trapos sucios se lavan en casa. Eso conlleva una consecuencia que habría, por lo menos, que poner de manifiesto: algunas personas que llegan a casarse o a compartir una vida se aislan un poco de la realidad y llegan a pensar que los que mejor conocen la vida de pareja son los dos. Aquí pasa algo bastante parecido a lo que comentaba con los sacerdotes. Esa sensación de autorreferencialidad. Lo interesante de la terapia familiar y de pareja, aunque parezca una cosa un poco rara o exótica, puede ser la mirada desde otra perspectiva. Es curioso comprobar que, muchas veces, las personas se portan de una manera en pareja y, cuando vienen solos, de una manera diferente. Esto significa que los dos, no son sólo su realidad en pareja ni su realidad estando solos. La clave es que la pareja no se aísle.

La última cosa –que también la incluyo en El sacerdote inmaduro– es que el humor no salva, pero ayuda. Y no es el sarcasmo, donde uno le toma el pelo al otro o incluso le humilla. ¡No! Es el sentido del humor, donde a los dos les gusta bromear sobre ellos mismos y sobre el otro. Pero lo pasan bien los dos. Así que… gente demasiado seria, mejor curas, pero que no se casen.

Y curas tampoco (risas). Muchas gracias por atendernos, es una oportunidad tenerle aquí, considerando su apretada agenda. ¿Con qué le gustaría que nos quedáramos en esta jornada?

Que no temamos el reto de la complejidad. Toda asunción demasiado simplista puede parecer que nos ayuda a aclarar las cosas, pero la realidad es otra. Esto puede ser una tentación muy grande para los curas jóvenes: no aceptar el reto de la complejidad, incluida la que tenemos nosotros mismos. Se percibe el atractivo de esa seducción que es la conexión y desconexión: hoy soy seminarista, mañana no; hoy soy hombre, mañana mujer. Eso de internet y la cultura de hoy puede tener mucho atractivo, pero fragmenta la realidad. La unidad de vida, a pesar de todo, es un valor muy grande. 

El mundo de hoy es muy difícil de leer. Hoy en día, ¿quién tiene respuestas para todo? Sólo hay que ver al ganador “no binario” de Eurovisión: Nemo –que, paradójicamente, significa nadie–. Precisamente el tema del cuerpo es parte del reto, también para los sacerdotes. Y, es un buen reto, porque no lo hemos trabajado lo suficiente.