Parece que últimamente la política anda un poco revuelta. Quiero decir que un poco más que de ordinario.

Mociones de censura que lo que consiguen es “quítate tu para ponerme yo”; adelanto de elecciones para evitar que “me” levanten del sillón; palabras hirientes y malsonantes en los debates del Hemiciclo… Mientras tanto un coronavirus que nos está matando a muchos; que está agotando al personal sanitario; que el paro está cada día más “rollizo” y las colas del hambre cada vez más largas.

Con todo este panorama, que nos debería tener trabajando día y noche buscando soluciones con creatividad por el bien de los ciudadanos, sobre todo los más vulnerables, resulta que aprovechamos para aprobar leyes que a la gran mayoría nos dicen bien poco, sin apenas debate, sin buscar la opinión de los expertos, como por ejemplo la ley de eutanasia. Debe ser más económico matar a la gente (si no lo ha hecho ya el COVID19), que invertir en cuidados paliativos para que, de verdad, la muerte sea una muerte digna.

Sin embargo, la ley del “borrado de las mujeres”, sí que tuvo debate y es que las mujeres no estaban (estamos) de acuerdo que después de tanta lucha reivindicando nuestros derechos, se vaya a perder lo conseguido hasta ahora. Para mí es una ley un poco rara y difícil de entender lo que se propone con ella. Quizá no la he entendido bien.

Y volviendo al tema de cuánto cuesta dejar el sillón cuando se vive tan bien ahí sentados, pienso en lo que cuesta a muchas ONGs encontrar personas dispuestas a presidirlas o dirigirlas, quizá porque generalmente son cargos sin sueldo. En algunas está incluso recogido en sus Estatutos. Podrán tener profesionales contratados, pero no las pueden dirigir. Voluntarios hay muchos, pero casi todos quieren servir en la sombra. Quizá porque consideran que el cargo es de prestigio y huyen del protagonismo. Quizá también es que no han descubierto que estando al frente de una organización sin ánimo de lucro, es servicio, sobre todo cuando se asume con esta actitud.

Dicho todo esto, no pienso ni por un momento que todos los políticos sean deshonestos, ni mucho menos; los hay que trabajan con seriedad y dedicación, quizá incluso poniendo dinero de su bolsillo. Aunque solo veamos lo que nos sirven los medios. Y es que nos gusta el morbo, y eso es lo que nos ofrecen.

Ojalá aprendamos todos a valorar a las personas que hacen bien su trabajo y cumplen con su deber. Como dice San Pablo: valorarlo todo y quedarnos con lo bueno.