Sexta entrega de las piezas en las que nuestro ecónomo diocesano, José Huerva, nos ayuda a reflexionar acerca de la corresponsabilidad y sostenibilidad de nuestra iglesia.

Es conocida por su popularidad la frase Saint-Exupéry: “Lo esencial es invisible a los ojos”, que el autor de El Principito pone en la boca del zorro al iniciar una relación de amistad con el niño, indicando que ese valor maravilloso, requiere el esfuerzo y el sacrificio de la lealtad. Efectivamente, la amistad no se ve, como no se ven el resto de los valores humanos, pero se hace patente por la lealtad incondicional de los amigos, que se acrecienta y se fortalece en medio de la dificultad; los amigos son más amigos y la experiencia gratificante de la amistad transforma nuestra vida; esto es la belleza de lo invisible.

Los valores se han de encarnar en actitudes humanas concretas para que no pierdan su carácter axiológico como camino de humanización. Lo contrario los convierte en entelequias abstractas de lo políticamente correcto, que quedan muy bien para sacarlos a colación en situaciones de lamento por la pérdida de dichos valores.

Nuestra comunidad eclesial, como la propia vida, es un gerundio, algo que se va construyendo permanentemente; por esta razón recordamos las palabras del apóstol San Juan: “No amemos de palabra ni con la boca, sino con obras y de verdad” (Jn 3,18). Los que formamos parte de las diversas comunidades cristianas de la Diócesis, queremos poner de manifiesto con las actitudes de la corresponsabilidad, la generosidad, del sacrificio, del desprendimiento: la belleza de la obra del Amor de Dios que es la Iglesia; descubriendo el valor que da sentido a nuestras vidas: “Gustad y ved que bueno es el Señor, dichoso el que se acoge a él” (Sal 33,9); y lo queremos hacer “con obras y de verdad”; no sólo por nuestro propio desarrollo personal como cristianos, evitando que fenezcan nuestras comunidades por inanición, sino también, como fermento y luz de “ la alegría pascual dada a luz en el dolor” tal como cantamos en uno de los himnos de Pascua; la experiencia gratificante e inconmensurable de la felicidad que Dios regala a los que son fieles.

Sosteniendo nuestras propias parroquias, y contribuyendo con las necesidades de los más necesitados de nuestro tiempo, somos la única levadura que puede fermentar la masa de nuestro mundo con nuestro tesoro más preciado, aquel que “transciende toda filosofía: el amor cristiano” (Ef 3,19). “Lo esencial es invisible a los ojos”, nos hace dichosos, porque edifica la Iglesia y humaniza nuestra sociedad.