SALMO 128

Descarga aquí el pdf completo

1 ¡Dichoso el que teme al Señor,

y sigue sus caminos!

2 Comerás del fruto de tu trabajo,

serás dichoso, te irá bien.

3 Tu mujer, como parra fecunda,

en medio de tu casa;

tus hijos, como renuevos de olivo,

alrededor de tu mesa.

4 Ésta es la bendición del hombre

que teme al Señor.

5 Que el Señor te bendiga desde Sión,

que veas la prosperidad de Jerusalén

todos los días de tu vida;

6 que veas a los hijos de tus hijos.

¡Paz a Israel!

INTRODUCCIÓN

El tema del salmo 128 es una prolongación del salmo anterior, también en estilo sapiencial, Los dos salmos se podrían resumir de esta manera: “Nada es posible sin Dios; todo es posible con él” (Emmanuel).

La primera parte, con las imágenes de la vid y el olivo, presenta un cuadro idílico. La vid representa a la esposa, madre fecunda, rodeada de brotes de olivo, que son los hijos.

El padre se siente satisfecho recogiendo los frutos de su trabajo. El salmo nos permite descubrir la riqueza interior de un fiel israelita que sabe disfrutar de los sencillos goces de la vida familiar.

La segunda parte, de tono más grave, hace alusión a una fórmula de bendición que se ensancha hacia el futuro de la familia y hacia el futuro de todo Israel, a quien augura la paz, síntesis de todos los bienes.

REFLEXIÓN-EXPLICACIÓN SOBRE EL MENSAJE ESENCIAL DEL SALMO

Dios siempre nos llama para que seamos felices (v. 1).

El salmo comienza con una bienaventuranza: “Dichoso”. Antes de tratar el tema y desarrollarlo, el salmista nos sorprende con una invitación a la alegría. En las cosas de Dios la felicidad va por delante. Cuando uno opta por buscar a Dios, por seguir sus sendas, es feliz desde el comienzo.

Teme al Señor el que le respeta y le reconoce como su Dios. En realidad, el único miedo que cabe con Dios es el miedo a perderle, el miedo a no poder gozar de su presencia.

San Agustín hace este bonito comentario: “Imagínate a una mujer casta que teme a su marido y a otra adúltera que igualmente le teme. La casta teme que se aparte de la casa, la adúltera teme que venga. Si el marido está ausente, la casta teme que tarde, la adúltera teme que llegue”.

A una persona le va bien en la vida, cuando disfruta haciendo sencillamente lo que tiene que hacer (v. 2).

El primer motivo de la dicha doméstica del justo es una subsistencia amplia y segura. Dios bendice la labor del campo asegurándole buenas cosechas. “En un principio están los trabajos de los frutos y después el fruto del trabajo” (san Agustín).

El asegurar el fruto de los trabajos era una seductora perspectiva para un agricultor de Palestina, pues era frecuente que las sequías, las langostas y otras plagas les impidiesen recoger lo que habían sembrado. Por otra parte, los saqueos de los nómadas, precisamente al terminar la recolección, no les dejaban comer lo que habían recogido.

“Sembrarás mucha semilla en el campo, pero cosecharás bien poco, porque la langosta la devorará. Plantarás viñas y las cultivarás, pero no beberás su vino, ni recogerás nada, pues el gusano las roerá. Tendrás olivos por todo tu territorio, pero no te ungirás con su aceite, porque las aceitunas se caerán. Los árboles y los frutos de tu suelo serán presa de la langosta” (Dt 28,38-40.42).

Además de recoger su fruto, el campesino se realiza en su trabajo, goza con su trabajo, es una persona privilegiada. “Tiene el privilegio de encontrar en el trabajo una verdadera y abundante fuente de dicha” (L. Fillion).

Ojalá todo el mundo pudiera realizar su trabajo por vocación y no por oficio. Lo ideal es que a uno le paguen por hacer aquello que le gusta. “Te irá bien”. Normalmente, cuando a uno le preguntan si le va bien en el trabajo, contesta que le va bien si gana mucho dinero. El salmista nos diría que le va bien porque disfruta trabajando, porque se realiza en el trabajo.

