Hoy me he despertado quince minutos antes de la hora de levantarme con el sobresalto de recordar, inopinadamente, que tenía pendiente la tarea de escribir lo que ahora tienes ante los ojos. En ese cuarto de hora agridulce, en el que se remolonea la obligación de abandonar la cama, me he puesto a pensar en mi artículo, y me ha deslumbrado, como un fogonazo, la pregunta: “¿Para quién soy yo?” Por lo visto, la leí antes de acostarme, quedó impresa en mi subconsciente y ha emergido al despertarme.

La pregunta es del papa Francisco, en su exhortación Christus vivit dirigida a los jóvenes, como alternativa a otra que frecuentemente muchos se hacen. Dice el Papa: «Muchas veces perdemos el tiempo preguntándonos: “Pero ¿quién soy yo? Y tú puedes preguntarte quién eres y pasar toda una vida buscando quién eres. Pregúntate: “¿Para quién soy yo?”». La cosa tiene miga, porque en lugar de abrir la puerta a un sicoanálisis interminable buscando la identidad perdida o tal vez nunca poseída, Francisco, con su lenguaje directo y su talante práctico, nos sitúa ante la alternativa de buscar una respuesta útil y liberadora. Cuando uno percibe que es valioso para alguien, no sólo se da cuenta de que importa a otros, sino que también les aporta algo interesante, y el propio vivir cobra sentido.

Es la pregunta que sería bueno que se hiciese todo adolescente cuando empieza a percibir en su interior el “run-run” de afirmar su personalidad. En lugar de echarse en brazos de una originalidad mal digerida, que es la salida más socorrida para afirmar que “aquí estoy yo”, esa pregunta —¿para quién existo?— ha llevado a muchos jóvenes a resolver la inevitable crisis de identidad, que llega en esa época de la vida, de una manera creativa y satisfactoria. En los archivos no escritos de los voluntariados, puede encontrarse el historial de muchas vidas salvadas de la inseguridad por su entrega a una causa noble y solidaria.

La Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones ha elegido, con acierto, este lema: «¿Para quién soy yo?». Y proporciona los mimbres para construir la respuesta con la respuesta del Papa a la pregunta: «Eres para Dios, sin duda. Pero Él quiso que seas también para los demás, y puso en ti muchas cualidades, inclinaciones, dones y carismas que no son para ti, sino para otros». Tal vez los adultos debamos romper, de una vez por todas, con esa conspiración de silencio en torno a la vocación, en su sentido más propio, urdida de unos años a esta parte, que alimenta la escasez de vocaciones sacerdotales y religiosas que acongoja a nuestras Iglesias. Porque si a los espontáneos impulsos hacia el bienestar, que nacen en el corazón humano, añadimos sólo la cultura del triunfo y del mínimo esfuerzo, el plato estará perfectamente cocinado para ser escogido, por defecto, en la carta de opciones que en esos momentos clave de la vida hay que tomar.

Un día oí a un sacerdote ya difunto que, cuando tenía diez años, fue testigo del asesinato del cura de su pueblo, víctima de la persecución religiosa en tiempos de la guerra civil. Tan trágico acontecimiento suscitó en él un propósito: “Yo le sustituiré”, y dos años después ingresó en el Seminario. Ese talante de “ser para los demás” es la tierra en la que arraigan todas las vocaciones y profesiones que han sido fecundas para la humanidad y, sin este humus, nuestra tierra sólo produce las zarzas y abrojos que tantas veces lamentamos.

Todo esto que acabo de poner en orden, negro sobre blanco, ha bullido en mi cabeza durante esos quince minutos, que Dios quiera que sean de provecho.