Un café con Jesús. Flash sobre el Evangelio del VI Domingo de Pascua – B – (05/05/2024)

Hoy, la homilía también se ha centrado en la primera lectura (Hch 10, 25-26. 34-35. 44-48). En ella se resumen los pasos que dio la comunidad de Jerusalén hasta abrir las puertas de la Iglesia a los paganos, permitiéndoles acceder al Bautismo sin tener que hacerse israelitas por la circuncisión. El Espíritu Santo se derramó con tal intensidad sobre Cornelio y su familia en presencia del apóstol Pedro que éste se preguntó: «¿Se puede negar el bautismo a los que han recibido el Espíritu Santo igual que nosotros?». Desde entonces la Iglesia se hizo católica. Pero el evangelio de hoy (Jn 15, 9-17) es tan hermoso que no he querido que, como el domingo pasado, nos falte tiempo para comentarlo y mientras acercaba los cafés he dicho a Jesús:

– ¿Cómo se te ocurrió decirnos «vosotros sois mis amigos…»?

– ¿Es que no lo sois? -me ha respondido subrayando intencionadamente sus palabras-.

– ¡Hombre! -he reaccionado en tono coloquial-, ya quisiera serlo, pero tantas veces dejo de seguir tus pasos y me olvido de cumplir lo que te prometí hacer…

– … que no te atreves a confiar en que yo quiera ser tu amigo -ha dicho completando la frase que había quedado en el aire-. Mira, olvidas algo que el evangelista Juan escribió en su evangelio. Juan recoge lo que pasó en la cena de despedida: lavé los pies a mis discípulos y me puse serio con Pedro, porque no quería que yo le lavase los pies; él consideraba que lavar los pies a otro era tarea de esclavos y el Mesías -¿recuerdas que él había confesado públicamente que yo era el Mesías?- no debía ser esclavo. Cuando por fin Pedro comprendió por qué le lavaba los pies, añadí: «Vosotros me llamáis ‘el Maestro’ y decís bien, porque lo soy. Pues si yo os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros…». La despedida fue larga y, antes de levantarnos de la mesa, dije lo que hoy recoge el evangelio: «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos… Vosotros sois mis amigos. Ya no os llamo siervos…»

Me he quedado callado repensando sus palabras mientras Jesús tomaba un sorbo de café. Luego, él me ha mirado con un gesto especialmente amistoso y ha añadido:

– Además os advertí: «No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido; y os he destinado para vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure».

– O sea, que dejaste claro que eres tú quien ha querido que seamos amigos. Pero tengo una pregunta: en la predicación, en los ejercicios espirituales, en los retiros y en otras exhortaciones, los pastores de tu Iglesia nos animan con insistencia a decidirnos por ti. ¿En qué quedamos? ¿Eres tú quien nos eliges o te elegimos nosotros?

Ahora, Jesús me ha sonreído para darme confianza y ha continuado:

– ¿No decís vosotros que nunca riñen dos si uno no quiere? Pues tampoco llegáis a ser amigos si uno de los dos no quiere. Cuando alguien os parece inalcanzable, es decisivo percibir que esa persona toma la iniciativa. Entonces, un gesto, una palabra amable o, como en este caso, mi personal invitación os deja ver que no soy inalcanzable y que podéis ser amigos míos. Pero también es indispensable que vosotros deis un paso adelante y cojáis mi mano tendida. Durante mi misión en la tierra, pregunté a los Doce en un momento de crisis: «¿También vosotros queréis marcharos?». Su respuesta consolidó nuestra amistad para siempre.

– Gracias, Jesús, por querer ser mi amigo. Yo nunca me hubiera atrevido a sentirme amigo tuyo, si tú no me hubieses elegido…

– … Y destinado a dar fruto abundante -me ha recordado sonriendo-.