La fecundidad de la mujer no ha de quedar reducida a la simple fecundidad biológica (v. 3).

A la mujer se le compara con una vid que tiene muchos brotes. La abundancia de hijos se considera como especial bendición de Yavé. Los renuevos verdes simbolizan, en la comparación, el vigor vital de los hijos que van creciendo. El salmista pinta aquí un cuadro idílico. Quiere describir la rica bendición de que disfruta esta familia y el gozo íntimo.

En realidad, estos primeros versículos del salmo son una especie de antilectura de Génesis 3. Allí el hombre, rebelado contra Dios, recibe unamaldición en los dones básicos de su vida: su trabajo será infructuoso(Gen 3,17-19), su vida conyugal quedará perturbada (Gen 3,16); loshijos pelearán uno contra otro (Gen 3,15).En el salmo, ocurre todo lo contrario. El hombre piadoso tendrá la bendiciónde un trabajo productivo (v. 2); de una mujer fecunda, de unos hijos en armonía (v. 3b). Se ha trastocado la vieja situación. Hay como un nuevo Génesis, un nuevo comienzo.

Otro modo de leer el salmo es en clave de peregrinación. No olvidemos que estamos en los salmos de subida a Jerusalén.  “El peregrino (que puede ser un labrador), para subir a Jerusalén, ha tenido que abandonar por muchos días su trabajo, su mujer y sus hijos. Con ello ha mostrado que Dios era algo prioritario para él y que pertenecía al círculo de los que temen al Señor, cosa que ocupa en su vida un primer puesto. Por eso la bendición va a concernir de un modo particular a lo que ha abandonado” (A. Maillot).

Notemos que en el salmo se valora a la mujer sólo por sus tareas domésticas y su fecundidad: “parra fecunda”. El Cantar de los Cantares cantará la belleza del amor humano. Y tendría que venir Jesús de Nazaret para elevar a la mujer a la esfera del mundo intelectual, dándole acceso a la Palabra de Dios y al mundo del espíritu. A las mujeres en tiempo de Jesús les estaba prohibido el estudio de la Biblia.

Cuando María, la hermana de Marta, se queda a los pies de Jesús “escuchando sus palabras”, recibe un elogio de Jesús: “ha escogido la mejor parte” (Lc 10,42). Marta ha reducido su vida al quedar atrapada por los pucheros y las cacerolas.

Cuando una mujer del pueblo, con la mejor intención, le dice a Jesús: “dichoso el seno que te llevó y los pechos que te amamantaron” (Lc 11,27), Jesús no acepta ese elogio para su madre. La reduciría a un nivel meramente fisiológico. Su madre era feliz por ser la “oyente de la Palabra” (Lc 11,28).

Por otra parte, María, la madre de Jesús, será la mujer más fecunda pues nos ha traído al Dios de la vida. Pero su fecundidad es obra del Espíritu y no de la carne.

Es una bendición de Dios el saber disfrutar de las cosas pequeñas y sencillas de la vida (v.4).

En este versículo se habla de la bendición del hombre piadoso. ¿En qué consiste esta bendición? En el arte de saber disfrutar de las cosas pequeñas y sencillas de cada día. Saber disfrutar de la naturaleza: del sol, del viento, del agua, de las flores, de los árboles, de los campos sembrados de mieses, de los pájaros, del silencio, de las estrellas… Saber disfrutar de la familia: de la mesa compartida, del diálogo, de la unión, del cariño de unos con otros… Caer en la cuenta de que la felicidad no está fuera de nosotros, sino dentro de casa y en el corazón de cada uno. “Con pocas pero eficacísimas pinceladas, se nos presenta el cuadro de la familia ideal: un hombre cansado de su trabajo, pero satisfecho; una mujer cuyo calor llena la casa, una corona de hijos llenos de vida y de vigor en torno a la mesa” (Lancellotti). El trabajo, una mesa abundante, la intimidad con la esposa y la fecundidad, la buena convivencia con los hijos, esto es felicidad.

