San Ramón, un obispo libre. Carta del obispo de Barbastro-Monzón. 21 de junio de 2026

Ángel Pérez Pueyo
19 de junio de 2026

Quizá lo más potente, relevante y significativo de este año jubilar que vamos a iniciar, por benevolencia del propio Papa, sea descubrir en nuestro patrono un verdadero itinerario de libertad interior en nuestra vida. Su secreto fue ser realmente libre.

Muchos, durante este año, tal vez descubran su vida y sus obras. Otros hablarán de sus decisiones. Algunos evocarán sus conflictos. Pero el verdadero secreto de san Ramón fue su libertad. Tan libre que nada pudo apartarlo de Dios. Tan libre que pudo amar sin medida.  Tan libre que nueve siglos después siguen hablándonos. Porque el mundo, tal vez pueda  necesitar más expertos pero Dios sigue necesitando hombres y mujeres libres.

Os ofrezco este decálogo como mi mejor regalo para este año de gracia para que os pueda servir como la hoja de ruta en vuestra vida interior.

San Ramón, obispo no al uso porque fue:

1. Libre para que Dios fuera Dios. San Ramón comprendió algo que muchos olvidan: él no era el centro. No buscó construir su obra, sino la de Dios. No vivió para que hablaran de él, sino para que Dios fuera conocido y amado, que «nadie se pierda». Por eso pudo desaparecer sin perderse ya que quien pone a Dios en el centro encuentra su verdadera libertad.

2. Libre del poder. Tuvo autoridad, pero nunca fue esclavo de ella. No confundió gobernar con dominar. No utilizó el cargo para imponerse. Sabía que el verdadero pastor camina delante para indicar el camino, en medio para acompañar y detrás para no dejar a nadie rezagado. Su autoridad nacía de la coherencia y la transparencia, no del poder.

3. Libre del prestigio. No necesitó aplausos. No buscó reconocimiento. No vivió pendiente de su imagen. Prefirió ser fiel antes que popular. Y esa es una de las libertades más difíciles de alcanzar. Porque pocos resisten la tentación de gustar a todos.

4. Libre del miedo. Vivió tiempos complejos. Tuvo que tomar decisiones difíciles. Experimentó conflictos e incomprensiones. Y, sin embargo, no permitió que el miedo dirigiera su vida. Porque sabía que quien se apoya en Dios puede atravesar cualquier tormenta. La valentía no consiste en no tener miedo.Consiste en no dejar que el miedo decida por uno. Permanecer fiel.

5. Libre para las personas. Antes que obispo fue pastor. Antes que estratega fue padre. Antes que administrador fue hermano. Por eso recorrió caminos, escuchó historias y compartió la vida de su pueblo. Comprendió que las personas nunca son un medio. Siempre son el fin.

6. Libre de la comodidad. No eligió la vida fácil. No buscó instalarse. No se acomodó en lo ya conseguido. Siempre estuvo en camino. Sabía que la comodidad es el mayor enemigo de la misión. Porque una Iglesia instalada deja de parecerse al Evangelio.

7. Libre para defender la verdad. Cuando tuvo que defender la dignidad de su pueblo, lo hizo. No se escondió. No calló por conveniencia. No cedió por interés. Pero tampoco cayó en la agresividad. Fue firme sin dureza. Valiente sin violencia. Convencido sin convertirse en enemigo de nadie.

8. Libre para vivir la comunión. Pocas cosas le importaban tanto como la unidad. Entendió que la verdad sin amor divide. Y que el amor sin verdad se vacía. Por eso buscó siempre unir. Tender puentes. Crear familia. Construir Iglesia. Sabía que la comunión no es una estrategia. Es el nombre humano de la Trinidad.

9. Libre para servir. No quiso ser servido. Quiso servir. Y esa es la medida de toda santidad. Se inclinó ante los pobres. Acompañó a los frágiles. Consoló a los heridos. Porque descubrió el secreto del Evangelio: quien vive para sí mismo acaba empequeñeciéndose. Quien vive para los demás ensancha el corazón hasta la medida de Dios.

10. Libre para entregarlo todo. Ésta fue su última libertad. La más difícil. La definitiva. No reservarse nada. Ni prestigio. Ni seguridad. Ni futuro. Ni siquiera la propia vida. San Ramón comprendió que la libertad no consiste en hacer lo que uno quiere. Consiste en poder entregarse por entero a aquello para lo que ha sido llamado. Y él se entregó hasta el final.

Ojala, cada uno, cuando concluya este Año Jubilar se interrogue «¿de qué tengo que liberarme yo para parecerme un poco más a él?». 

Con mi afecto y mi bendición

Ángel Javier Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón

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