En esos lugares sagrados donde, piadosamente, se concentran los fieles, el Pueblo de Dios, goza de una bendición especial (v. 5).

En Sión está Dios de una manera especial. Allí se reúne la gran familia, el pueblo de Israel. Dios bendice desde el monte santo a todo el pueblo. Jerusalén es algo más que una ciudad. Es el centro religioso donde convergen las miradas de todos los judíos. La bendición que se hace desde Jerusalén tiene un contenido especial, una fuerza especial. Con esa bendición los peregrinos podrán volver a sus casas llenos de felicidad. El poder celebrar y expresar juntos nuestra fe en un gran Santuario dedicado al Señor o a la Virgen nos puede hacer mucho bien.

A Dios le encanta que se realicen nuestros legítimos deseos (v. 6).

La ancianidad era una de las grandes bendiciones de Dios. “Corona de los ancianos son sus nietos” (Prov 17,6). El hombre que se va de este mundo viendo a los hijos de sus hijos, se va con una vida llena, con una meta cumplida, con una obra bien acabada.

El salmo acaba deseando la paz a Israel. Es el mejor don, el regalo más precioso. La paz es la síntesis de todos los bienes. El salmista sabe que, pidiendo la paz a Israel, está pidiendo lo mejor para todas las familias y todos miembros del pueblo. El pueblo judío ha aprendido a vivir todo de una manera solidaria. Ha sabido compartir las penas y las alegrías, los gozos y los sufrimientos. ¡Que Dios bendiga a Israel!

TRASPOSICIÓN CRISTIANA

Apo. 21,2: “Y vi a la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo de junto a Dios, engalanada como una novia ataviada para su esposo”

Jn. 2: Jesús, asistiendo a unas bodas, consagra el amor humano y lo dignifica.

Juan Pablo II: “La familia es el lugar privilegiado y el santuario donde se desarrolla la aventura grande e íntima de cada persona humana irrepetible”.

San Agustín: “El gran bien se llama paz. Preguntabais cómo se llamaba el gran bien, si oro, plata, vestido, heredad. Se llama paz. No la paz que tienen entre sí los hombres: desleal, incierta, inestable… sino la de Jerusalén”.

Corán: “La riqueza y los hijos son los ornamentos de la vida familiar; mas las buenas obras que quedan, obtienen cerca de tu Señor una maravillosa recompensa y abrigan las más bellas esperanzas”.

ACTUALIZACIÓN

Estamos asistiendo a una crisis muy fuerte del matrimonio y de la familia. Hoy día, al casarse, ya se está pensando en “separación de bienes” por si acaso. Y es que lo que antes era una excepción se está haciendo norma bastante generalizada.

Una de las razones de ruptura es la “convivencia”. Todos sabemos que es difícil convivir y esto dentro y fuera del matrimonio.  Y es necesaria, hoy más que nunca, una verdadera preparación para afrontar este tema con realismo, pero también con esperanza. Hay que insistir mucho en la capacidad de perdonar. Todos somos limitados, todos somos imperfectos, y hay que aceptar al otro como es, no como a mí me gustaría que fuera. El Papa Francisco nos da una sensata recomendación: Todos sabemos que no existe la familia perfecta, ni el marido o la mujer perfectos. No digamos la suegra perfecta …Existimos nosotros, los pecadores. Jesús, que nos conoce bien, nos enseña un secreto: que un día no termine nunca sin pedir perdón”.

La convivencia es una obra de arte que debemos aprender pronto y nunca abandonarla.  «El matrimonio es un trabajo de todos los días, se puede decir que artesanal, un trabajo de orfebrería porque el marido tiene la tarea de hacer más mujer a la mujer y la mujer tiene la tarea de hacer más hombre al marido. Crecer también en humanidad, como hombre y mujer” (Papa Francisco).

Y, sobre todo, el Papa Francisco, en la exhortación “amoris laetitia” insiste en lo positivo, en los valores del matrimonio, en la alegría del amor. “Tener un lugar a donde ir, se llama Hogar. Tener personas a quien amar, se llama Familia, y tener ambas se llama Bendición.”

Está bien que los esposos se pidan pedir perdón cada día por las limitaciones, errores y deficiencias. Pero estaría todavía mejor pedir perdón por no saber expresar todo el cariño que se profesan. Sería bonito acabar el día diciéndose uno al otro: “Perdona por lo poco que te digo cuando digo que te quiero”.

PREGUNTAS

1.- ¿He aprendido el arte de saber disfrutar con las cosas pequeñas y sencillas de la vida? ¿Cómo? Apunta casos concretos.

2. ¿Vivo en mi comunidad cristiana como en familia? ¿Qué me está aportando esta comunidad? ¿Me está sirviendo para mi realización como persona? ¿Me sirve para madurar en mi fe?

3. Según este salmo, el trabajo puede ser una fuente de alegría. Con mi ejemplo, ¿ayudo a otras personas a ver en el trabajo un medio de realización personal y de satisfacción?

ORACIÓN

“Comerás del fruto de tu trabajo, serás dichoso”

Señor, un día dijiste a Adán: “Comerás el pan con el sudor de tu frente”. Era el castigo que imponías a nuestro primer padre después de la caída. Desde entonces el pan que comemos está amasado con esfuerzo y sufrimiento. Pero hoy me lleno de satisfacción al oír las palabras del salmista: “Serás dichoso comiendo el pan de tu trabajo”.

Yo, Señor, quiero que me enseñes el arte de ser feliz con mi trabajo. Quiero trabajar por vocación. Quiero realizarme en mi trabajo. Quiero disfrutar haciendo lo que a mí me gusta. Quiero que mi trabajo te agrade a ti y sirva para el bien de mis hermanos.

“Te irá bien”

Todos los días la gente nos pregunta: ¿Cómo te va? Muchos responden que les va bien cuando gozan de buena salud, les van bien los negocios, están rodeados de amigos, disfrutan de un ambiente familiar sano…

Pero yo Señor, reconociendo todos estos bienes materiales, tengo que decirte que a mí me va bien contigo. Tú eres el que llenas del todo mi vida. El que me levanta cuando estoy caído y me anima cuando estoy triste. Tú eres el que me empujas a la alegría y a la fiesta; el que me das ilusión y esperanza.

Yo puedo decir con humildad, pero con verdad: Yo siempre en mi vida he contado con Dios y me ha ido muy bien. Desde esta experiencia me lanzo esperanzado hacia el futuro. Señor, si en este mundo me ha ido muy bien contigo, yo sé que en la otra vida me ha de ir infinitamente mejor.

“Tu mujer, como parra fecunda, en medio de tu casa”

Señor, quiero cantar a todas nuestras madres, humildes y sencillas, que saben convertir la casa en un hogar. Ellas son como el sol que, por el hecho de estar, todo lo calientan y todo lo iluminan. Son como las flores, que por el hecho de estar, todo lo perfuman.

Ellas hacen del hogar el espacio ideal para el descanso, el diálogo, la comprensión, la dulzura, el encanto, el cariño, la ternura. Cuando uno sale de viaje o tiene que ir al hospital, al retorno siempre dice lo mismo: ¡Qué ganas tenía de volver a mi casa! Sin la madre, la casa está vacía. Ella lo llena todo. ¡Gracias, Señor, por nuestras madres!

ORACIÓN EN TIEMPO DE LA PANDEMIA

Señor Resucitado: Mora en cada uno de nuestros corazones, en cada enfermo del hospital, en todo el personal médico, en los sacerdotes, religiosos y religiosas dedicados a la pastoral de la salud, en los gobernantes de las naciones y líderes cívicos, en la familia que está en casa, en nuestros abuelos, en la gente encarcelada, afligida, oprimida y maltratada, en personas que hoy no tienen un pan para comer, en aquellos que han perdido un ser querido a causa del coronavirus u otra enfermedad. Que Cristo Resucitado nos traiga esperanza, nos fortalezca la fe, nos llene de amor y unidad, y nos conceda su paz. Amén